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Palabra de honorCarmen Cordón

Laxe y el hechizo de los guapos

Basta tener delante a una persona bella y todo mi organismo entra en modo primavera. Aparece un brillo en la mirada, un deseo infantil de gustar, de despertar interés que suspende mi juicio. Tiendo a perdonar errores, a pasar por alto sus patochadas, a facilitarle el camino

Act. 07 mar. 2026 - 09:12

Lo confieso: me encantan los guapos. Basta con mirar a mi marido. No es justo, no es racional, no encaja con mi temperamento tímido e inseguro ni con mi inclinación natural a desconfiar de la forma y buscar lo esencial. Pero, de primeras, me gustan los guapos.

Siempre me ha desconcertado esa facilidad tan humana para rendirse ante la belleza, como si la razón se quedara un paso atrás. Ignoro si en el mundo animal la simetría y la estética cuentan o si todo se reduce a feromonas y aromas. Puede que esta chaladura por agradar al guapo o guapa recién conocido obedezca a un mandato genético, cincelado en el ADN: cuanto más sano, más bello, mejor para la supervivencia de la especie. Pero siendo, como somos, criaturas que llenamos bibliotecas, levantamos catedrales y buscamos obstinadamente un sentido más allá de la carne, ¿cómo es posible que sigamos presos de semejante truco biológico?

Pues lo estamos.

Basta tener delante a una persona bella y todo mi organismo entra en modo primavera. Aparece un brillo en la mirada, un deseo infantil de gustar, de despertar interés que suspende mi juicio. Tiendo a perdonar errores, a pasar por alto sus patochadas, a facilitarle el camino.

Hace un siglo, Edward Thorndike describió el 'efecto halo': cuando alguien nos parece atractivo, tendemos a atribuirle otras virtudes. Lo creemos más inteligente, más honesto, más capaz. Más bueno.

Susan Sarandon, en la rueda de prensa de los Goya, al borde del llanto, desgranaba elogios hacia Pedro Sánchez: su «lucidez moral», su lugar en el lado «correcto» de la historia… y la guinda devota: «this handsome man».

El halo en acción.

¿No será también mi caso? ¿Estoy bajo ese hechizo? La belleza tiene ese privilegio inquietante: suspender las alarmas. Bajo rasgos finos y dulces, ¿sería yo capaz de intuir a un Jeffrey Dahmer, el caníbal de Milwaukee?

No sé. Lo que tengo claro es que, por segundo año consecutivo, los Goya me han dado una sorpresa.

Se llama Oliver Laxe. Guapo a rabiar.

Un joven y lúcido director, autor de Sirat, una de las películas más nominadas de la noche. Su aparición primaverizó mis neuronas.

Cuando se anunció que el Goya a mejor película no era para él, dijo con elegancia: «Para mí, estar aquí ya es ganar». Y añadió, con una dulzura desconcertante sobre Los domingos, la ganadora de la noche: «Es una historia que conmueve. Yo también he sentido ese amor trascendental». Sin resentimiento. Sin cálculo. Sin pose. Solo profundidad.

Ahí estaba, con su melena indómita y casi dos metros de estatura. Un hombre de belleza fascinante, un cruce entre Can Yaman y Sandokán, plantado en el epicentro del ecosistema de la 'ceja'. Sin pin de turno. Sin consignas. Sin catecismo ideológico.

Un coloso de la disidencia.

Corrí a leerlo todo sobre él. Silencio, mística, interioridad rezuman por cada uno de los poros de sus películas.

Oliver Laxe no encaja en las casillas habituales: ni conservador clásico ni militante progresista. Es algo más incómodo: un espíritu libre. Un verso suelto cargado de coherencia, cuya espiritualidad explícita –hablar abiertamente de trascendencia y cristianismo en un entorno cultural profundamente cínico y secularizado– rompe el marco. Esa libertad, en ciertos ambientes culturales, descoloca… y enamora.

En fin, no es la primera vez que algo así ocurre. El año pasado, contra todo pronóstico, La infiltrada se llevó el Goya a la mejor película. Y su productora, María Luisa Gutiérrez, aprovechó el escenario para recordar el horror vivido por las víctimas de ETA y la necesidad de no blanquear a quienes hoy son socios del poder.

Fue un momento extraño. Aquella pequeña disidencia deliciosa sonó atronadora en un escenario donde el discurso está perfectamente orquestado.

Pero lo de Laxe este año aún me llamó más la atención.

Porque lo suyo no se trataba de un discurso político ni de un gesto calculado. Era algo distinto. Hablaba de amor trascendental, de cine como experiencia interior, de una dimensión que rara vez aparece cuando ese mundo cultural funciona como un coro perfectamente afinado a golpe de talonario.

En medio de una gala saturada de consignas y de serviles voceros –muchos de ellos comprados, otros simplemente acobardados–, Oliver Laxe nos recordaba algo muy simple: que el ser humano no se agota en la política. Es más que eso. Mucho más.

Y basta una nota distinta para que toda esa coreografía empiece a tambalearse.

Y no solo ocurre en el cine. Hace unos meses, el Premio Princesa de Asturias reconocía a Byung-Chul Han, cuyo libro Sobre Dios vuelve a hablar de silencio, interioridad y del misticismo de Simone Weil. El Goya a mejor película fue para Los domingos, retrato tierno de la llamada religiosa de una joven. Incluso Rosalía, desde el pop, deja guiños inesperados a una espiritualidad que parecía desterrada.

Nada estridente. Apenas señales impensables hace unos años: jóvenes que vuelven a misa sin complejos, artistas que se niegan a ponerse el pin de turno, creadores que hablan de trascendencia en ceremonias convertidas en liturgia ideológica.

Es hambre de algo que no se compra ni se vota.

Una generación criada entre algoritmos, cinismo y eslóganes empieza a experimentar un vacío difícil de anestesiar. Y cuando ese desierto interior se vuelve inhabitable, comienza la búsqueda.

Los grandes cambios culturales rara vez llegan con estruendo. Empiezan con fisuras imperceptibles. Con gestos que rompen el guion: un cineasta que habla de trascendencia en lugar de consignas; una productora que recuerda a las víctimas cuando el poder patrocina el olvido.

Nada espectacular. Apenas un leve desplazamiento.

El alma humana es un misterio del que apenas rascamos la cascarilla, pese a las ínfulas de control del poder. Y así, sin estruendo, sin proclamas, sin conspiraciones de «fango», brota lo que parecía olvidado: la libertad de pensar, la necesidad de sentido, la intuición de que el alma es más grande que cualquier consigna.

O tal vez sea que Laxe, este guapo de película, me haya nublado el juicio.

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