El barco que fondeó en el bochorno
La cogobernanza, en manos de un Gobierno que solo entiende el ordeno y mando o, en su defecto, sacudirse las responsabilidades en las administraciones regionales, fue toda una demostración de cómo hacer colapsar a un Estado
En este Gobierno concurren tres impulsos, a cuál más letal para el sistema: le mueve un sectarismo desquiciado, solo atiende a las necesidades propagandísticas de su presidente y está integrado por un buen puñado de ministros incompetentes. La mayoría —no todos, afortunadamente— solo están programados para la confrontación, dentro de un marco ideológico de dañar, ante la opinión pública, al oponente. Esto está ocurriendo estos días con el barco que ayer fondeó en el puerto de Granadilla, en Tenerife.
La nueva, aunque menos grave, crisis sanitaria nos ha devuelto las peores sensaciones que ya nos recorrieron el espinazo hace seis años, con la pandemia del coronavirus. Entonces, ni siquiera el Ejecutivo logró controlar la salud pública con un instrumento jurídico adecuado. Los decretos del estado de alarma fueron declarados inconstitucionales. Y la fórmula política, consagrada en nuestra Constitución, para codirigir la respuesta de seguridad ciudadana, en comunión con las autonomías, fue un auténtico desastre. La cogobernanza, en manos de un Gobierno que solo entiende el ordeno y mando o, en su defecto, sacudirse las responsabilidades en las administraciones regionales, fue toda una demostración de cómo hacer colapsar a un Estado. Recordemos, como ejemplo paradigmático, aquello que Pedro Sánchez dijo tras la tragedia de la dana: «Quien quiera ayuda que la pida».
En la madrugada del domingo se produjo un rifirrafe obsceno entre la ministra de Sanidad, Mónica García, y el presidente canario, Fernando Clavijo. La dirigente de Más Madrid, con un pie de nuevo en la política madrileña, ha demostrado su incapacidad técnica para gestionar asuntos de calado. No hay más que mirar a la huelga de médicos que sigue sin resolverse por quien dice ser «una de los suyos». Médica y madre no ha sido capaz ni de poner en pie la Agencia Estatal de Salud Pública que nos prometió hace un año. Ella es más de mítines e insultos dirigidos a Isabel Díaz Ayuso. Y en esa línea ha acometido una gestión más contra que con la autonomía canaria.
Justo es decir que tampoco ha ayudado el furor declarativo del líder nacionalista canario ni su empeño en ventilar públicamente los desencuentros con Moncloa. Quizá se hayan juntado el hambre con las ganas de comer, pero es cierto que, en un Estado de las autonomías, el Gobierno central está obligado a contar con el autonómico para administrar recursos y tomar decisiones políticas, como esta que era tan trascendente para la salud pública. Así, la impresión que les queda a los ciudadanos es que nuestro modelo territorial es un auténtico dislate y que, con la covid-19, el volcán de Canarias, la riada de Valencia, los incendios forestales, la tragedia de Adamuz, el apagón eléctrico o el crucero Hondius solo nos cabe el recurso al pataleo.
La incompetencia es absoluta. Y los ciudadanos, mientras vacían los bolsillos pagando impuestos y asisten estupefactos a una política de trincheras y de egos desenfrenados, ni siquiera tienen garantizado que sus gobernantes serán capaces de acometer las crisis graves que puedan desatarse, con los mínimos exigibles: lealtad institucional y vocación de servicio público.
El desembarco, bajo alta tensión política de hace unas horas, realizado sin autorización de Clavijo, tras negarse a que el barco permaneciera más de 12 horas fondeado en Tenerife, es un ejemplo incuestionable de que así vamos camino del desastre. Marina Mercante, que depende del Gobierno central, dio la orden, como no podía ser de otra manera, atendiendo a nuestras obligaciones internacionales y a los compromisos morales de la nación —había 14 españoles a bordo del buque en cuarentena—. Con todo el planeta mirando a ese rincón del archipiélago canario, la imagen del tira y afloja entre dos instituciones, con ultimátum de por medio, es delirante. ¿No había un canal para hablar, que no fuera dar esta imagen bochornosa de la cuarta economía de la UE?
Y lo peor: ver a Marlaska, Mónica García y Ángel Víctor Torres dirigiendo la operación en Granadilla de Abona no tranquilizaba nada. Solo hubiera faltado en ese lienzo al natural que hubieran sumado al doctor Simón. Así que lección más que aprendida: con este grado de ineptitud e inmoralidad, si vuelve a pasar algo, que Dios nos coja confesados.