Telaraña roja
Ruiz Bartolomé, siempre atento e inteligente, ha advertido de otra línea roja del catálogo de Feijóo: no piensa bajar impuestos. Se va a marcar un Montoro. Con una diferencia respecto de Rajoy: Feijóo avisa
Han producido bastante revuelo las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo sobre el aborto. Está a muerte a favor del derecho a la vida, faltaría más, salvo que alguien quiera abortar, que entonces no. Esto es el centrismo y, por tanto, tampoco es tanta novedad: es la postura del PP de toda –ejem– la vida.
La novedad está en que empieza a tratar un gobierno con Vox como un hecho inexorable que ya solo requiere acotaciones: le pone líneas rojas, sí, pero lo da por descontado. Eso es un salto cualitativo que deja colgando de la brocha las resistencias de Moreno Bonilla a la coalición. En Andalucía ya se están recogiendo velas negras y tendiendo líneas rojas, que es lo que se tenía que haber hecho –de no ser por el berrinche electoral– desde el principio.
Así las cosas, lo interesante ahora es seguir las líneas rojas que Feijóo traza con su lápiz tembloroso. Ponerlas es legítimo; mantenerlas luego, según la fuerza que los votos respectivos otorguen, también. Ya veremos cuáles aguantan y cuáles se borran, pero al menos Feijóo ha sido claro, incluso en su ambigüedad oscura sobre el derecho a la vida. Se le aplaude eso, aunque nos duela.
José Luis Ruiz Bartolomé, siempre atento e inteligente, ha advertido de otra línea roja del catálogo de Feijóo: no piensa bajar impuestos. Eso es lo que en la práctica significa la inclusión de la estabilidad presupuestaria. Se va a marcar un Montoro. Con una diferencia respecto de Rajoy: Feijóo avisa.
Hay otra línea roja que debería encender las alarmas. La invocación al respeto a la Constitución, a la España de las Autonomías y a las leyes vigentes suena así, como muy de orden, pero es más que una línea roja: es –con tal maraña legislativa– una telaraña fatal para el urgente reformismo en todos los órdenes que necesita nuestra nación. El positivismo jurídico no puede sustituir a la política y menos cuando se trata de sacralizar las normas diseñadas a mansalva por los socialistas. Las mayorías legislativas están para legislar, mayormente. Hasta la Constitución tiene constitucionalizados sus propios procedimientos de reforma.
La Gran Coalición entre el PP y el PSOE no ha necesitado casi nunca firmarse: ha funcionado en España de manera vergonzante, implícita en el respeto de unos a la legislación vigente de los otros. Esa línea roja pretende perpetuarlo. Vox, sin embargo, ha venido a desmantelarlo.
A qué ritmo se haga dependerá de la correlación de fuerzas entre ambos partidos. Un pacto explícito entre el PSOE y el PP, que sería sencillo en lo ideológico (véanse los acuerdos en la UE y la confluencia de principios), choca frontalmente con las estrategias electorales de ambos partidos y, por tanto, resulta impracticable. El pacto PP-Vox, sociológicamente posible, deviene programáticamente muy trabajoso. En consecuencia, las líneas rojas serán rojísimas, vale; mas lo decisivo es que sean discontinuas. Son las que permiten los adelantamientos.
Sería ideal que, en vez de un pulso entre Feijóo y Abascal, se buscasen los términos del acuerdo con inteligencia y criterios cualitativos: que cada cual concediese, por ejemplo, los puntos del programa ajeno mejores para España aunque no puedan figurar en el propio, sea por inercia, por nichos electorales, por marketing o por lealtad a los socios extranjeros. También convendría hacer prospecciones para ver qué del otro gusta más a los propios votantes. Hay un mayor denominador común en el electorado que en las cúpulas de los partidos.
Quizá esto último sea pedir demasiado. Lo imprescindible es evitar que las líneas rojas se conviertan en una telaraña que impida al pacto de gobierno ejecutar lo que España necesita. El turno del turnismo ha terminado.