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Palabra de honorCarmen Cordón

Helechos en la nieve

Los Homo sapiens llevamos aquí solo trescientos mil años, la historia del hombre en la Tierra representaría menos de un milímetro en una línea de veinte centímetros. Concretamente, mi vida, los 90 años que dure, si Dios quiere, no representaría ni una mota infinitesimal. No somos nada

Un tórrido verano mediterráneo, tras doce días de pantano barométrico en el que ni las moscas lograban remontar las altas presiones, me zambullí en internet a la caza de algún viaje-chollo para los cinco de familia: vuelo directo al lugar más fresco de la Tierra. Así llegamos un 4 de agosto a Svalbard.

Las caras de mis hijos adolescentes en ese archipiélago noruego en el que sólo hay científicos y el reservorio de semillas del planeta en caso de extinción, eran un poema. Por no haber, no había ni auroras boreales, que yo les había prometido para animar el viaje (el sol no se puso nunca). Agendamos todas las actividades posibles para sostener la moral de la tropa: la excursión estrella fue la ascensión por un glaciar con crampones.

Lars, científico, alto, rubio, de profundos ojos grises como el cielo noruego y una estructura ósea que parecía esculpida por sus ancestros vikingos, con un resultado fascinante, era nuestro guía. Cogió su fusil –necesario contra los osos polares– y ascendimos por aquel glaciar joven, rebosante de hielo. (Por cierto, de calentamiento, nada: los de Greenpeace –nos contó Lars– solo hacen fotos de los glaciares viejos en retroceso; los otros, los jóvenes, que vomitan toneladas de hielo resquebrajándose estruendosamente al contacto con el mar, no les interesan). En la cumbre, Lars asestó un par de hachazos con su piolet al hielo, y emergieron unas rocas pizarrosas negras que se deshacían en lascas, plagadas de fósiles de helechos y coníferas de hace millones de años. Sorpresa. El Polo Norte fue, en su día, un bosque selvático de árboles gigantescos.

Me quedé pasmada. No por confirmar en primera persona la estafa colosal del «calentamiento global» (ahora «cambio climático») por culpa del hombre, ni por las risas de Lars al verme la cara de turista descolocada. Lo que me conmovió hasta el tuétano fue ser consciente de que, si la Tierra tiene cuatro mil quinientos millones de años (4.500.000.000, permítanme que escriba todos los ceros de esa cifra) y nosotros, los Homo sapiens, llevamos aquí solo trescientos mil, la historia del hombre en la Tierra representaría menos de un milímetro en una línea de veinte centímetros. Concretamente, mi vida, los 90 años que dure, si Dios quiere, no representaría ni una mota infinitesimal. No somos nada.

Desde Adán y Eva, los cazadores-recolectores, los egipcios, los mesopotámicos, los griegos, los fenicios, los celtas, los íberos, los romanos, los visigodos, los musulmanes, la Reconquista, el Imperio español, las guerras mundiales, las cámaras de gas de Hitler, la revolución de los ayatolás que metió en cárceles de tela a las mujeres, Donald Trump… Todo ello, nuestra grandiosa epopeya, no ocupa ni un micromilímetro en la vida de la Tierra. Y yo no era ni un leve suspiro en ese pedernal de millones de años que estaba pisando.

¿Alguna vez se han parado a pensar en lo milagrosa que es nuestra existencia? En el mundo hay más de 8.000 millones de seres humanos, una multitud inmensa… y cada vida humana es una anomalía irrepetible. Ni uno de nosotros tiene un ADN idéntico a otro, ni siquiera los gemelos univitelinos. Cada uno de nosotros es una combinación única

¿Se dan cuenta de la extraordinaria cadena de casualidades que han tenido que darse para que estemos aquí, así de únicos?

Todas las vicisitudes de tragedia griega, o los días de aburrimiento; nuestros destinos heroicos, malditos o anodinos; los vendavales que exigieron respuestas extraordinarias o el mero parpadeo que enamoró a nuestros abuelos fueron necesarios para que yo esté hoy aquí. Todo lo sucedido. Desde esa mano invisible que rompió el equilibrio inicial del universo y lo puso todo en marcha, la expansión interminable, ese estallido de materia y energía, de choques, colisiones, incendios cósmicos y nacimientos de estrellas. Lo bueno, lo malo. Todo fue necesario para traernos aquí y ahora.

Siempre me ha atraído indagar hacia atrás en las casualidades de mi vida que me han traído hasta este instante ¿Quién tuvo que derramar su sangre para que yo existiera? Y, de la misma manera, no puedo evitar mirar al futuro con una enorme responsabilidad, porque ese micromilímetro de mi existencia influye de manera colosal en personas a las que no conoceré nunca. Puede que un tataranieto mío descubra la cura del cáncer, o que muera aplastado por la maceta que iba dirigida a la cabeza del que sí salve el mundo. Y, aunque uno muera sin descendencia, un pensamiento, o una mirada de ternura a un desconocido en un bar, puede ser el detonante de su fuerza para seguir adelante, para inspirar, a su vez, a otros, quizá futuros héroes.

No lo sabemos. Nuestra vida no es nuestra. Cada existencia es determinante: única y necesaria para lo que venga después.

No dejo de pensar en Noelia, esa joven que se quitó la vida el otro día, ayudada por un Estado utilitarista y vacío de principios. Ojalá hubiese podido decirle esto: que siguiera con nosotros, que toda existencia humana es necesaria, la suya también. Incluso sintiéndose la nada para sus padres; aunque su cuerpo fue profanado por una manada de bestias que la destrozaron; incluso viviendo en la fragilidad de un cuerpo que apenas podía sostenerse… aun así, su mirada, sus dudas, su vulnerabilidad eran un milagro: un motivo para inspirarnos, para obligarnos a reflexionar, para entender.

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