31 años. Todo sigue igual
He visto instituciones democráticas jugar con versiones infames mientras mi familia buscaba desesperadamente salvar la vida de mi padre. Así que perdónenme si hoy me pongo en pie y aplaudo a palma abierta al juez Peinado. Hay ingenuidades que una pierde para siempre
Es la tercera vez que me pongo a escribir hoy y no arranco. Debo de padecer alguna patología menor de articulista: tengo una idea, la veo, casi la toco, pero compulsivamente antes de lanzarme al teclado hago ronda de medios: me asomo a titulares, husmeo columnas, exabruptos en X y demás metralla de la jornada, y ahí me pierdo. La actualidad política española es tan trepidante, tan ensordecedora, que, en vez de darme munición, me deja seca, estulta, divagante.
¿Y si este aturdimiento que me domina y me incapacita para escribir no fuera casual, sino calculado? ¿Y si el poder, asesorado por sociólogos, expertos en psique humana y manipuladores profesionales de toda laya, hubiera aprendido a manejar los hilos de nuestra frágil atención?
O podría ser peor. Podría ser que no haya plan maestro alguno, que nadie controle la maquinaria y que a los que pisan moqueta ahí arriba, se les haya escapado el asunto de las manos.
Me siento como si estuviese mirando, desde la base del pueblito de abajo, la primera grieta en una presa colosal, una presa a lo Hoover, cargada durante años de soberbia acumulada, de mentiras, de robo indiscriminado del dinero «de nadie», de favores cruzados, de dádivas secretas y de impunidad.
Primero aparece un chorrito, una fisura mínima: las mentirijillas habituales de campaña, «nunca pactaré con Bildu», «la amnistía no cabe en la Constitución», «¿de quién depende la Fiscalía?», pues eso… Luego sale agua disparada y empiezan los «socialistas feministas» con sus braguetas bajadas, las pilinguis, las fiestas en paradores, los negocios de mascarillas mientras nos tenían encerrados.
Más tarde asoman el apagón general nunca antes vivido, la falta de auxilio intencionada mientras los valencianos se ahogaban en barro, los incendios propagándose sin recursos para combatirlos, los descarrilamientos mortales por desidia, los españoles empobrecidos, desamparados y abandonados mientras el dinero público sale alegremente hacia ONG en repúblicas bananeras, la autoría ocultada de violaciones y asaltos porque eran a manos de inmigración descontrolada pero estratégicamente atraída…
Y al final rompen las verdades: joyas escondidas, pruebas de contratos amañados, grabaciones de extorsiones, coacciones a jueces, a investigadores, a periodistas… Crimen organizado. Empiezan a silbar las juntas y Aldama quita el tapón. Koldo condenado. Ábalos condenado. Esto no hay muro que aguante.
Ojalá sea así. En el fondo estoy deseando que todo se precipite. Que se rompan las paredes de contención, aunque me pille aquí abajo mirando, que suene el silbato de «sálvese quien pueda» y que arramble con todo, caiga quien caiga. A veces es mejor arrancar la tirita a lo bestia. Ya construiremos después.
Pero, a pesar del tsunami que se viene, a pesar del aturullamiento, hay días en que la memoria pesa más que el ruido. Hoy es 27 de junio. Hace exactamente 31 años que el grupo terrorista GRAPO, secuestró a mi padre, el empresario Publio Cordón. Él tenía sesenta años. No dejaré que se olvide.
Aquel día, quizá, se despertó feliz. Tenía un viaje a Madrid, una firma ante notario, un broche que comprar para mi madre y treinta años de matrimonio que celebrar al día siguiente. Yo acababa de anunciarle que iba a ser abuelo. Se calzó las zapatillas y salió a correr. Tres encapuchados lo esperaban. Lo redujeron, lo metieron a golpes en una furgoneta y se lo llevaron. Nunca volvimos a verlo.
Muchos años después, en los juicios, descubrimos que el día en que mi marido Ignacio y yo pagamos los 400 millones de pesetas para rescatarlo, mi padre ya estaba muerto. Lo tuvieron encadenado en Lyon. La versión de sus asesinos es que intentó escapar por una ventana, se cayó y quedó tetrapléjico. Lo arrastraron hecho un saco de huesos al zulo para esperar órdenes y murió «aullando como un perro» palabras textuales del juicio de 2007.
Eran los estertores del Gobierno del hoy «santificado» Felipe González. Zapatero y Sánchez lo han hecho bueno. ETA campaba a sus anchas: Terrorismo de Estado, los GAL. Aznar, Irene Villa, Aldaya, secuestros, extorsión, asesinatos. Solo faltaba que el GRAPO resurgiera y pusiera otro cadáver moral sobre la mesa. Y quienes debían defendernos eligieron fabricar una cortina de humo, salvar su relato político y llevarnos por delante.
Lo primero fue apartar a la Guardia Civil y encargar el caso a la Policía Nacional, donde Interior tenía más margen de maniobra. Se fabricó un relato falso sobre mi padre: problemas económicos, líos familiares, desaparición voluntaria. Lo filtraban y se extendía como la pólvora. No daban crédito a las llamadas del GRAPO, pero sí drenaban canales para la prensa. Pedían prendas para rastrear con perros, pero no cortaban carreteras. Después Interior, con Margarita Robles, «no tenía porqué dudar de la palabra de GRAPO» ante su supuesta liberación. Y la Policía filtró una llamada de mi padre en Brasil que jamás pudo probarse. Para entonces, Publio llevaba meses muerto.
Gracias Dios cayó aquel PSOE. Llegó un nuevo Gobierno y se intentó reorganizar la búsqueda. La Policía Nacional apareció con una carpetilla de gomas y dos folios: el expediente del caso Publio Cordón había sido destruido. ¿Por qué? Nunca lo sabremos.
En fin, en estos 31 años he visto de todo, desde dentro, y no hubo piedad. He visto terroristas mentir, que es lo que hacen los terroristas. Pero también he visto instituciones democráticas jugar con versiones infames mientras mi familia buscaba desesperadamente salvar la vida de mi padre. Así que perdónenme si hoy me pongo en pie y aplaudo a palma abierta al juez Peinado. Hay ingenuidades que una pierde para siempre.