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Mientras la pedrosfera se entretiene hinchando el bulo de que todos son objeto de violencia escuadrista financiada por los peperos, con capítulos ya por todos conocidos en los que su relato choca con estrépito contra el muro de las imágenes grabadas, los informes médicos y las resoluciones judiciales (todo ello demostrativo de que aquí se manejan ya las denuncias falsas con la misma intención y amplificación oficial que durante el estalinismo); a Begoña Gómez y por tanto a su marido le crecen todos los enanos.

Ya puede el esposo huir todo lo que quiera al extranjero, como si estuviera entrenando un futuro exilio, y grabarse todos los vídeos lerdos disfrazado de ciclista de montaña, que la realidad no cambia: nuestra Jackie Kennedy de mercadillo se enfrentará en breve a juicio por cuatro delitos y, cada día que pasa, la sombra de la sospecha sobre ella se agranda hasta extremos inéditos en cualquier país occidental.

Si algo empieza a estar claro es que Gómez no es solo una negligente que, al ver llegar a su marido a La Moncloa, se empodera a sí misma para intentar cubrir todos los sueños laborales que la vida le había negado, con una indiscreción y una frivolidad sancionables más allá de condenas o absoluciones penales: diga lo que diga el tribunal, su comportamiento ya es infumable y nadie con dos dedos de frente puede defender que alguien en su posición se dedique a utilizar su cercanía marital al presidente para abrirse puertas, sentirse una mezcla de Ana Patricia Botín y Greta Thunberg, relacionarse con compañías rescatadas por el Estado o crear una empresa con tapadera universitaria.

Pero hasta eso, que debiera costarle el puesto al consorte por sí solo, se queda pequeño al lado de lo que ya vamos comprobando poco a poco: una especie de deuda de origen en la pareja, según la cual Begoña tendría derecho ahora a cobrarse el pasado de auxilio a su esposo, que tanto le debe a su familia política.

Porque Sánchez vivió y veraneó durante lustros en viviendas adquiridas por su suegro proxeneta, generando un patrimonio familiar que aún hoy en día le seguirá beneficiando probablemente. Y porque, además, le ayudó en su carrera interna en el PSOE, financiando su campaña interna con ese dinero obtenido de la explotación sexual de seres humanos, según la versión publicitada que el aludido fue incapaz de desmentir en el Senado.

Todo ello en unas «saunas» instaladas, en ocasiones, en inmuebles públicos y abiertas durante años sin licencias de ningún tipo, tal y como ha demostrado este periódico: el abolicionista de día no tuvo reparos, en fin, en vivir y medrar gracias a esa actividad.

Solo esa deuda explica que, además de todo lo descrito, Gómez aparezca en el rescate de Air Europa, en la oscurísima relación con la Organización Mundial del Turismo o en las aventuras inmobiliarias de la SEPI y del Instituto de Empresa: tres frentes en los que ya está demostrada su presencia y, al unísono, las concesiones que su marido impulsó para los clientes, amigos o patrocinadores de su esposa.

La otra opción es que, además de todo ese complejo, de esa deuda, haya habido complicidad y sinergia en mantener, ya desde La Moncloa, el negocio fundacional del matrimonio, edificado sobre el beneficio de todas las partes.

Una duda, por cierto, presente también con Ábalos y compañía, que plantea una pregunta final muy sugerente: ¿Eligió Sánchez a todos o todos le eligieron a él? El orden de los factores no altera demasiado el producto, pero sí ayuda quizá a entender la génesis de La Camorra y de sus famiglias, todas conectadas.