Jon González, la izquierda miserable y las corporaciones cobardes
Es necesario construir plataformas con músculo para promover la libertad y el disenso, desde el pensamiento hasta la cultura. Necesitamos blindar espacios donde el rigor y la verdad no cuesten el pan ni el puesto
La semana pasada, Jon González cerró su cuenta de X y perdimos uno de los pocos espacios donde se analizaban pensiones, impuestos, demografía y gasto público con datos reales e independencia. Jon no es un tertuliano a sueldo ni un político profesional. Es un ingeniero industrial que sabe de estadística, y tiene criterio y valentía. Eso, en la España de hoy, es suficiente para que te destruyan.
El ecosistema sanchista no lo podía tolerar y fueron a por él. Yago Álvarez, un supuesto periodista económico, publicó un hilo inicial donde revelaba su cargo y lugar de trabajo, el BBVA, alegando que las opiniones de Jon eran pura propaganda bancaria. El objetivo no era informar, sino señalar, poner una diana en la espalda de un ciudadano para que su empleador sacara las conclusiones «adecuadas». La jauría de siempre (los Maestre, Garzón y demás indeseable compañía) participó alegremente en la cacería.
Y funcionó. Un ciudadano de a pie tuvo que elegir entre su vida personal y profesional y su libertad de expresión. Eligió su vida. Lo entiendo perfectamente. Pero es lamentable.
Lo ocurrido con Jon no es un error del sistema; es una táctica. Cuando la izquierda no puede rebatir tus datos, va a por tu persona. Siempre. Es infinitamente más fácil destruir al mensajero que desmontar el mensaje. Si los números de Jon eran incorrectos, podrían refutarlos. Pero eso requiere esfuerzo y conocimiento, dos cosas que no abundan en la jauría. Prefieren el insulto, la etiqueta y el escrache: facha, racista, elitista. Lo que sea con tal de no enfrentarse a la verdad.
Esto, además, no se trataba solo de Jon. Se trataba de mandar un recado a cualquier ciudadano normal que quiera opinar sobre política sin vivir de la política. El mensaje era clarísimo: piénsatelo dos veces antes de cuestionar la narrativa oficial. Porque no iremos solo a por tus ideas. Iremos a por tu trabajo, tu familia, tu tranquilidad. Con esta asquerosa táctica, no necesitan callar a todo el mundo; les basta con que el miedo haga el trabajo solo.
Y el argumento concreto que utilizaron para desacreditarle revela perfectamente cómo piensa esta banda. La tesis era que Jon no podía opinar sobre pensiones públicas porque trabaja en un banco que vende planes de pensiones privados. Que sus análisis no eran análisis; eran propaganda encubierta al servicio de BBVA. Que no era una persona libre con criterio propio; era un simple altavoz sumiso a su empleador.
Es pura lógica posmodernista, según la cual la verdad objetiva no existe. Solo existen narrativas de poder entre oprimidos y opresores. Para esta gente, no puede haber razón ni análisis independiente: si opinas distinto a ellos, es porque estás comprado o eres un ingenuo al servicio del grupo al que perteneces. Jon, que argumentaba con moderación y con datos, no podía ser una persona libre opinando independientemente; tenía que ser necesariamente un instrumento al servicio de la élite financiera.
Es una falacia de manual: si argumentas, eres una mera correa de los poderosos. Si callas, tienen razón. Si te vas, han ganado. No hay salida dentro de su lógica porque su lógica no busca la verdad, sino la sumisión.
Bien. Apliquemos entonces la misma lógica a los acusadores. Si Jon no puede opinar libremente porque trabaja en el BBVA, entonces muchos de los que le atacaban tampoco son independientes. Son, según su propia teoría, simples correas de transmisión de quienes les financian. Y, casualmente, casi todos viven de medios, universidades, plataformas y proyectos que dependen directamente de subvenciones, contratos públicos y favores políticos del sanchismo. Qué casualidad.
Pero hay otro actor en esta historia cuyo comportamiento resulta también lamentable: el BBVA. No hay pruebas, pero es fácil sospechar lo que ocurrió. Alguien dentro de la estructura insinuó que el perfil de Jon era incómodo y el banco eligió la genuflexión.
Esto tiene un nombre: cobardía. Un gigante con influencia real y una capitalización de miles de millones se amilanó ante cuatro tuiteros radicales que solo convencen a los que ya de por sí odian al propio banco. Que una corporación de ese poder sea incapaz de defender a un empleado que, simplemente, decía la verdad con datos frente a una jauría de cuatro exaltados es patético.
Es la táctica suicida de nuestras cúpulas económicas: creer que callando y pagando se amansa a la bestia. Financian medios que los retratan como villanos y sientan en sus consejos a políticos que han dedicado su vida a atacar al sector privado, pensando que así compran paz social o favores en el BOE. No entienden que alimentar a quien los odia no los convierte en sus amigos, sino en sus cajeros automáticos.
La respuesta a todo esto no puede ser el silencio. Necesitamos más personas como Jon, no menos. Hay que seguir diciendo la verdad con datos, con argumentos, con principios y sin miedo. Porque el miedo es precisamente lo que buscan. Nunca vamos a dar la vuelta a este país si consiguen que perpetuamente nos autocensuremos solos.
Y necesitamos también instituciones menos cobardes, que entiendan de una vez que bailarle el agua permanentemente a quienes quieren destruirlas no es prudencia, sino suicidio. Mejor sería que, urgentemente, apoyen a divulgadores, medios, fundaciones y proyectos educativos que defiendan una España sensata, funcional y libre. Es necesario construir plataformas con músculo para promover la libertad y el disenso, desde el pensamiento hasta la cultura. Necesitamos blindar espacios donde el rigor y la verdad no cuesten el pan ni el puesto.
Porque una sociedad donde decir la verdad te puede costar el trabajo no es una sociedad libre.