Manual para entender lo de ZP y Ábalos
No era por amor a España, ni siquiera a su partido, por lo que desde entonces el primer presidente español en ser imputado se pasea bajo palio. Tenía que proteger el negocio y para ello había que estirar el sanchismo 'ad nauseam'
Cuando Pedro Sánchez llega al poder en junio de 2018, tras ganar una moción de censura, para teóricamente echar a Rajoy por «corrupto», desde el Palacio de la Moncloa y al calor del poder del nuevo presidente, se crea una banda de desahogados, alimentados magramente de mordidas, tráfico de influencias, malversación de dinero público –parte de él destinado a pagar prostitutas y a satisfacer las necesidades de las pretty woman– y los enjalbegados de los contratos de obra. Esta última especialidad corrupta venía de lejos: la gestionaba ya con maestría Santos Cerdán desde Navarra. Por cierto, el mismo que terminó siendo la garganta profunda que destapó todo.
Esta primera banda la lideraba José Luis Ábalos Meco, ministro de Transportes y número dos de Sánchez en el PSOE. Por primera vez, una sola persona atesoraba el mayor poder económico del Gobierno y, además, la fontanería de Ferraz. Como ministro plenipotenciario y amigo personal del presidente desde sus tiempos de desterrado del PSOE, influía en sus compañeros del Consejo de Ministros, que entendían cualquier sugerencia de «Jose» como una orden avalada por Moncloa; como secretario de Organización del partido, mandaba en los territorios y ponía firmes a los barones socialistas –Francina Armengol y Ángel Víctor Torres lo saben bien. Un pleno al 15 dictado por Sánchez que hoy cobra todo el sentido. Por entonces, el jefe del Ejecutivo tampoco estaba sobrado de escrúpulos: solía celebrar las nochebuenas y los cumpleaños con una familia política que llenaba la cuenta corriente con los ceros a la derecha que le procuraban las saunas.
Durante tres años, la trama liderada por Ábalos, con Koldo de lugarteniente, fue abriéndose camino, incluso durante la terrible pandemia, convertida en una ventana de oportunidad para forrarse la faltriquera aprovechándose de la desgracia de millones de compatriotas. Hasta el verano de 2021, en el que el presidente hace una sorprendente crisis de Gobierno y manda a esparragar a Ábalos. Para entonces, un nuevo capo llama a la puerta de Pedro. Es que todos no caben para robar a espuertas dinero público. Su nombre es José Luis Rodríguez Zapatero, que ya se ha hecho perdonar en esos años haber apoyado a Susana Díaz contra el que todos daban por muerto, pero que terminaría de vengativo presidente, gracias a las bases podemitas del PSOE y luego a pactos con los enemigos de España.
El expresidente del talante quiere su parte en el negocio. Promete a su hasta entonces enemigo que le defenderá a muerte, pero a cambio tiene que echar del Gobierno a la trama de Ábalos. Él usará métodos menos zafios y no pagará a hetairas de poca monta (ZP es más de Gloria Fuertes y de adivinar a qué saben las nubes); además, hará un ejercicio de amor familiar haciendo despegar profesionalmente a sus hijas, coqueteará con cuentas en paraísos fiscales –paraísos progresistas, claro–, extenderá su influencia por el Caribe, aquel en donde atan los perros con petróleo y oro, y realizará consultorías pagadas como si fueran firmadas por Kissinger. El nivel era otro: Torrente debía dejar paso al «pana» Zapatero. Dicho y hecho: Pedro se carga a Ábalos, que además se había puesto chulito contra la decisión del Gobierno de darle un discutido rescate de 53 millones a la aerolínea hispano-venezolana Plus Ultra, con deudas con la Seguridad Social que fueron aplazadas, cuotas de mercado residual y con un avión por toda flota. Es decir, incumplía todas las condiciones para recibir dinero público. Por ahí no había trinque y el amigo de Jessica no quiso mojarse y dejó la medida en manos de José Luis Escrivá y María Jesús Montero, con su SEPI de marras. Ellos terminaron haciendo lo que ZP les pidió. Él era el faro espiritual de la izquierda. Cómo negarse.
Así que la nueva banda prometía. Tanto, que se movió en países extranjeros con maestría. Todo un exjefe del Gobierno español no podía enredarse en chicas de compañía con sede en picaderos de la plaza de España: peccata minuta. El listón del otro José Luis estaba a ras de suelo: había que elevarlo. Y es así como ZP se convierte en el guía espiritual de Pedro, en el apóstol de la justicia y la paz, en el hombre al que la izquierda vuelve a ungir con los óleos de la ejemplaridad, el progresismo y la vocación de luchador contra las guerras en el mundo. Tanto, que termina siendo casi un ministro de Exteriores en la sombra, que tutela al desastre de Albares, y así, sin la más mínima explicación en el Congreso, nuestra política exterior gira para ponerse a favor de Maduro, acaba con la tradicional cercanía al pueblo saharaui, se entrega a los brazos de Marruecos y convierte a China, donde emergen negocios multimillonarios tan del gusto zapateril, en un aliado de España. Asimismo, el hombre de la 'zeja', referente de los Almodóvar, Bardem, Víctor Manuel, San Juan y otros listos del montón, se convierte en el conseguidor de Pedro. Es quien abre su corazón y el de Sánchez a ese hombre de paz llamado Arnaldo Otegi y quien se encama con el forajido Puigdemont en Suiza, quitándole la potestad a Santos, que ya duerme por entonces en Soto del Real.
No era por amor a España, ni siquiera a su partido, por lo que desde entonces el primer presidente español en ser imputado se pasea bajo palio. Tenía que proteger el negocio y para ello había que estirar el sanchismo ad nauseam. En 2023 lo dio todo en una campaña bronca que él usó para blanquear a su pupilo. Con otros cuatro años más lograría transformar su economía –no la de nuestro país, como dice Carlos Cuerpo– en un cohete supersónico. Su patrimonio crecía, el de sus emprendedoras hijas Alba y Laura también, y hasta su secretaria Gertrudis se convertía en un sabueso de los negocios oteando sociedades instrumentales transcontinentales al alimón con el asesor de Julito Martínez, el lacayo del imputado expresidente.
Leer el auto del juez Calama es asomarse a la mejor descripción de la arquitectura del sanchismo, impulsada en dos velocidades. Si la acusación a Ábalos le señala como el jefe de una organización criminal y la del instructor de la Audiencia Nacional describe de igual manera al segundo presidente socialista, habrá que inferir que ambos tenían un jefe, el jefe de todos los jefes de todas las bandas, que debería rendir cuentas sobre las fechorías de sus dos Joseluises. Sin las decisiones del Gobierno que él presidía, ninguno de sus muchachos se hubiera forrado.