Silencio, por favor
No olvido que los herederos de ETA, Bildu, están dictando hoy el gobierno de España. No olvido a los ahogados en el lodo de la dana en Valencia, víctimas de años de irresponsabilidad política –tanto del PP como del PSOE– que impidieron la construcción de presas que habrían salvado esas vidas
Es posible que alguna que otra alma curiosa y lectora, en estas latitudes digitales, haya notado la ausencia de mis escritos desde octubre, aunque con toda seguridad la inmensa mayoría no se habrá dado ni cuenta. Siempre me ha resultado profundamente inquietante comprobar cómo una puede estar viviendo un vendaval de vicisitudes –digno de una tragedia griega– que sacude tu mundo y lo pone del revés, mientras afuera todo permanece intacto: los repartidores reparten, los niños se persiguen en los parques, los bares se llenan para la cañita del mediodía, los enamorados se besan en los bancos, y el hilo musical sintético del ascensor reta, guasón, a tu huracán. Sea lo que sea lo que te acontece, la vida continúa como si nada hubiese sucedido.
Sí, me he ausentado un tiempo del vértigo de escribir; del miedo al folio en blanco; de la presión de pensar con profundidad y originalidad bajo plazos y expectativas; de su juicio –querido lector–; de mi insufrible autocensura; del empacho de metabolizar actualidad convertida en propaganda por los medios; de la soledad y el frío del articulista independiente. Esa era mi estúpida tragedia personal. Mientras tanto, afuera, todo seguía igual.
En mi ausencia he hecho algunos descubrimientos. El primero es que no hay dicha comparable a la del silencio interior; lo decía Simone Weil. Me alejé todo lo que pude de esa máquina diabólicamente adictiva que es el teléfono móvil y, liberada de la tela de araña pegajosa y confusa de mensajes que contamina todos los campos de nuestra existencia, pude pensar, hacer y sentir. Vivimos en un océano de información de un milímetro de profundidad que arrasa el juicio, nos mete prisa y nos vuelve ciegos y sordos, incapaces de reaccionar. Somos amebas ensordecidas que retenemos y compartimos recuerdos con nuestros teléfonos antes incluso de vivirlos, renunciando a sentir su intensidad.
El domingo murieron en el tren. Hoy sábado, cuando esta columna vea la luz, siguen resonando los ecos de los trenes de Adamuz, y yo me pregunto cuántos sábados durará el apoyo incondicional: las cancelaciones de fiestas, las banderas a media asta, las fotos –sacadas de la España del esperpento– de siluetas oscuras y entristecidas de la élite, esos que pisan moqueta, los que dicen gestionar el bien común. ¿Cuánto durarán nuestros corazones encogidos al pensar en el joven cardiólogo de La Paz cuyo cuerpo salió despedido como un proyectil, o en la vida segada de una familia entera, mientras la muerte salta caprichosa y perdona a esa niña que queda huérfana? Poco, porque el dolor individual siempre dura mucho más que la disposición ajena a acompañarlo.
De eso algo sé. Recuerdo cuando el Grapo secuestró a mi padre, Publio Cordón. Primero llegó el impacto; luego el dolor; el miedo a los pistoleros; la lucha titánica por su liberación; la impotencia; el vendaval mediático; los políticos con sus cortinas de humo; la carnaza preparada para arrojarnos al escarnio público; las maniobras perturbadoras de construcción de relatos destinadas a ocultar su incompetencia. Y después, el silencio. El olvido. Y afuera, todo siguió igual.
Yo, desde este silencio, no olvido a Miguel Ángel Blanco ni el llanto aterrado de los dos días en que esperó que sus sicarios le dispararan cobardemente en la nuca. No olvido el horror del rostro del guardia civil sacando muertas a las niñas de la casa cuartel de Zaragoza. No olvido que los herederos de ETA, Bildu, están dictando hoy el Gobierno de España. No olvido a los ahogados en el lodo de la dana en Valencia, víctimas de años de irresponsabilidad política –tanto del PP como del PSOE– que impidieron la construcción de presas que habrían salvado esas vidas, y que un año después siguen sin construirse. No olvido a los guardias civiles enviados conscientemente, sin medios, a ser arrollados por narcolanchas en Barbate. No olvido los incendios provocados, impunes, alimentados por leyes absurdas que prohíben al pueblo defenderse retirando la yesca.
Son tantas tragedias, cada una más sobrecogedora, más brutal si cabe. Todas metabolizadas sin memoria. Son infinitas las miserias olvidadas, las negligencias blanqueadas, las corrupciones silenciadas.
Nos hemos acostumbrado a convivir con lo intolerable. Vivimos en una trituradora de carne y, mientras tanto, afuera todo permanece intacto: los repartidores reparten, los niños se persiguen en los parques, los bares se llenan para la cañita del mediodía, los enamorados se besan en los bancos, y el hilo musical del ascensor reta, guasón, al huracán. Sea lo que sea que te acontece, la vida continúa como si nada hubiese sucedido… y yo, vuelvo a escribir.
La indefensión aparece cuando el dolor ajeno deja de interpelarnos, cuando ya no nos obliga a pensar ni a actuar, y se convierte en simple ruido de fondo.
Silencio, por favor.