Fundado en 1910
A vuelta de páginaFrancisco Rosell

El Pedraz(o) judicial al complot mafioso de Sánchez contra el Estado de derecho

Aquel «nunca tan pocos hicieron tanto por tantos» cabe aplicárselo a los jueces, fiscales y fuerzas de Orden Público que, incluso saboteados por compañeros vendidos, sustentan en pie el Estado de derecho ante los embates de quien lo pisotea cual Atila con sus hunos

Con su hermano sentado en el banquillo, con su mujer camino del mismo y él mereciéndolo como paladín de una banda mafiosa, pero que lo soslaya dado que sus cómplices parlamentarios no tramitarán su suplicatorio, el Pedraz (o) judicial ha debelado el autogolpe contra el Estado de Derecho puesto en marcha hace un bienio por «el One» refrendando lo predicho por el comisionista Aldama en su descubierta judicial contra la cuadrilla del Peugeot (en realidad, del Mercedes Benz). En ese brete, «Noverdad» Sánchez no sólo encara su «Kitchen» –intento del PP de silenciar a su contable Bárcenas desde las sentinas del Estado– o su «Watergate» –espionaje de Nixon de sus rivales demócratas y su encubrimiento desde el Despacho Oval–, sino ante una alta traición a la democracia y a la nación.

Ante tal órdago, el dilema no puede cifrarse entre moción de confianza o elecciones, sino en la dimisión de quien aboca a España a una crisis a la venezolana sin comicios seguros e inadmisión de la derrota. A este respecto, no ayuda a despejar sospechas que Pedraz ordene a la UCO indagar y esclarecer las cuentas de la campaña del PSC que aupó a Salvador Illa a president en 2024.

Cuando alguien no admite el encausamiento de su cónyuge y auspicia una célula de malhechores que quebrante el Estado de Derecho, luego de adueñarse de instituciones claves para preservarlo como la Policía, la Fiscalía o el Tribunal Constitucional, a la que se le imputan delitos de organización criminal, cohecho, revelación de secretos, inducción al falso testimonio, acusación falsa, falsedad en documento mercantil, prevaricación, tráfico de influencias y atentado contra las instituciones del Estado, es que ese jefe de Gobierno está dispuesto a arrasar con todo y con todos. No en vano, esta es una «guerra sucia» contra jueces, fiscales y uniformados asistida y municionada por un presidente al que Pedraz alude tres veces en su auto para subrayar el hilo directo de la maquinación entre Ferraz y La Moncloa. Es más, el juez muestra indicios de que Sánchez era partícipe del grupo liderado por Santos Cerdán y coordinado por la fontanera Leire Díez, del que formaban comandita el empresario Javier Pérez Dolset y el mohicano socialista Gaspar Zarrías a fin de desarbolar los litigios contra Sánchez y familia.

Tras su cinco días de reflexión de abril de 2024, el doncel de sauna profundamente enamorado de la «muchacha de Sabiniano», el propietario de los prostíbulos, no acometió el complot tanto en defensa de su cónyuge como de él mismo, avizorando un comprometedor aviso para su pervivencia en La Moncloa. De ahí que, al romper el mutismo que se autoimpuso con su «carta a la ciudadanía», su «reflexión colectiva» para abrir «paso a la limpieza, a la regeneración, al juego limpio» encerrara un toque de rebato para revertir la situación con otra «guerra sucia» como la que justificó con los GAL en su primera aparición televisiva en el programa «Moros y Cristianos» de Telecinco.

Desde luego, como refiere Pedraz, los pagos que realizó el PSOE en su ofensiva tuvo «el punto de inflexión» de la apertura de diligencias contra Begoña Gómez por el juez Peinado, pero el objetivo último no era salvar a la reina de África, sino al rey Sánchez que, sabedor de sus fechorías, se maliciaba un jaque mate que lo defenestrara de La Moncloa tras introducirse por la gatera y sostenerse en ella mediante un sinfín simonías. Con este afán, amén de la cloaca con el condenado Zarrías como patanegra de un PSOE tan incorregible como opinaba Borges sobre el peronismo, el triministro Bolaños urdió su panoplia de leyes contra la independencia judicial, contra las acusaciones particulares para que no llenaran el vacío de una Fiscalía que malamente puede desempeñar su ministerio público sojuzgada por el Gobierno y contra la prensa crítica. En paralelo, el Ejecutivo abastecía a sus facciosos desde empresas públicas como Correos, presidida por Juan Manuel Serrano, exjefe de gabinete de Sánchez y poseedor del Mercedes de las primarias, o proveía el fondo de reptiles del equipo de opinión sincronizada con el ministro Óscar López trocando TVE en Nodo sanchista y confiriendo una licencia televisiva –«La septa»– a sus amigos tan bien conectados con los intereses chinos a través del accionista Daniel Romero-Abreu, a la sazón patrón de dos firmas investigadas en la trama del expresidente Zapatero.

Al haberse abonado supuestas facturas falsas para correr con los gastos de los «fontaneros» del albañal sanchista, según el instructor, quizá el «caso Sánchez» tenga parejo desenlace fiscal al de la condena a Al Capone cuando es un golpe de Estado –extensión del catalán– que se desarrolla cada vez a cámara más rápida a medida que la verdad pone en fuga a Sánchez. Y eso que una opinión pública cloroformada no reacciona en proporción a su gravedad cuando muchas de las andanzas que engruesan los sumarios llevan a la vista de todos –como la célebre misiva de Allan Poe que se buscaba por sitios inverosímiles hallándose sobre la mesa del despacho– por haber sido titulares de periódico. Ello revive aquello de Azaña de que la mejor forma de esconder un arcano en España es publicándolo en un libro.

Sin embargo, cuando la mafia se asienta en el Consejo de Ministros, corresponde acentuar la tarea ímproba de esos servidores públicos que atienden a la consigna del almirante Nelson –no Aznar que la ha reverberado– a sus marineros en la Batalla de Trafalgar: «Inglaterra espera que cada hombre cumpla su deber». Pero, claro, aun con sus colosales problemas y con su desaprensiva clase gobernante, Inglaterra cree en el patriotismo –no confundir con el nacionalismo– y homenajea a sus héroes. Como Churchill con los aviadores de la RAF que rindieron contra pronóstico a la todopoderosa Luftwaffe salvando a quienes se habían quedado solos bregando contra la Alemania hitleriana.

Aquel «nunca tan pocos hicieron tanto por tantos» cabe aplicárselo a los jueces, fiscales y fuerzas de Orden Público que, incluso saboteados por compañeros vendidos, sustentan en pie el Estado de derecho ante los embates de quien lo pisotea cual Atila con sus hunos. Como aquellos que, tras frenar la tentativa golpista del separatismo, fueron luego depurados para que quien hoy se bunkeriza en La Moncloa rindiera la plaza y la legalidad.

Tratando de enajenarse de su calamitoso escenario, bromea –como hizo tras su audiencia vaticana coincidente con el registro de la sede del PSOE– que no anticipa urnas porque, estando seguro de ganar, pese a que sus candidatos no dejan de recibir patadas en el tafanario destinadas a él, antepone la estabilidad del país, lo que suscita el sarcasmo general al carecer de presupuestos y de solidez parlamentaria. Pero lo que ambiciona Sáncheztein es confeccionarse con los retales de la moción de censura Frankenstein de hace justo un ochenio un traje de teflón como el que apodó al gánster neoyorquino John Gotti por su impunidad embutida en aparatosos trajes de celebridad mediática. No por casualidad The Times, diario de referencia de un país donde los deshonestos se marchan sin esperar a la hora del té, ya lo equiparó con aquel capo al que su vanidad de ególatra le acarreó perder su aureola de intocable. En su concepción y ejercicio del poder, Sánchez ha hecho de la mafia –«esa religión de la famiglia», según el gran escritor Leonardo Sciascia- su cristalización.