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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Espantando al público con bobadas

Yago, el villano de Otelo, es una lesbiana negra en una función de la Royal Shakespeare Company que «actualiza» el clásico de Shakespeare situándolo en «la amenaza climática»

La última vez que fui a la ópera en el Covent Garden londinense lo mejor fue el rato en el precioso bar de la Royal Ópera House, que es como un invernadero gigante (y todo mejoró cuando un amigo espléndido se arrancó en el descanso con una botella de champán). La función resultó una decepción. Era un título fácil y archiconocido, Aida, la ópera de Verdi estrenada en 1871. Pero ni así…

Cuando uno se gasta una pasta en ver Aida en un teatro importante no va buscando experiencias metafísicas, ni «compromiso» político, ni «una nueva lectura». Lo que quieres es un decorado faraónico pintón, una tropa de figurantes bien disfrazados de egipcios y unos cantantes aceptables; con un tenor que defienda el Celeste Aida del inicio, que presenta el desafío de que la garganta todavía no ha calentado; con una soprano que despache con sentimiento el Ritorna vincitor!; y por supuesto, disfrutar del chunda-chunda trompetero de la celebérrima Marcha Triunfal. Y ya está. No hace falta inventar la pólvora para que el aficionado pase un buen rato. Nadie va hoy a la ópera a buscar el sentido de la vida.

Pero no pudo ser, porque el director artístico arruinó la función con una lectura modernizadora, situando Aida en una especie de distopía totalitaria. Los militares del Egipto faraónico iban ataviados como los mandos del régimen de Sadam Husein y el resto del plantel, de traje y corbata. Resultó un peñazo, según concordamos los cuatro amigos al salir del teatro.

Este tipo de gilipolleces espantan a la mayoría de los aficionados, salvo un puñado de esnobs de cejas altas que creen estar inventando la vanguardia. Si vas a ver un cuadro de Rafael quieres ver lo que pintó el maestro de Urbino, no deseas ni esperas que alguien lo repinte por encima al estilo Francis Bacon para que transmita un sentimiento más contemporáneo. Sin embargo, en el teatro y la ópera –y el cine y las series– sí se hace, con destrozos provocados casi siempre por la inefable carga «progresista» y su corrección política.

The Royal Shakespeare Company acaba de estrenar en Stratford-upon-Avon, la hermosa ciudad del Bardo, una versión de Otelo en la que el villano de la función, su lugarteniente Yago, es una negra lesbiana. La obra se desarrolla «en un futuro amenazado por el cambio climático donde las lesbianas tienen un lugar de poder».

Toda esta estupidez ha sido ideada por una joven directora de escena londinense de ancestros africanos, llamada Monique Touko, que aspira a actualizar a Shakespeare desde una visión «misoginonegra», concepto que imagino que ni ella sabría explicar. La señora Touko considera que entiende mejor a Shakespeare que él mismo y quiere ponerlo al día.

En paralelo, en el respetado festival escocés de Pitlochry, fundado en 1951, se anuncia un Rey Lear donde el monarca abandonado y enloquecido será interpretado por una actriz, Maureen Beattie, que celebra que «al plantear la historia como una madre con tres hijas cambia toda su dinámica». También señala, pues al parecer ha penetrado en la mente del viejo Will, muerto en 1616, que «Shakespeare habría querido escribir más papeles para mujeres». O no.

Desde hace seis siglos, la humanidad aclama a Shakespeare como un genio, porque supo compendiar y contar todos nuestros humores, desde el sufrimiento y la locura (Lear) o la tragedia más truculenta (Macbeth), hasta la risa y los deleites de la Merry England (Las alegres casadas de Windsor), pasando por los enredos amorosos (Mucho ruido y pocas nueces) y alcanzando incluso las más profundas dudas existenciales (Hamlet). Pero ahora resulta que el viejo Will se ha quedado obsoleto, pues así lo ha decretado el 'wokismo'. Toca despanzurrarlo con el bisturí rejuvenecedor de la corrección política.

Si vas a ver a Green Day no quieres que te canten los madrigales de Monteverdi, por mucho que te gusten. Y si compras una entrada para El Lago de los Cisnes no quieres que los bailarines salgan en chándal, ni que mejoren la partitura de Chaikovski con cajas de ritmos y perreo. Pero te dirán que eres un ultrarrancio que no alcanza a valorar el necesario revisionismo.

Acabarán haciendo una Heidi gay y afro liada con Clara, donde el abuelo alpino será trans a fin de «no consagrar estereotipos heteropatriarcales». Por supuesto recibirían una subvención del Ministerio de Igualdad y al estreno acudirían tres o cuatro «ministros y ministras», pues tampoco tienen mayor cosa que hacer.