Fundado en 1910

Poner a María Jesús Montero de candidata a algo, y no digamos a presidenta de Andalucía tras ser cómplice del atraco nacionalista a España con el que su jefe se compró la investidura que le negaron las urnas, parece tan buena idea como intentar que Laporta se presente a las elecciones en el Real Madrid, Putin a las de Ucrania o Trump a las de Irán.

Ha sido, a la vez, la peor vicepresidenta, la peor vicesecretaria del PSOE y la peor ministra de Hacienda (aquí en reñida competencia con todos los que hubo y habrá) de la historia, y ya llovía sobre mojado tras su paso por la propia Junta de Andalucía, cuando miró para otro lado con los ERE y luego se negó a reclamar el dinero robado por la segunda peor trama de corrupción de la democracia, solo detrás de la que aún está en vigor y en los juzgados.

Con ese historial, más propio de las páginas de sucesos que de las de política, su salto a la candidatura solo es la prueba de cuál es el plan de su mentor, Perdedor Sánchez, también conocido por Pedro el Tramposo: controlar, como sea, cada federación del PSOE, para que nadie pueda discutirle su liderazgo ni siquiera en el caso de su enésima derrota en las próximas generales, que es de desear que se celebren pronto, pero sobre todo con limpieza.

Por lo mismo mantuvo al panoli extremeño, desplazó a Pilar Alegría a Aragón y a Óscar López a Madrid, pondrá a Diana Morant en Valencia y pondría, si hiciera falta, a Begoña Gómez por la circunscripción de Sicilia si Sicilia volviera a estar bajo el manto de España, como lo estuvo durante tres siglos: qué candidata sería para la tierra de la Mafia, hay que reconocerlo.

A Sánchez no le importan nada los electores, pero mucho las matemáticas trileras, y sabe que en cualquier elección a campo abierto tiene las mismas opciones de vencer que Belén Esteban de ganar el Premio Cervantes: por eso intenta controlar el censo electoral y por eso tutela las federaciones socialistas, en ambos casos con la idea de evitar la disidencia.

Montero, que llama accidente laboral al asesinato de guardias civiles con la ligereza de su jefe tildando de «mayoría de progreso» al chanchullo de arrendarle la investidura a un terrorista, un golpista y un prófugo, se ha dedicado durante años a atracar a los españoles con esa arma de destrucción masiva que es Hacienda, con el afán de esquilmar a media España y que Sánchez pueda mantener a la otra media con el botín obtenido, a cambio de que sus mantenidos insulten a sus mantenedores y le voten a él.

Además se ha centrado en empobrecer a casi todas las regiones para privilegiar a aquellas con un partido racista pero capaz de prestar sus escaños, en una deriva que aumentará cuando pasen las elecciones andaluzas y a Sánchez no le quede más remedio que empezar a pagar las penúltimas facturas del impuesto revolucionario a Otegi, Junqueras y Puigdemont: algo parecido a un referéndum en el que, con la excusa cursi y falaz de la «España plurinacional», se busque la manera de satisfacer las aspiraciones golosas de sus prestamistas.

Por último, Chiqui ha estado en los cuarteles generales del PSOE de la cloaca, de Koldo, de Ábalos, de Cerdán, de Leire, de Begoña y, claro, de Pedro, el jefe, promotor, protector y beneficiario de la sentina, lo que arroja una conclusión final: alguien que debería estar más cerca de declarar en el Tribunal Supremo y el de Cuentas no puede ni soñar con presidir otra cosa que no sea el Club de Fans de Pedrito.

La cuestión es si la magnitud de su derrota va a facilitar que desde el próximo lunes sea inevitable la convocatoria de elecciones generales y la presión social sea tal que ni siquiera El Perdedor se atreva a prolongar esta agonía para tener tiempo de ultimar algún truco. Más le vale a la oposición que apriete como sea ese botón y entienda que, si no, la próxima visita a las urnas va a ser entre biombos.