Un cuento de Borges (o una pesadilla de Kafka)
Un estudio de dos neurocientíficos concluye que nuestra mente no distingue el mundo virtual del real, sensacional noticia llena de implicaciones
La noticia que más me ha llamado la atención en las últimas semanas no va de política. Se publicó el 5 de mayo en varios medios y el titular decía así: «Un estudio demuestra que el cerebro no distingue entre lo virtual y lo real».
Se trata de una investigación de dos neurocientíficos del University College London, que concluye que nuestra mente activa las mismas redes neuronales y genera idénticas reacciones fisiológicas tanto si experimentamos una situación en la vida real como si sucede en la llamada realidad virtual. Por lo tanto, cuando los mecanismos tecnológicos que hacen posible la segunda se perfeccionen al máximo, ambas sensaciones podrían igualarse. Es decir, bienvenidos a Matrix. O a la cueva de Platón, donde los presos tomaban por verdad lo que solo eran las sombras de los objetos del mundo exterior. O a la pesadilla de Segismundo en La vida es sueño del genial Calderón, con su conocidísimo soliloquio, escrito a comienzos del XVII, pero siempre actual: «¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».
Si llegamos a confundir la vida real con la virtual estaríamos ya inmersos en una especie de cuento intelectual de Borges (o en una pesadilla de Kafka). Podría ser que la vida que tenemos no fuese más que lo que estamos experimentando en un simulador. Podría ser incluso que en una vida artificial estuviésemos probando otra también postiza, y así en un bucle constante, una matrioska rusa de existencias verdaderas y falsas que desafía todo lo que conocemos.
Tales elucubraciones superan mis parcos conocimientos. Es materia para los filósofos, que a lo largo de la historia se han ocupado muchas veces de la idea de la vida como sueño y del principio de realidad. A veces con disputas de leyenda, como cuando Wittgenstein y Popper, dos inteligentísimos judíos vieneses, dirimieron una sonada justa intelectual en la sala H3 del King's College de Cambridge, el 25 de octubre de 1946.
En una habitación caldeada por una chimenea amiga se reunieron unas treinta personas, algunas auténticas eminencias, para asistir a un debate organizado por el Club de Ciencias Morales, que impulsaba Bertrand Russell. El tema de la velada era una pregunta de apariencia sencilla: «¿Existen los problemas filosóficos?». El burgués y sosegado Popper decía que sí. El brillantísimo Wittgenstein, dotado del carisma flamígero de un profeta, replicaba que no, que eran acertijos intrascendentes. No había nada de nada, todo se reducía a pasatiempos sin sentido.
Mientras exponía su diatriba nihilista, Wittgenstein volteaba nervioso el atizador de la chimenea. Cada vez más exasperado, llegó a acercar el espetón a la cara de Popper mientras lo conminaba de manera histérica a que enunciase un ejemplo de principio moral. Impávido, sin levantar la voz ni arquear una ceja, Popper le respondió: «No amenazar con un atizador a los profesores invitados». Tan sencilla y apabullante contestación suscitó una carcajada de aprobación en la sala. Wittgenstein, derrotado por una simple frase de sentido común, abandonó la sala dando un portazo y echando chispas.
Por lo tanto, si un día se nos va la pinza y pensamos que nuestra vida es solo un sueño, siempre puede aparecer un filósofo razonable que nos recuerde lo del atizador.
Filosofía al margen, la realidad virtual levanta el telón de un futuro perturbador. Zuckerberg fracasó con su «metaverso», un mundo virtual compartido, pero quizá porque lo lanzó demasiado pronto. Cuando la técnica se perfeccione estoy seguro de que su éxito resultará apabullante: asistir a un concierto como si estuvieses en el propio auditorio, viajar a un paraje extraordinario, vivir una aventura emocionante, las ensoñaciones sexuales, pasear por planetas remotos... El día en que esas sensaciones se equiparen con la vida real mediante un acceso sencillo al mundo artificial, muchas personas preferirán escapar de sus existencias grises para evadirse en mundos de ensueño y experiencias que están totalmente fuera de su alcance. Llegaríamos así a una sociedad parcialmente hipnotizada, rehén de los diseñadores y propietarios de esas tecnologías y esos paraísos ficticios.
Quizá se me está yendo la pinza, pero estoy convencido de que todo eso llegará. Del mismo modo que se ha cumplido la profecía de que la pantalla de la televisión se convertiría en una fuente de espectáculo inagotable dentro de vivienda gracias a los servicios de streaming, que han cambiado las sociedades.
Inteligencia artificial a saco y metaverso en vena para escapar de lo que nos rodea. Me temo que así será el futuro. Casi estaban mejor los presos de la caverna de Platón. Menos mal que nuestra alma inmortal siempre quedará a salvo de las marejadas de la técnica.