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La epidemia que de verdad debería preocuparnos es la que ha encumbrado la salud hasta el punto de convertirla en el asunto de mayor importancia, el ideal al que todos debemos aspirar como si no existiera meta más alta.

Lo más importante es que los hijos nazcan con salud y que Dios nos la dé a nosotros para poder criarlos, que tengamos un nuevo año lleno de bienestar general y, aunque en nuestra vida todo esté del revés, tranquilos mientras tengamos energía para disfrutar del desaguisado.

Ya no buscamos soluciones a los problemas, nos parece suficiente con parchearlos para que afecten lo menos posible a nuestra salud. Para la promiscuidad hemos inventado los preservativos, para las noches de alcohol y descontrol de los hijos, algo de dinero para un taxi que evite accidentes, para el fracaso matrimonial, clubs de divorciados y deporte para que no se resienta el bienestar mental y corporal.

Nos preocupa que los hijos obtengan buenas notas y disfruten de buena salud. Si se van a Ibiza a celebrar el fin de curso nos parece fantástico mientras no prueben drogas raras y el sexo –inevitable por descontado, ¡faltaría más!–, que lo tengan con las debidas precauciones.

Si por lo que sea al final hay embarazo, tenemos otra medida muy saludable llamada aborto que hemos legalizado precisamente para evitar que los asesinatos de bebés se perpetren en condiciones insalubres.

Durante el coronavirus, la gente se prestó a vender al vecino por el pánico a contagiarse, estuvo dispuesta incluso a entregar a los padres que habían enfermado, aceptando que fueran quemados y enterrados como perros. Lejos quedan los santos que aceptaron contagiarse de lepra y otras enfermedades con grave riesgo para la propia vida.

La gente se reservó el mayor de los desprecios hacia quienes no estuvieron dispuestos a realizar el gran «acto de amor» que fue vacunarse.

Ahora llega el hantavirus y a la gente le vuelven a temblar las piernas. Un bichito invisible a simple vista, dispuesto a sacudir el frágil sistema sobre el que hemos construido nuestras vidas.

Cuando el cielo desaparece del horizonte solo queda la pequeñez de nuestro yo y el cuidado enfermizo de todas nuestras células para alargar lo más posible nuestra agonía espiritual.

Pero el virus que debería tenernos en alerta es el del endiosamiento de la salud que nos impide entregar la propia vida, hasta la muerte si fuera necesario, por Dios y por los hermanos, virus que nos aleja del cielo y nos hace aptos solamente para vivir miserablemente en este mundo, sin gastar la vida, solo conservándola al vacío para que no se estropee.

Como decía san Ignacio en los Ejercicios Espirituales: «que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta […] solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados.»