Una situación inimaginable
Viene siendo ya habitual, en Venezuela, en Perú y en otros lugares, que la izquierda, cuando no alcanza el favor del pueblo de manera limpia y democrática, tuerce la voluntad de ese pueblo para seguir en el poder, aunque con ello se lleve la propia nación por delante
Hasta hace un tiempo, nadie cuestionaba la limpieza de las elecciones en España. Era inimaginable que nuestra democracia, que va camino de cumplir medio siglo de vida ininterrumpida, pudiese verse mancillada por un pucherazo, por una trampa. Era una situación inimaginable. De un tiempo a esta parte, en democracias diversas, pero siempre desde la izquierda y la extrema izquierda, nos llegan noticias de trampas en las consultas electorales. Recuerden la de Venezuela del hoy preso Maduro. Esas urnas mancilladas con la trampa y la mentira y que defendió con uñas y dientes el que se dice «demócrata Zapatero». Por cierto, su prestigio internacional está hoy por los suelos. El último intento de este tipo lo protagonizó un tal Sánchez, Roberto de nombre, y fue en Perú.
Viene siendo ya habitual, en Venezuela, en Perú y en otros lugares, que la izquierda cuando no alcanza el favor del pueblo de manera limpia y democrática tuerce la voluntad de ese pueblo para seguir en el poder, aunque con ello se lleve la propia nación por delante. El problema es que también nos arrastra a nosotros. Con frecuencia, yo diría que siempre, el sectarismo y las ideas extravagantes terminan pagándolas los más humildes, los más débiles de la cadena, los ciudadanos, ilusos ellos que creyeron que con su voto decidían algo sobre su futuro.
Ahora en España se cierne una sombra de duda sobre la limpieza de nuestro proceso electoral. Era algo impensable, como escribí más arriba. No se custodia el voto por correo, se nacionalizan a cientos de miles de descendientes de españoles que no tienen conocimiento alguno de la vida política de nuestro país, se convocan elecciones generales en meses del año que disuaden y reducen la participación… y lo que es peor, nos enteramos de que quien hoy ocupa la Moncloa ya trató de hacer trampas en las votaciones internas de su propio partido. Si engañas a los tuyos, ¿qué harás con los ajenos?
Vivimos un tiempo paradójico: estamos más fanatizados que nunca, más polarizados que en otros tiempos y, sin embargo, somos, al menos en España, la sociedad más tolerante de la historia. Aceptamos todo sin apenas protestar. Admitimos que nos gobierne un hombre que no ganó las elecciones y que no logra sacar adelante los Presupuestos del Estado en toda la legislatura. Un hombre que ha normalizado la mentira y que convive con la corrupción en su entorno más cercano. ¿Qué puede salir bien de una situación tan degradada como esta? Y aún parece que hay un buen número de españoles que no se indigna con ello y sigue dispuesto a votar al ocupante de la Moncloa más nefasto desde que nuestro país ha recuperado la democracia.
¿Qué puede salir mal? De momento, la pérdida de credibilidad de nuestra democracia. La gente desconfía. Si no te puedes fiar del único momento en que eres importante, que es cuando votas, ¿Qué te queda?