Fundado en 1910
Palabra de honorCarmen Cordón

El Papa León me ha conquistado

¿No les parecen alucinantes esos acuerdos invisibles, esas emociones compartidas, esas coincidencias espontáneas? A mí sí. Ya no creo en las casualidades. Todo, de alguna manera que se nos escapa, parece misteriosamente ordenado. Providencial

Reconozco que no soy de seguir líderes de ningún tipo. Tiendo a mirarlos con desconfianza, a observarlos de lejos y a estudiar sobre todo a las hordas arreboladas de emoción que los aclaman. Es un cinturón sanitario antilíderes, ya sean políticos, religiosos o de la farándula, que empecé a construirme muy joven.

No sé si fue fruto de un rasgo temperamental indómito, siempre inclinado a la no obediencia sin porqués, o si todo nació en aquel colegio de monjas donde me encontré con mi primer leviatán déspota con toga que dejó en mí una cicatriz intelectual. Creo que ya he hablado aquí alguna vez de la hermana Rosa. Caí en manos de una monja que hizo conmigo lo que le dio la gana. Era de aquellas religiosas que se apuntaron con fervor a lo más progre de los tiempos convulsos de la Transición tras la muerte de Franco y, desgraciadamente, yo fui el foco central de su venganza contra ese mundo en el que vivíamos. Cargaba con el peor pecado posible: ser hija de un empresario

Muy joven aprendí que en nombre del «bien» puede ejercerse una forma temible de dominio; que lo progre puede convertirse en catecismo y la «virtud» en aparato de poder. Había en aquella atmósfera escolar una especie de pureza proclamada, de superioridad moral, de socialismo antifranquista vestido de cristianismo, que nos tuvo a todas con la cabeza bajada hasta que yo abandoné aquel pequeño régimen de sometimiento ideológico-espiritual.

Desde entonces desconfío de los puros. Me aterrorizan. De esa ficticia pureza nacen demasiadas veces los linchadores, los inquisidores, los fanáticos. No se puede ser puro siendo humano. O quizá sí, pero se trata de otro tipo de pureza. La del ser. La de la verdad sin artificios.

El caso es que desconfío de los que enarbolan banderas y levantan masas. Para llegar a la cima de cualquier jerarquía humana hay que abrirse paso a codazos, esquivar ataques, desactivar adversarios, plegarse a intereses ajenos, priorizar los propios, dejar de lado los del bien común y soportar presiones constantes. Es una travesía por aguas donde siempre asoman aletas. Y, para colmo, cuando se alcanza el objetivo, una vez arriba del todo, quien llega a la cima se enfrenta a la trampa más peligrosa de todas: el ego. La vanidad. Las hordas aclamadoras elevan, adormecen e incluso intoxican. Ese dulce haz de luz que procede de la mirada de los otros puede convertirse en droga dura. Uno empieza a desear que el reflector siga iluminándolo. Debe ser dificilísimo conservar el equilibrio bajo esa luz prestada. A no ser, claro, que seas el vicario de Cristo en la Tierra. Eso cambia radicalmente las cosas. La luz no procede de los aplausos. Te atraviesa, eres el vitral que la deja pasar. Ese es León XIV.

Esta alergia mía a las mediaciones impuestas llevó mi camino espiritual por derroteros peculiares, muy independientes. Mi encuentro con esa verdad con mayúsculas, con Dios, se produjo en directo, en el silencio, tras un camino de sufrimiento y búsqueda, y sin aviso. Sin mística previa. Sin preparación. Sin escenografía. Un día prometo escribir despacio sobre ello. Sólo diré ahora que un amanecer sentí su presencia, más real que nada de lo que me rodeaba, irrumpiendo en mi alma. Su voz resonó en mí y sólo dijo: «Te quiero». Y volvió mi mundo del revés.

Estoy convencida de que venimos al mundo con una luz interior, en conexión directa con nuestra alma y con ese gran equilibrio del universo que evoluciona de acuerdo con leyes misteriosas, matemáticas y energéticas. Luego llegan la educación, los miedos, las relaciones, los corsés, las heridas, las etiquetas, las modas, las ideologías y vamos perdiendo aquella sabiduría primera, aquella verdad íntima. Aunque no perdemos la tendencia a buscarla.

Quizá vivir consista precisamente en eso: en desaprender, en hacer silencio, en dejar de obedecer al ruido, en regresar poco a poco a nuestro yo interior. Ese frágil niño que sólo quiere ser amado. Reconocerlo. Quererlo. Aceptarlo sin disfraces, sin tapujos, sin intentar corregirlo a martillazos. Sólo entonces volvemos al equilibrio con el que nacimos.

León XIV ha tenido la audacia de decirnos que nuestra verdad no suele gritar, llama muy bajito. Nos ha dicho que entremos en silencio para encontrarla. Les ha dicho a los jóvenes que no tengan miedo al matrimonio, ni a formar una familia, ni a tener hijos. Es decir, justo lo contrario de lo que tantas veces se les repite hoy desde los altavoces del mundo: no te comprometas, no te ates, no renuncies, no permanezcas, no entregues demasiado, no hagas depender tu libertad de nadie.

León ha venido a decirnos que la libertad no consiste en no pertenecer a nada, sino en elegir bien a qué merece la pena entregarse. Que Dios nos quiere tal y como somos. Que somos su creación, sus hijos más queridos, y que Él sueña con nuestra mejor versión.

La vida es un misterio descomunal del que apenas rascamos la cascarilla. En realidad, no sabemos casi nada. Por eso, cuando de pronto surgen siete minutos de aplausos espontáneos, cuando políticos en desacuerdo se ponen en pie al mismo tiempo, cuando una emoción común atraviesa el aire sin que nadie la haya convocado, algo en nosotros reconoce que hay más de lo que vemos.

¿No les parecen alucinantes esos acuerdos invisibles, esas emociones compartidas, esas coincidencias espontáneas? A mí sí. Ya no creo en las casualidades. Todo, de alguna manera que se nos escapa, parece misteriosamente ordenado. Providencial.

León me ha conquistado, a pesar de mis recelos hacia los líderes. No ha venido a gritar una consigna, ni a exhibir una pureza ideológica, ni a apropiarse de la luz. Ha venido a recordar que el mensaje de Jesús sigue ahí, atravesando siglos, imperios, modas, revoluciones, dogmatismos y egos. Y sigue siendo lo más poderoso que hay. Por mí, que no quede. Gracias, León.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas