Caminando por ángulos muertos
Reproduce ese mismo patrón de dominación amparado por los suyos, que atemorizan a toda la clase y, mientras tanto, los demás alumnos, es decir, sus compañeros de partido, allí presentes, se arrugan, se callan
Nacemos bondadosos, bien pensados, ingenuos. Al menos yo. Siempre tendí a pensar bien, a no ver la mala intención, a exponerme sin escudo ante los otros. Luego, como esas imágenes antiguas que van apareciendo en una cubeta de líquido revelador, la vida se va dibujando y ves que no todo el mundo juega en tu mismo bando. Desde pequeños ya van asomando esos sujetos avasalladores, broncos, faltones, que reconocen de inmediato a quienes, como yo, tememos el conflicto y rehuimos el enfrentamiento. En ese caldo de cultivo —saberse pieza de caza mayor en la sabana escolar— se forja, casi sin querer, un radar antiabusones de precisión extraordinaria.
Crecí teniendo perfectamente identificado al abusón escolar: el que le daba un bocado a tu bocadillo sin permiso, dejando hilos de baba en el jamón de york; el que se metía con «la frontón», con el gafotas, con el empollón; el que siempre se salía con la suya, humillaba a los demás y se crecía aplaudido por su coro de cobardes. Desarrollé una agudeza visual afinadísima a kilómetros para cruzar de lado el pasillo antes de que el depredador me divisase, manejaba a la perfección las corrientes de aire entre puertas y pasillos para no dejar rastro olfativo del bocata de jamón que con tanto amor me preparaba mi madre, perfeccioné destrezas únicas para desaparecer en ángulos muertos cuando las circunstancias de la vida me habían acorralado a jugar a balón prisionero; vamos, me hice experta en ese arte menor pero decisivo de «estar sin ser vista». Y así siempre pude con ellos…
Aparecieron después versiones más serias del mismo sujeto. Los navajeros de la plaza del Dos de Mayo que te quitaban las quinientas pesetas con las que salías; los que rompían la ventanilla del coche para arrancarte la radio; los ladrones de vaqueros Levi’s en El Corte Inglés; o los que hacían «sinpas» en los restaurantes en Inglaterra después de haber devorado toda la carta… y a ver quién salía el último (que siempre era yo, previo pago de la cuenta).
Y no mucho más tarde entendí que el abuso podía ser algo mucho más oscuro, más bestia, más irreversible. Recuerdo el miedo a las mochilas abandonadas en un banco que podían ser bombas, o a conducir detrás de un coche oficial. Convivíamos con las amenazas, las extorsiones y las matanzas de ETA que dejaron sin piernas a Irene Villa o que mataron con un tiro en la nuca a Miguel Ángel Blanco… En mi casa nos tocó el GRAPO, que secuestró y asesinó a mi padre. A esos no los vi venir; debe de ser que con los años el radar antiabusones se embota. Ellos eran el mal. Eran los mismos abusones. Pero al menos estos estaban detectados fuera de la ley. Fuera del sistema. Fuera de nosotros…
Lo que me tiene sin poder pegar ojo esta noche es un nuevo tipo de abusón 2.0 que yo no tenía en el radar: uno que anida y reproduce su poder sin freno dentro del sistema. Se me reveló con claridad estremecedora en ese vídeo del infame comité federal del PSOE en 2016, en el que Pedro Sánchez mantiene un semblante de seguridad sin fisuras mientras sus acólitos esconden las urnas frente a todos. Me sobrecogió su manera de hablar sin titubeos, su forma de imponerse sin explicar, su lógica de avanzar como si no hubiera límite ni coste; con un punto casi guasón. Sánchez encajaba en ese patrón: el del matón modélico. Ese mezquino energúmeno de cole que pega capones al compañero de pupitre, que roba el bocata cada mañana y le importa un pito el desconsuelo de los demás, el que manda a otros que metan la cabeza del empollón en el retrete para recordarle que aquí el que manda es él.
Y lo peor es que no estoy haciendo una metáfora. Cuando digo que me recordó al chulo del colegio no hablo en sentido figurado, sino que, por desgracia, su comportamiento es literalmente igual, reproduce ese mismo patrón de dominación amparado por los suyos, que atemorizan a toda la clase y, mientras tanto, los demás alumnos, es decir, sus compañeros de partido, allí presentes, se arrugan, se callan. Vi alguna mano alzada con un quiebro de protesta, pero de espaldas, sin mirar a los ojos. Como hacíamos en el colegio: en retirada.
No sé si estos comportamientos en la adultez se producen por miedo, por un vergonzoso interés calculado o por algo más antiguo: ese embeleso con el poder que lleva a adorar la jerarquía por el mero hecho de serlo. Un fondo servil que termina por nublar el pensamiento. Porque lo que me golpea no es tanto lo que ocurre, sino cómo ocurre. No me cabe ya la menor duda de que Sánchez se agarrará a lo que sea para continuar en la Moncloa y que, si nos descuidamos, meterá algunas urnas en lugares oscuros y de acceso vedado para quedarse para siempre. Juicios que revelan infinitas tramas mafiosas, cupos de petróleo, operaciones inmobiliarias amañadas. La gente está asustada, con razón. El mal, la sensación de abuso, anda suelto y desbocado.
En fin, decía Edward R. Murrow que una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos. Supongo que sí. Hasta que los borregos despierten. Yo, desde luego, estoy bien despierta, y hace mucho que ya no camino por los ángulos muertos.