No era loco amor. Era fría mafia
Los jueces siguen vivos: son el último obstáculo para echar el candado al Estado dentro del Estado en cuyo vértice se instaló Sánchez. No le queda al Padrino más salida que seguir apostando a liquidarlos. O bien, si no, avenirse al camino del presidio: improbable
Escribo con la desgana de no tener ya ante mis ojos más realidad política que la de la obscena foto de familia de una banda mafiosa. Que aún guarda una certeza: sentencien lo que sentencien los jueces, alguien en lo más alto invalidará sus condenas. Es su trabajo.
Pero, aunque de nada sirva, hay que decirlo. Incluso si nos obliga a repetirnos. La astucia más elemental de un poder político consiste en acelerar el cúmulo de sus delitos para hacer que sus últimos crímenes oculten los que los precedieron. Enseguida, los siguientes ocultarán a la vista estos transitorios últimos. Y así hasta el infinito. Que es el territorio monstruoso en el cual pueden tan sólo sentirse a salvo los tiranos. Y, más aún, los delincuentes asentados sobre el poder político: tiranos y delincuentes, bajo capucha seráfica siempre de humanitarismo democrático.
¿Alguien quiere saber a qué se llama mafia en Sicilia? Puede hacerlo con el placentero esfuerzo de leer la que es, pienso, la obra maestra de la literatura italiana del siglo veinte. Se llama Il Gattopardo. Y en ella Giuseppe Tomasi di Lampedusa no utiliza una sola vez la palabra 'mafia'. No es preciso. Porque toda la novela es el deslumbrante fresco de cómo un Estado fallido (la Italia garibaldina) se configura necesariamente en poderes subterráneos que suplantan sus funciones. Y el fastuoso baile de gala (con el cual Visconti cerraba en apoteosis su magistral versión fílmica) no es sólo el fuego fatuo de una aristocracia que se extingue: la del propio príncipe. Es, ante todo, el retrato de una ascendente estirpe de bandoleros que tomará el control de todo. También de la casa de los Salina. No muchas páginas más atrás, ese coloso literario (al que supo dar cuerpo perfecto Burt Lancaster) ha descrito a la gentuza que está ya a punto de apoderarse de todo: «…Somos viejos, viejísimos… Nosotros fuimos los Guepardos, los Leones, los que nos sustituirán no serán más que chacalitos, hienas…»
Puede que sea una ley general de la historia. No sé tanto como para atreverme a afirmarlo. Pero lo sospecho: la decadencia es lo más perseverante en los humanos. La individual cuanto la colectiva. Animales efímeros que somos. Y que sabemos –aunque no nos lo confesemos– que lo somos. La decadencia es la victoria del tiempo. Inexorable. Al final, escuálidos chacales, hienas… Y el príncipe Salina –y Giuseppe Tomasi di Lampedusa– para, antes de morir, contarlo.
Desde el origen de la teoría política, entre los siglos dieciséis y diecisiete, todos los grandes, Maquiavelo, como Hobbes, Locke, como Spinoza…, señalaron el punto crítico, tocado el cual la línea de flotación de un Estado desencadena el vuelco que lo trueca en máquina delictiva. El Estado se vuelve crimen organizado cuando un grupo consigue enquistarse en él, al modo de «un Estado dentro del Estado», y acaba por imponer sus intereses como inviolables intereses colectivos. Johan y Cornelius de Witt, en el Ámsterdam del 1672, hubieron de vivir las bestiales consecuencias de eso. Busquen en la pantalla de su ordenador, quienes no recuerden la historia, el cuadro de Jan de Baen que, en el Rijksmuseum de Ámsterdam, sigue poniendo ante nuestros ojos los grados últimos de ese salvajismo.
Que son, en su versión más dicharachera, los grados mismos a los que hoy nos asomamos. El cinismo del presidente del gobierno llegó, anteayer y en su variedad «vaticanizada», a un límite difícilmente imaginable. Si no estuviéramos en la tragedia nacional, daría una risa incontenible. Hallazgo: Yo (con mayúscula, of course), Pedro Sánchez, desde las más altas colinas de Roma, proclamo mi benevolencia. Y, aunque sé que si convocara hoy las elecciones las ganaría de calle, me sacrifico y no las convocaré. Porque, por delante de mis intereses y los de mi partido, Yo (con mayúscula, of course) pongo siempre el interés nacional.
Unas horas antes, la UCO (unidad de élite de la Guardia Civil) había entrado en la Dirección General de la Guardia Civil, en lo que es el giro más asombroso de la investigación sobre la mafia zapatero-sanchista. Sabemos ahora lo que buscaba: el posible uso de una fracción de las fuerzas de seguridad del Estado al servicio del enriquecimiento personal de la gran familia en la cual ha transubstanciado Sánchez lo que, antes de él, se llamó un Partido Socialista. Es la clave primera para que el Estado sumergido devore –y, si es preciso aniquile– al Estado visible. Porque, naturalmente, la tarea encomendada a los guardias civiles corrompibles no era otra que destruir las reputaciones de los jueces que se habían atrevido a molestar al hermano y a la cónyuge del 'Señor presidente'.
Anunció Sánchez, cuando los amargos días de B. Gómez imputada, que se retiraba un tiempo para reconfortarse en la ternura de la mujer de la que estaba «profundamente enamorado». Sonaba cursi. Sólo. Sabemos, después del registro de anteayer, cuál fue la –no especialmente cursi– tarea abordada durante esos días fuera del foco público: reorganizar la mafia y dotarla de «inteligencia». Eso, que sí tiene matices golpistas muy desagradables, naufragó anteayer. Los jueces siguen vivos: son el último obstáculo para echar el candado al Estado dentro del Estado en cuyo vértice se instaló Sánchez. No le queda al Padrino más salida que seguir apostando a liquidarlos. O bien, si no, avenirse al camino del presidio: improbable. En tanto, no le vendría mal, pienso, echar una ojeada seria al tan malamente leído Antonio Gramsci: «La crisis consiste exactamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no logra nacer: en este interregno se verifican los más diversos fenómenos morbosos». No, no era loco amor. Era fría mafia.