Los tontos del pueblo
No sé si esta sacudida asiática que me dicta estas líneas se debe al jet lag del largo viaje o al contraste, aún sumergida en la amargura de Adamuz, entre el traqueteo chiquilicuatre de nuestros trenes, con este viajar fino. Pero hoy, más que nunca, soy consciente de que vivimos una estafa colosal
Me hallo en la bulliciosa, exultante y llena de vida capital del antiguo reino de Siam: Bangkok. Llegué hace tres días, tras recalar brevemente en el resplandor de Dubái. No sé ni por dónde empezar. Asia brilla. Toda ella.
Mires donde mires, la pujanza asiática es abrumadora: la comunista –China–, la capitalista –Singapur–, la de los desiertos de Oriente Medio, la de los arrozales. Es un fulgor que casi insulta. Y nosotros, los europeos, parecemos los tontos del pueblo.
Pantallas colosales, automatización robótica, trenes que conectan edificios en altura, columnas infinitas de ascensores forrados de mármol, centros comerciales encadenados unos a otros, cada cual más grande, más bestia, con mejores marcas, todo lleno, palpitante. Siempre me intrigó de qué vivían todas esas tiendas de lujo de Ortega y Gasset o de la Galería Canalejas, vacías como catedrales custodiadas por bellísimos dependientes que parecen príncipes. Ya lo sé: viven de aquí. De esta hambre de riqueza sin complejos asiáticos. Qué orgullo ver entre todas ellas a nuestra espléndida ZARA, que no se queda atrás ni en escaparates, ni en pantallas, ni en estructurados modelitos de pasarela.
Viajar siempre ha sido una manera eficaz de descubrirse a uno mismo: mirarse desde fuera, ampliar el foco. No solo porque pone las cosas en perspectiva, sino porque despeja, te saca del relato constante, del análisis y las justificaciones racionales con las que metabolizamos casi todo lo que nos acontece.
La razón es una herramienta al servicio de las pasiones, decía Hume. Y así es. Pase lo que pase, muera quien muera, ocurra la catástrofe que ocurra —apagones, riadas irresponsablemente incontenidas, incendios provocados e impunes, descarrilamientos anunciados, cierres masivos de pymes, éxodo de nuestros jóvenes mejor preparados, entrada masiva de inmigrantes sin papeles ni control, presión fiscal asfixiante, deuda galopante, inflación desatada— todo puede ser argumentado, defendido, explicado, reinterpretado… hasta ser asumido. Ante este caos inabordable, uno tiende a replegarse, a centrarse en lo suyo; se hace bicho bola en su pequeño nido de confort. Entonces aterrizas en Dubái. La realidad te da un bofetón. Y te caes del guindo.
No sé si esta sacudida asiática que me dicta estas líneas se debe al jet lag del largo viaje o al contraste, aún sumergida en la amargura de Adamuz, entre el traqueteo chiquilicuatre de nuestros trenes y este viajar fino. Pero hoy, más que nunca, soy consciente de que vivimos una estafa colosal.
Nos han acostumbrado a una decadencia que se ha ido instalando en nuestras vidas como el moho: lenta, persistente, silenciosa. Y nosotros, como si nada.
Mientras en España se nos fuerza a arrancar olivos centenarios, aquí se protege la tierra porque da de comer. Nosotros apagamos Almaraz; en Asia encienden el futuro sin complejos.
Mientras en Europa se reduce la capacidad industrial y se sacrifican vacas y prados para cubrirlos de placas fotovoltaicas en nombre de la transición energética y la corrección política, aquí se refuerza la industria, se asegura el control de materias primas clave y se fabrican las tecnologías estratégicas de las que luego dependemos: baterías, componentes electrónicos.
Todo se fabrica en estos lares, con el lógico resultado de que la capacidad productiva, el empleo y el poder económico se han venido al Este, donde la vida comercial vibra a velocidad de vértigo.
Nos cuentan el cuento de la responsabilidad, del cambio cultural, de la madurez colectiva: co-living, co-working, co-blablacoche, co-patineting. Nos dicen que no vivimos peor que nuestros abuelos, que somos más exigentes. Pero la cruda realidad es un empobrecimiento sangrante de infraestructuras y de amplias capas sociales, literalmente pagado con vidas humanas, algo impensable hace apenas veinte años.
¿De verdad queda alguien en Europa que crea que vamos a salir de ésta dejando el taponcito pegado a la botella?
Las civilizaciones no pierden peso en el mundo por ciencia infusa; lo pierden cuando dejan de confiar en los principios que las hicieron prosperar: iniciativa individual, inversión productiva, innovación tecnológica y movilidad social. Esto no va del fin inevitable de una era occidental, ni del karma de una Europa envejecida; no hay una mano invisible que nos aplaste. Es una consecuencia directa de veinte años de flower power y cumbayá, de pésimas decisiones políticas impuestas durante décadas en Europa, votadas tanto por conservadores como por socialistas, tanto azules como rojos, votando de la manita esta decadencia europea.
Me despiertan las arrolladoras olas del comercio incesante del río Chao Phraya. ¿Cómo puede Europa abrir la puerta a estos productos agrícolas cultivados libremente, sin los encorsetamientos que asfixian a los nuestros? Menos mal que una iniciativa liderada por Vox logró frenar temporalmente semejante disparate al descubrir que se había tramitado manu militari con argucias desleales para evitar que aquello se votase en el Parlamento.
Mañana se vota en Aragón. Ojalá estas líneas asiáticas sirvan para que alguien allí, en mi tierra natal, abra los ojos.
Esto ya no va de partidos. Ni de ideologías. Ni de comunismo chino, ni de monarquías parlamentarias de Singapur, ni de maharajás indios. Va de dignidad. Y, si me apuran, de mero instinto de supervivencia.
Hay un tablero superior donde los golfos que pisan moqueta se reparten una «fiesta verde» cuyas consecuencias sacuden nuestras vidas. Esto no va de pasiones justificadas con argumentos a lo Hume. Va de venir aquí, mirar… y despertar. Lo dicho: los tontos del pueblo.