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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Sánchez, código rojo para sus alcaldes

Cree que ocurrirá como en 2023: medio millón de votantes le apoyaron y no lo habían hecho antes con Espadas, su candidato andaluz

Los electores andaluces han activado el código rojo contra Pedro Sánchez. A su candidata, a su espejo, carne de su carne, a la candidata de la financiación privilegiada para Cataluña, María Jesús Montero, la han convertido en un martillo pilón capaz de horadar el suelo histórico que dejó lastimosamente Juan Espadas hace cuatro años y dejar al partido en 28 escaños. Que una Comunidad de izquierdas, que dio diez cheques en blanco -siete con mayoría absoluta- al PSOE, otorgue más de un 55 por ciento de su apoyo a dos fuerzas de derecha es un revolcón sociológico que solo tiene un responsable: Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Este es el titular geosociológico de la noche: la Comunidad más poblada de España ha dado un castigo sideral al Gobierno de coalición. Para cualquier gobernante decente, perder, además de las europeas, todas las elecciones regionales, salvo las catalanas, sería motivo de que recogiera los bártulos y se marchara, previa disolución de las Cortes. Ahora toca a alcaldes (8.100 candidatos municipales socialistas) y barones autonómicos, que previsiblemente pasarán por las urnas antes que el jefe de Moncloa, levantar la voz para evitar que les obliguen a ir al matadero por culpa de quien sigue sin asumir responsabilidad alguna. Starmer, el primer ministro británico, está precisamente en la cuerda floja por haber perdido las elecciones locales. Por perder, no por hundir a su partido en las magnitudes de la hecatombe socialista de ayer.

Porque la bofetada de los andaluces no ha sido contra María Jesús Montero -que también- ha sido contra quien es el presidente más rechazado de la historia. Pero su hoja de ruta no va a cambiar. Lo mismo le da llevarse por delante a alcaldes y presidentes autonómicos. No adelantará los comicios. Se quedará hasta el verano del año que viene, con la esperanza de que a él si le voten los extremeños, aragoneses, castellano y leoneses y andaluces, que no lo han hecho con sus candidatos. Si este desastre de Sánchez y Montero se lleva por delante a su partido, tanto le da. Cree que ocurrirá como en 2023: medio millón de votantes le apoyaron y no lo habían hecho antes con Espadas, su candidato andaluz.

El segundo titular es que el PP gana las elecciones de una manera extraordinaria. Superando el 41 por ciento, no llega a la mayoría absoluta y queda lejos del récord de los 58 escaños de hace cuatro años, fruto de una bendición para Génova de los restos en cinco provincias; ayer ese último recuento fue más una maldición. Como en un endiablado match point, la bola de los restos no cayó del lado del presidente popular, cuyo perfil transversal animaba a pensar que podía volver a saborear los mejores datos. Es verdad que Juanma Moreno, mucho más prudente que algunos de sus compañeros, nunca dio por ganada una cosecha que le permitiera no depender de Vox, que ayer obtuvo un gran resultado con un escaño más respecto a 2022. Tendrá que hacerlo, por mucho que le parezca «un lío», y sentarse a pactar con Santiago Abascal. Y a partir de ahí perder complejo alguno. Y que, a la vez, Vox negocie proporcionalmente al resultado que ha obtenido: Moreno triplica con creces los votos de Gavira. A dos de la absoluta, sus bazas para entrar en San Telmo son escasas.

No solo la exvicepresidenta del Gobierno ha tenido un resultado nefasto, sino que sus compañeros de Sumar-Podemos (Por Andalucía), con un aceptable candidato como Antonio Maíllo, ha sido arrasado por una marca más regionalista (plurinacional, según el exgurú de Sánchez, Iván Redondo), fundada por Teresa Rodríguez y Kichi, el que fuera alcalde de Cádiz, que ha sabido canalizar la ilusión que ha dilapidado el Ejecutivo de Pedro. Con Vox, es el único partido que sube en escaños -seis parlamentarios más. A su frente, José Ignacio García, un profesor que se ha merendado a Yolanda y lo que queda de Podemos, recuperando voto de los jóvenes, desafectos y hartos de las mentiras del clan de Galapagar. Ayer Gabriel Rufián arrimaba el ascua a su sardina, reivindicando la necesidad de que todas las izquierdas se unan, al margen del ya derrotado PSOE y de la pyme de Iglesias e Irene.

Hubo un tiempo en que el PSOE no tenía ni que hacer campaña en Andalucía. Ganaba de largo sin despeinarse. Era un voto biológico, casi antropológico. Bien regado por el clientelismo de la Junta, Felipe González y Alfonso Guerra proyectaron un partido que fue casi un régimen. La corrupción y la desconexión con la realidad se lo ha llevado por delante. Hoy es el partido de Sánchez, Marisu, los ERE, Chavez, Griñán y el cupo fiscal para Cataluña. Veremos lo que tarda Moncloa en centrar el debate en la pérdida de la mayoría absoluta del PP y en su dependencia de la «ultraderecha». El mismo tiempo que tardará la exministra de Hacienda en huir de las cenizas a las que ha reducido al PSOE andaluz.

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