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Enrique García-Máiquez

Era broma, era broma

¿Era broma? A medias. Si hubiese sido viajar a Sanlúcar de Barrameda, por ejemplo, habría ido. El problema es Nápoles, de la que va a escribir de maravilla Jáuregui

Cuando me desperté, mi mujer no estaba allí. Se había cambiado de cuarto. ¿El calor? ¿El levante? ¿El insomnio? ¿Mis ronquidos? Ay, había roncado, me informó, extrañamente sonriente. Pero nada: había aprovechado el leve desvelo para pensar que se iba a ir unos días a Nápoles con nuestra hija, de turismo. ¡Dios mío! ¿Tanto había roncado? ¿A qué volumen, que no bastaba con irse al cuarto de al lado o a casa de su madre, sino a las Dos Sicilias?

Qué va, no había roncado apenas, me tranquilizó: un leve murmullo a lo sumo. La cosa es que a mí me espanta viajar, como he escrito mil veces y he dicho un millón. Ella, tan dulce, no quería forzarme a pasar por el trago amargo. Con un plan rápido de chicas, mi hija y ella matarían el gusanillo aventurero. Nuestro hijo, que una vez, mientras cargaba las maletas por una estación de metro, observó que viajar está sobrevalorado, se quedaría conmigo. Por suspirar.

Yo fui un hombre y sonreí, agradecido. Recordé que Ignacio Jáuregui está preparando la publicación de un libro sobre Nápoles y que yo viajo, más que nada, en las páginas de Jáuregui. «Nosotras también haremos fotos y te contaremos cosas», me dijo mi mujer sin discutirme, por primera vez en la vida, mi pasión por los viajes literarios desde el sillón de casa, burgués y cómodo. De pronto, le parecía bien y se sumaba (como autora).

Ya puestos a quedarme en el laberinto de mi biblioteca, recordé que Jorge Luis Borges dijo en algún momento que a él le gustaba ver las ciudades a través de los ojos de la mujer amada. Contaba Kodama que le decía: «María, me gusta ver el mundo con tus ojos. Cuéntame cómo está el cielo». Eso lo decía estando él allí, eso es cierto, pero a mí la anécdota más o menos me valía. A ver si va a ser Zapatero el único que puede citar a Borges a conveniencia. Por otra parte, si somos una sola carne, como mandan los cánones del Derecho Canónico, cuando mi mujer está en Nápoles, allí estoy yo. Y en última instancia, me recitaré a Góngora, que también se quedó en tierra: «El conde mi señor se fue a Nápoles / … / Con pocos libros libres (libres, digo, / de expurgaciones) paso, y me paseo, / ya que el tiempo me pasa como higo».

La obligación de ser fiel a la propia máscara sale más cara unas veces que otras. El sedentarismo radical me ha dejado en casa, como he pedido siempre. La coherencia es implacable. Escojan ustedes, en consecuencia, muy bien sus máscaras. Y así no tendrán que recordar como yo aquel poema de José Luis Tejada, tan desgarrador: «—«Dejarme solo, dejarme». / Tan en serio me tomaron / que hoy llamo y no acude nadie. […] Me quedé en silencio, a solas. / Amigos, volved aquí / que yo no os eché de mí. / Que era broma, que era broma».

¿Era broma? A medias. Si hubiese sido viajar a Sanlúcar de Barrameda, por ejemplo, habría ido. El problema es Nápoles, de la que va a escribir de maravilla Jáuregui; y, sobre todo, la ilusión de mi mujer, convencida del delicado gesto de cariño que ha tenido conmigo dejándome en mi pueblo.

Hay aquí bastante de aquella historia conyugal de unos esposos que no se perdían ni una tarde de toros, hasta que un día, ya muy mayores, se enteraron de que ni a él ni a ella le gustaba la Fiesta. Cada cual había estado convencido de que al otro le apasionaba, y los dos habían disimulado por eso, fastidiados y felices. Pero, entonces, ¿a mí me gusta viajar? En absoluto. A mí me gusta estar con mi mujer (y con mi hija, dicho sea de paso). Pero mi mujer no lo sabe y se resigna a Nápoles con su sacrificada generosidad. ¿Quién le estropea ahora su preciosa inmolación? Por eso escribo este artículo hoy, cuando aún está fuera y no lo va a leer. Los regalos hay que recibirlos siempre con un inmenso agradecimiento, qué remedio.