Pasaportes y collares de zafiros
Por muy enamorado que se esté, una mínima brújula moral te obliga a advertir que tu cónyuge disfrutó de un «cambio radical en su trayectoria tras la investidura» al usar «la proximidad al presidente para impulsar su carrera», tal y como sostiene el demoledor auto de Peinado para sentar en el banquillo a la coinquilina de Moncloa
Estoy todavía intentando digerir la carta a los feligreses de Rodríguez Zapatero. Me recuerda a la carta de su hijo político, Sánchez, a los ciudadanos, aquel abril de hace dos años que puso a hiperventilar a Santos Cerdán y Leire Díez, con la anuencia del enamoradísimo presidente. Esta democracia asamblearia, que recuerda a las reuniones para elegir a nuestros delegados de curso en la Facultad, es un síntoma definitivo de que el sistema representativo que nos dimos con la Constitución está muerto. Las elecciones no se adelantan porque no convienen; a pesar de que el hedor de la corrupción es insufrible, no hay presupuestos, ni mayorías legislativas, y el propio presidente dice que gobernará de espaldas al Parlamento. Consecuencia: ya no hay que saldar cuentas con los electores, sino con los militantes, a los que se enciende con denuncias de persecuciones judiciales por la retirada de un pasaporte, que puede ser discutible, pero que entra dentro de las capacidades de un instructor.
Los dos presidentes apelan a las emociones: el uno pide fe ciega a su inocencia y su sucesor se declara rendidamente a los pies de su mujer y reclama que se pare la máquina del fango en el que están incluidos los jueces. Sobre todo, Juan Carlos Peinado, que ha desatado la ira de la máquina socialista por haber tomado medidas cautelares contra Begoña Gómez. Cuando nos preguntemos cuándo se jo… España, recordemos que mucho tiene que ver que estos dos desahogados aprendieron pronto que, como no conseguían mayorías suficientes, había que apelar para mantenerse en el poder a mensajes divisivos que impidieran la alternancia política y a lacrimógenas misivas a los más febriles seguidores de sus siglas. Es de primero de autócrata saber que, cuando te diriges a las emociones de la gente, muere la razón. Entonces se abre paso un argumento según el cual deben votarte a ti, por muy sinvergüenza que seas, porque eres de los suyos.
Por muy enamorado que se esté, una mínima brújula moral te obliga a advertir que tu cónyuge disfrutó de un «cambio radical en su trayectoria tras la investidura» al usar «la proximidad al presidente para impulsar su carrera», tal y como sostiene el demoledor auto de Peinado para sentar en el banquillo a la coinquilina de Moncloa. Podrá no haber estatuto de la consorte presidencial, pero hay ética y código de buenas prácticas. Y, por muy faro moral de la progresía que te sientas, has de saber que, en 2007, en 2008, hoy y dentro de quince años, aceptar regalos multimillonarios de sátrapas sanguinarios, a cambio o no de contraprestaciones, está muy mal. Con los ojos de entonces y con los de hoy. Tanto las presuntas actividades delictivas de Gómez como las de Zapatero no se produjeron por un vacío legal, sino fruto de una elección personal intransferible: me comporto bien o mal, acepto sobornos o no, uso a una funcionaria para mis business o contrato y pago con mi dinero a una asistente, acepto una cátedra para la que no tengo méritos o la rechazo, uso a las empresas participadas del Estado para impulsar mi carrera o no. Era fácil: lo moral te lo enseñan en casa. No hace falta que lo dicten las leyes.
Solo cuando se tiene muy desviada la guía moral, uno necesita que las normas le frenen para no cometer un delito, máxime cuando se ha disfrutado o se vive en el mismo corazón del poder político y legislativo. Claro que cuando se ha abolido la democracia representativa, que exige comportamientos éticos a los representantes sin que medien medidas coercitivas, nada de eso importa. Siempre le puedes decir a tus parroquianos, ávidos de comprar cualquier retórica averiada que retroalimente su cainismo, que eres un ladrón, pero que peor les iría con el que está enfrente. Ya lo ha dicho Rufián: hay que seguir comiendo mucha merdé, en el idioma de Giscard d'Estaing, a quien, por cierto, unas esmeraldas del cruel Bokassa arruinaron su carrera.
Y luego está Miguel Sebastián, que le ha echado una cuerda –al cuello– al que fuera su presidente. Pero, claro, de alguien que usó un asunto personal del exalcalde Gallardón para tener un minuto de gloria en un debate televisivo, se puede esperar cualquier cosa. Ha dicho el exministro y fuente del copieteo de Sánchez de su tesis doctoral: «¿Hay quien se crea que somos los únicos que hemos recibido regalos?». Lo que le importa al excandidato madrileño, al que dejó hecho puré en las urnas Gallardón, es la doble moral de la derecha. Sebastián forma parte de ese estabulado público, con argumentario de tribu, al que no le importa el qué, sino el quién. A Begoña, la mujer del César, hay que protegerla frente a instructores que osan investigarla; y José Luis tiene patente de corso porque cuenta muy bien las nubes progresistas. El pasaporte de la primera es patrimonio nacional, pero no los collares de zafiros del segundo, que terminaron en su caja fuerte.