El tembleque de Zapatero ante el juez
Es llamativo verle titubear más por su actitud durante el interrogatorio que por la media docena de delitos que se le imputan
Uno de los títulos más celebrados del escritor Gay Talese (Nueva Jersey, 1932) fue El motel del voyeur, un libro que cuenta la historia de un tipo que compró un hotel en Denver para espiar a sus clientes a través de los conductos del aire acondicionado. Usando esas improvisadas mirillas, el dueño del motel, de nombre Gerald Foos, aprendió mucho sobre relaciones sexuales y el comportamiento humano, lecciones que iba apuntando en un enorme archivo personal. Aunque Talese puso en duda poco después parte de su contenido, hay un hecho que es indiscutible. Bueno, quizá dos. El primero: que pocas cosas entretienen más a la gente que observar al vecino. Si no, ¿de qué iban a triunfar La isla de las tentaciones o los programas de reformas? Y el segundo: por muy honrado que seas, nadie sale ileso de una revisión del teléfono móvil o de una conversación de tres horas con un juez.
Le ha pasado a José Luis Rodríguez Zapatero y le ocurriría a cualquiera. El expresidente del Gobierno compareció el miércoles en calidad de imputado ante la Audiencia Nacional por media docena de delitos que van desde la falsedad documental hasta el contrabando. Si uno escucha su declaración completa –que dura, sin contar el receso, unas dos horas y cuarenta minutos– se encuentra a un hombre vehemente, a veces invasivo en sus explicaciones. Hay un fragmento que resulta casi cómico, en el que el juez Calama le explica que él no es «una madre abadesa», sino «un juez instructor» que tiene que ser «incisivo para aclarar» los temas que allí se tratan, aunque le consuela diciendo que «le ampara la presunción de inocencia». A lo que Zapatero responde: «Absolutamente».
Hay otro momento un poco más incómodo. Un pasaje en el que, visiblemente cansado de sus interrupciones, el juez le suelta al expresidente: «Acostúmbrese a que, cuando yo hablo, tiene que guardar silencio».
La declaración termina con el magistrado preguntando a la defensa de Zapatero cuándo tiene previsto responder sobre el origen de las joyas encontradas en su despacho. Cabe recordar que no les concedieron el aplazamiento que pidieron para preparar este asunto. Y cabe recordar que dijeron, a través del lacayo de pelo largo que han mandado a las tertulias, que las piezas no valían más de 50.000 euros, cuando luego se probó que valían treinta veces más: 1,3 millones de euros al cambio. Finalmente, responde que en una semana o diez días. «Como máximo», apostilla Zapatero, que se despide del juez diciendo: «Bueno, muchas gracias, señoría, y espero no haber estado en ningún momento, en fin, en un tono no conveniente».
Es llamativo verlo titubear más por su actitud durante el interrogatorio que por los delitos que se le imputan. Y es que el político, como el torero, nunca se retira. Por eso le corre más prisa parecer bueno que llegar a serlo.