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Nada hay más desolador que aquel espanto al cual no existe modo de atribuir un culpable. Porque, en ese estrellarse contra lo sin remedio, la arrogante potencia humana se sabe irrisoria. Y el hablante que se proclamaba distribuidor de dichas e infortunios en igual medida, queda ajustado a su verdadera talla: apenas una mota de polvo con la que juegan los grandes vendavales.

Venezuela acaba de ser arrasada por uno de esos anónimos desplazamientos tectónicos frente a los cuales el estupor humano busca vanamente explicaciones. Las hay, claro está. Técnicas. Pero ningún consuelo podrá ser hallado en ellas. El juego de inmensas fallas geológicas es tan inexorable cuanto anónimo. No hay consuelo. Todo el ingenio humano, todas las supuestas omnipotencias de sus muy ingeniosas tecnologías no cuentan frente a eso mucho más que aquel juego de tabas entre niños con el que tan cruelmente ironizaba Heráclito acerca de nuestras palabrerías, de nuestras solemnidades.

Las preguntas no atañen ahora, desde luego, a delirantes potestades que a su alcance tengan poner mejora o estropicio a los automatismos de la Naturaleza. Las demencias de los bucólicos cantores que llaman a salvar un cosmos o reprochan a quienes lo estarían destruyendo, chocan de bruces con la realidad. Que es la de que los humanos apenas puedan trazar algún inocuo arañazo en el diamante causal del universo.

Nada primordial cambia la voluntad humana, cuando estamos hablando de cosas que desbordan de un modo infinito nuestras proporciones. Ni desplazamientos tectónicos ni climas planetarios perciben nuestra existencia. La percibimos nosotros. Que matamos o evitamos matar a la medida exacta de lo que somos. Medida enorme, si nos tomamos a nosotros mismos como canon. Ridícula, si la asomamos al espejo de un infinito cosmos en destrucción y reconstrucción perpetuas.

Voltaire podía dolerse del cataclismo de Lisboa en 1756: su búsqueda de un trascendente responsable no pasaba de desahogo teológico más bien poco consistente. Pero así es como funciona la desesperación humana. Nos dolemos cada vez que en este ínfimo planeta que habitamos se dispara una secuencia determinativa que no habíamos previsto. Y buscamos, naturalmente, algo o alguien al cual cargar con la culpa de un dolor que, transformado en furia, pueda traernos consigo algún consuelo. Pero a nuestro dolor es por completo indiferente el universo. En su estantería, busco los Cantos de Giacomo Leopardi. Doy casi enseguida con los versos, que de esa melancolía anclada en la impotencia humana, forjan quizá la expresión más bella. Esto es, la más exacta. «Ni estima ni cuidado mayor / tiene por la estirpe del hombre / que por la de la hormiga la Naturaleza».

Del duro aprendizaje de ser una nimiedad extraviada en el infinito de las galaxias se sigue una enseñanza. Sólo de lo nimio humano pueden cuidarse los hombres. De los deslizamientos de placas tectónicas en Venezuela, tan sólo un delirante podría reclamar cuentas. A nadie.

Del masivo robo que, en los tres últimos decenios, ha dejado al país lo bastante desvalido como para no poder siquiera poner alivio rápido a las víctimas de la «impía Naturaleza», sí: a los Chávez, Maduro, Delcy, que de un país próspero hicieron el actual basurero en el que hozan narcos y contables de narcos. A los tantos capitostes españoles que se llevaron de allí millones negros, rumbo a los más oscuros paraísos fiscales del planeta, también. A todos esos que han hundido a un país, en tiempos próspero, en la tétrica carencia hoy de lo más elemental para desenterrar a los que aún estaban vivos.

El dinero no se crea ni se destruye. En política, tan sólo se desplaza a paraísos fiscales amigablemente herméticos. A veces, incluso, pueden transmutarse en joyas.