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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Pep, el que adula a los guiris y odia a sus vecinos

El desparrame de cursilería de Guardiola en su despedida de Mánchester contrasta con su lamentable asco a sus compatriotas españoles

Por motivos que ni yo mismo entiendo muy bien, resulta que me caen bien los cazurros hermanos Gallagher de Oasis. Tal vez sea por la fuerza optimista que ilumina sus mejores himnos, o porque me gustan las aventuras liberales de personas que conquistan el mundo a puro pulso, por méritos propios, partiendo con las peores cartas en la cuna.

Pero hay algo que se me atraganta de Noel (el hermano listo) y Liam Gallagher (el hermano bocazas), ambos fervorosos hinchas del Manchester City. Y es su veneración por Pep Guardiola. Me temo que la calidad humana del afamado y exitoso entrenador y exfutbolista es mejorable (y estoy tratando de ser elegante).

Guardiola, de 55 años –de los que 35 ha vivido en su España natal–, anuncia por fin que deja el banquillo del Manchester City. El club inglés, donde ha trabajado diez temporadas, es propiedad de un jeque de los muy democráticos y feministas Emiratos Árabes. Guardiola se ha despedido con un vídeo impregnado de merengue emocional, en el que expresa su «sentimiento eterno de amor» por la ciudad y el club. Elogia la «cultura del esfuerzo» de Mánchester, su Revolución Industrial, su estoicismo tras el atentado yihadista de 2017, su sentido de «unión y comunidad»… Acaba el arrobadísimo Pep con un poema y con un cariñoso I love you! dedicados a los vecinos de Mánchester.

Qué bonito. Lástima que este entrenador tan untuoso con los ingleses de Mánchester sienta una aversión de tintes fanáticos hacia sus compatriotas españoles (aunque no tuvo problema alguno para representar 47 veces a nuestra selección nacional, con el consiguiente beneficio económico y reputacional). Paz y amor en Inglaterra, pero en casa, asco hacia tus vecinos de siglos y siglos, con los que tu región ha estado íntimamente imbricada desde siempre.

Le encanta la «unión y sentimiento de comunidad» que ve en Mánchester. Pero en casa prefiere fomentar la división y el encabronamiento entre compatriotas por motivos de supuesta superioridad identitaria. Todo cuando Cataluña es con Madrid la región con mayor mezcla de gentes de diversos puntos de España. Mayormente por la enorme cantidad de emigrantes que llegaron allí desde otras regiones españolas durante el siglo XX. Toda vez que desde comienzos del XIX, Cataluña gozó de un robusto despegue industrial, gracias al privilegio del monopolio del algodón, bicoca concedida... por el Gobierno español opresor.

Elogia Pep todo lo que ve en Mánchester. Aquello lo maravilla hasta embadurnar a sus vecinos con el jabón más cursi y adulador. Papanatismo ante lo extranjero y contumaz desprecio a todo lo que le huela a España. Jamás lo veremos ensalzar los logros, la cultura, la historia y las instituciones de la nación en la que vino al mundo, donde se formó y triunfó.

Guardiola, un pensador político (sin estudios) que critica con saña la democracia española, pero que elogiaba, previo paso por la taquilla de los jeques, el avanzado sistema político de la satrapía catarí. Guardiola, al que de niño en su pueblo del interior de Barcelona sus padres llamaban José, ha alcanzado tal obsesión antiespañola que la Premier llegó a multarlo por presentarse reiteradamente en el banquillo con el inefable lacito amarillo de la causa de los golpistas xenófobos Puigdemont y Junqueras.

Guardiola, un ejemplo ético, un hombre de grandes lecciones filosóficas… que en su etapa en el Brescia italiano fue condenado a cuatro meses de suspensión y siete de cárcel por tramposo, por doparse con nandrolona (y tuvo luego la jeta de alegar que la segregaba en exceso de manera natural). Guardiola, siempre instalado en el victimismo y el mal perder, tan clásicos de ese nacionalismo que tanto le gusta.

Pep Guardiola, enemigo de sus vecinos, con los que ha vivido siempre, y adulador lisonjero de los guiris. Una metáfora perfecta de la enajenación supremacista del separatismo. Por mí, como si se va a entrenar a Dannevirke (Nueva Zelanda), que está a 22.000 kilómetros de Madrid, y allá se queda por vida. No lo echaríamos de menos.

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