La vergüenza
La muerte nos libera de nuestros pesares personales, sin embargo de esta vergüenza no podemos escapar, porque seguirá suspendida sobre la cabeza de los vivos de los que tú eres una partícula
Vengo a confesar –con mucho pudor– mi estado de ánimo. Me produce un desasosiego muy grande ver a España en manos como estas Me abochorna. Eso no lo iba a decir, porque tampoco es cuestión de hacer de la columna un escaparate sentimental. Pero ayer leí un poema de Aleksandr Solzhenitsyn, traducido por Francisco Alba. Es de un libro todavía inédito, en busca de editor español, que se titula Minucias. Para casos como estos está la poesía. En el poema del Nobel ruso veía perfectamente expresados unos sentimientos que yo no encontraba fuerzas para explicar.
El poema, leído en el conjunto del libro, tiene aún más fuerza, porque las demás prosas poéticas son casi siempre positivas —emocionadas ante la mínima brizna de belleza— pese a la durísima situación de la Rusia soviética que vivió Solzhenitsyn. Esta también lo intenta, pero la envuelve la desazón. La copio entera porque así lo habría dicho yo de España, si tuviera su talento y su fuerza. Su sentimiento sí lo tengo.
«Qué cosa tan penosa es sentir vergüenza de mi propio país. En qué incompetentes y grasientas manos se encuentra. Sin reflexión y con sordidez se gobierna su vida. Lo que el mundo ve de nosotros son rostros arrogantes, pérfidos y gastados. En lugar de sano alimento espiritual le suministran un inmundo potaje y han llevado a tal ruina y miseria al pueblo que no tiene fuerza para levantarse. Es un sentir humillante, implacable; no es superficial, no cambia fácilmente como los sentimientos personales, banales, producidos por circunstancias efímeras. No, esta es una opresión permanente, despiadada, con ella te despiertas, con ella pasas todas las horas del día, con ella caes cada noche. La muerte nos libera de nuestros pesares personales, sin embargo de esta vergüenza no podemos escapar, porque seguirá suspendida sobre la cabeza de los vivos de los que tú eres una partícula. Escrutas en lo profundo de nuestra historia, buscas un poco de ánimo en algún modelo. Conoces la verdad inexorable: los pueblos de la tierra perecen por completo. Esto es así. Pero hay otra realidad: ese pedazo de territorio en el que he vivido, eso me infunde esperanza. Allí he visto la pureza de los pensamientos, una búsqueda que no ha sido aniquilada y gente viva y generosa. ¿De verdad que no serán capaces de romper con este maldito fatalismo? Tiene que ser posible, aún hay fuerzas para eso. Pero la vergüenza sigue sobre nosotros como una amarillenta y venenosa nube de gas que corroe nuestros pulmones. Aunque la empujemos lo más lejos posible nunca la apartaremos ya de nuestra historia».
Uno relee el poema y siente que le describe. Y que le interpela. Porque la vergüenza pasiva, sin más, también es una forma de rendirse. Agarrémonos, sin embargo, a lo que sostenía el ánimo del escritor ruso. La esperanza de Solzhenitsyn era tan fuerte como su vergüenza. También debería serlo la nuestra. No olvidemos las raíces de España, esas raíces profundas a las que no llega la escarcha, como decía Tolkien. Esas raíces existen: las ve cualquiera que salga a la calle un lunes por la mañana y mire a su alrededor. La gente corriente, la búsqueda intacta, la limpieza de los pensamientos y los propósitos. ¿Seremos con eso capaces de romper este fatalismo maldito? No sé, pero nos toca ser esa otra España: la de la gente que cree, la de la búsqueda y la esperanza.