El 'atleto' empapado
Así seguimos, entre 'atletos' improbables y 'líderos' empapados, nadando en una actualidad donde el error no se corrige si genera clics y el barro no se evita si queda bien en cámara, en el alma empantanada –espanta nada– de maldad
Oh, esos errores que pasan y estos otros errores que hacen época. El primero se olvida antes del siguiente bloque de publicidad; el segundo inaugura una grieta por la que asoma, como un decorado mal sujeto, toda una concepción del mundo. Así ocurrió aquella tarde luminosa – espero que la ironía no les sorprenda– en la que una periodista deportiva —correcta, sonriente, convenientemente maquillada para la pantalla HD— pronunció con aplomo profesional una palabra inexistente: 'atleto'.
No fue un tropiezo tímido ni una sílaba resbalada. Fue un atleto dicho con convicción, con esa seguridad que poseen quienes confían ciegamente en el teleprónter metido en su cerebro ignorante o en la piedad 'wokista' del directo. Atleto. Masculino. Singular. Un ser nuevo. Tal vez una subespecie. Quizás un concepto refinado del totalitarismo sanchista.
El silencio posterior duró exactamente medio segundo, que en televisión equivale a una confesión completa. Después, supongamos, imaginemos, que el programa siguió adelante, arrastrando el cadáver lingüístico como si nada. El 'atleto' quedó allí, respirando en solitario, convertido en meme muermo antes de tocar el suelo.
Pero no nos engañemos: el atleto no nació aquel día. Aquel día fue simplemente su bautismo televisado.
En paralelo –porque siempre hay un paralelo– el país asistía a otra escena digna de diccionario propio. El presidente, quizás debiera escribir el presidento, figura proclive a la solemnidad de manual, decidió comparecer no desde un atril seco, no desde la comodidad ornamental de un despacho nacional, sino empapado, en medio de un bosque, tipo Alicio en el país de las Mierdavilias. Literalmente empapado. Bajo la lluvia. En el barro. Con minuciosas gotas resbalando por el contorno del traje como si la meteorología hubiera sido convocada por su gabinete de imagen.
El plano elegido no fue casual. Nada lo es nunca. Un plano contrapicado, rotundo, heroico, de esos que convierten cualquier charco en destino histórico. La cámara, obediente, miraba hacia arriba; el 'presidento', obediente a la cámara, miraba hacia el horizonte impreciso donde suelen habitar las metáforas. La lluvia, profesional, caía con convicción épica. Orson Welles lloraba desde el cielo, tantos contrapicados inventados por él para que lo redujeran a este esperpento.
Orson Welles –ese nombre que siempre aparece cuando el ególatra Ciudadano Kane entra en escena– habría sonreído con una ceja alzada. Ciudadano Kane empieza así: un hombre elevado por el ángulo, reducido por el sentido. Pero aquí no había trineos Rosebud ni bolas de cristal. Había barro. Y barro del bueno, del butin, del presidencial fraudulento.
El 'atleto presidento' empapado no se conocían, pero eran familia. Ambos pertenecían a la misma tradición: la del gesto sobredimensionado que confía en la forma porque el fondo llega cansado. Dos cabezas en un mismo cuerpo, enlodado.
El 'atleto' es hijo de la prisa. Es el resultado natural de un idioma exprimido como una naranja podrida informativa. No hay tiempo para vocales completas cuando la actualidad exige velocidad. El 'atleto' corre más ligero que el atleta, pierde una sílaba para ganar un segundo. Es eficiencia mal entendida.
El 'presidento atleto' empapado, en cambio, es fruit –me gusta la fruta– de la imagen. De la creencia profunda –casi religiosa– de que una buena mojadura sustituye tres páginas de programa político. Donde antes se escribía, ahora se sumerge. Donde antes se explicaba, ahora se moja, se gotea.
La escena del barro fue, además, cuidadosamente anacrónica. Ese barro parecía barro auténtico, artesano, casi rural, como si hubiera sido importado de una patria agrícola que ya no existe, pero queda muy bien en los encuadres. No era un barrizal incómodo, sino simbólico. Un barro que no mancha del todo, lo justo para que la épica salga más contrastada.
El traje, convenientemente oscuro, absorbía el agua con dignidad presidencial. El rostro, serio pero accesible, transmitía el mensaje tácito: yo también me enfango, aunque luego haya toalla, calefacción y coche oficial. El barro no era una dificultad; era un accesorio. Ah, Dios, y el hilillo débil de la voz con la que inicia el mensaje, la graduación dramática intensiva… Un primor.
Qué añadir del plano, siempre el plano, haciendo su trabajo: agrandar lo pequeño y ennoblecer lo circunstancial.
El 'atleto' volvió en redes con más fuerza que cualquier récord olímpico. La repetición infinita lo convirtió en símbolo. No del error, sino de la tolerancia al error cuando viene bien vestido. Nadie corrigió nada. Nadie pidió disculpas. El idioma, como el barro, se limpia si estorba demasiado.
La periodista siguió hablando sandeces, lo natural. El presidente continuó mojándose. El público, entrenado, y entregado, asentía. Hemos aprendido a aceptar que la forma imperfecta basta si la intención parece sincera, da igual si no lo es. Que una palabra mal dicha es peccata minuta si viene envuelta en entusiasmo, en el celofán de los bombones palaciegos. Que una foto bajo la lluvia sustituye un debate bajo techo.
Quizá por eso el 'atleto', o sea, el 'presidento' empapado, son la misma figura vista desde dos ángulos. Uno se equivoca desde la lengua, el otro desde la escenografía. Ambos confían en que el envoltorio aguante más que el contenido. Ambos saben que hoy se recuerda cómo se dijo, no qué se dijo. Ni cómo se dijo lo que no se dijo, pero se pretendió decir.
Orson Welles lo sabía también, aunque lo conocía mejor. Por eso exageraba a propósito. Por eso deformaba para revelar. Aquí, en cambio, la deformación presume de natural. El contrapicado ya no es recurso: es reflejo. Nadie dirige a nadie; todos posan, todos pasan.
Así seguimos, entre 'atletos' improbables y 'líderos' empapados, nadando en una actualidad donde el error no se corrige si genera clics y el barro no se evita si queda bien en cámara, en el alma empantanada –espanta nada– de maldad. El lenguaje contraído, más que censurado, modificado; la política teatralizada hasta su máximo esplendor corrupto, y el espectador que aprende a aplaudir con una mano mientras con la otra hace scroll al tiempo que se come los mocos.