Predican mediocridad igualitaria y se pegan la vida padre
No se conoce un solo miembro del Gobierno de socialistas y comunistas que tenga gustos modestos y no le vaya el lujo
Nos recetan mediocridad igualitaria. Resignarnos a una igualación a la baja en nombre de un reparto socialista justiciero. Pero para ellos se reservan una vida VIP. Nunca fallan. No se conoce un solo miembro de nuestro Gobierno de socialistas y comunistas que no se haya abonado a unos gustos que se presuponen propios de una clase media-alta que denigran como «los ricos».
El primer aviso lo dieron Pablo Manuel e Irene. Tras haber puesto a parir los «áticos de lujo» de prohombres de «la casta», lo primero que hicieron al verse con mando en plaza fue comprarse la sonada dacha serrana de Galapagar, con garita policial a la puerta y bonita piscina «naturalizada». Y es que como decía Pablete, el vicepresidente más gandul de la larga historia de España, «a veces hay que cabalgar sobre contradicciones».
Yolanda Díaz sufrió una metamorfosis integral nada más aterrizar en Madrid, que empezó por su propia fachada. Las ropas enlutadas, el pelo ala de cuervo y el pañuelo palestino de su era como líder comunista multi-derrotada en Galicia, dieron paso en la capital a las largas mechas caoba de pelu pertinaz y al despliegue de un vestuario de mil colores en constante mutación. Le entró también a la vicepresidenta un frenesí viajero a cargo del erario público (muchas veces con su hija Carmeliña acoplada de paquete). Yoli, ya acabada y de salida, ha acumulado más puntos por sus vuelos que George Clooney en Up in the air.
Mónica García es una gran luchadora socialista. De pisazo con vistas al Retiro y chaletazo en la sierra. Como debe ser. Aagesen es un monumento vivo a lo posh. Puente en lugar de arreglar los trenes está fascinado con pisar el green de los clubes de golf más exclusivos…
Caso destacado de Socialismo Dom Pérignon son Pedro y Begoña, ambos de cómoda cuna, él de educación privada y veranos de inglés en el extranjero; y ella, aunque era más bien alérgica a los libros, disfrutando de la vida muelle que le regalaba el productivo vapor del llorado Sabiniano.
Sánchez se ha pasado siete años dándonos la chapa con la bandera de «lo público». Pero a la hora de la verdad, el presidente socialista y ateo ha matriculado a una de sus hijas en una universidad privada y católica. Ahora descubrimos además que la otra está formándose en una del Reino Unido. Es decir, los Sánchez-Gómez encarnan la vida típica de los currelas españoles, lo habitual: una hija en una uni privada, otra estudiando en el extranjero, viajes de esquí a Andorra y al pueblo de Barrabés, Falcón hasta para ir al baño y vacaciones de lujo en las encantadoras fincas del Estado.
Este tipo de hipocresía es un clásico de los regímenes socialistas. Las oligarquías extractivas del Politburó disfrutaban de los «vicios occidentales» que condenaba de forma enérgica el Pravda. El genocida Stalin era un forofo de las películas de vaqueros del decadente Hollywood. Brézhnev coleccionaba coches de lujo occidentales. En una Rumanía paupérrima, el sanguinario dictador Ceausescu se regalaba con el más fino whisky escocés y el mejor tabaco estadounidense, importaba frutas tropicales y era un fan del detective Kojak. Fidel Castro disfrutaba de yate de lujo y una red de exquisitas residencias, comía como un pachá y también se aplicaba con el Chivas Regal. Todos los jerarcas soviéticos disfrutaban de pisos suntuosos y encantadoras dachas de fin de semana, mientras arengaban en los principios comunistas al pueblo proletario, que se hacinaba en micro pisos de bloques grises.
Hoy ese espíritu se mantiene intacto en los dirigentes del «lado correcto de la historia». «Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho», nos decía el santón de la mirada glauca, mientras se forraba con chanchullos con los peores regímenes del planeta y escaqueaba más de un millón en joyas en una caja fuerte (por las que la Hacienda rapaz del sanchismo no se acaba de interesar, mientras que a los contribuyentes del común nos crujen por cualquier menudencia que se nos pase declarar).
Ser socialista es predicar atraso para vivir como un capitalista.