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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Qué admirable ambición

La ‘Odisea’ de Nolan no ha logrado pellizcarme el corazón, pero admiro su valor al hacer tan impresionante película comercial con el clásico de Homero

Los que en el siglo pasado salimos pasmados de ‘Alien’ y Blade Runner, las dos obras maestras de Ridley Scott, entendemos que al niño londinense Christopher Nolan le metiesen en la sangre el ansia por convertirse en director de cine. Las agobiantes fantasías futuristas de Scott, unidas a la Odisea del Espacio de Kubrick y La Guerra de las Galaxias, hicieron que con solo siete años Nolan le pidiese a su padre su cámara de Súper 8 para sus pinitos.

Nolan se crio acomodadamente en el norte de Londres, hijo de un creativo publicitario de ancestros irlandeses, que le dio una educación católica, y de una azafata de vuelo estadounidense reconvertida en profesora. Se graduó en Literatura en la University College de Londres, pero ya estaba envenenado por el cine. A los 19 años conoció en aquellas aulas a otra loca por las películas, Emma Thomas. Hoy llevan 29 años casados, son padres de cuatro hijos y ella produce sus títulos.

A sus 55 años y afincado en Los Ángeles, Sir Christopher Nolan es hoy quizá el director más grande de Hollywood (Spielberg mediante). Ha logrado algo solo al alcance de un puñado de elegidos: combina el aplauso de la crítica de cejas altas con un formidable éxito comercial. Con sus disquisiciones metafísicas y matemáticas, y con su peculiar concepción del tiempo, ha elevado hasta algo tan sobado como la franquicia de Batman. «A veces olvidamos que es fundamental respetar la capacidad del cine para entretener a la gente. Entretener no es algo despreciable o poco culto», ha explicado, lección que sentaría de maravilla a muchos de nuestros plomos con ínfulas y «compromiso».

Admiro a Nolan y siete años después he vuelto a un cine para ver su Odisea. Me ha dejado un cuerpo de «sí, pero no». No es por el debate sobre su reparto con guiñitos wokistas, que me ha dado un poco igual mientras veía la llamativa película de tres horas. Lo que me ha fallado es la emoción. Nolan no ha logrado tocarme el corazón. Falta la poesía -y el humor y el deseo homéricos-, lo cual es una pena cuando se está recreando una fábula que desde el siglo VIII a.C. viene fascinando a la humanidad porque nos radiografía el alma.

Nolan compone una película asombrosa, con muchos pasajes de una fuerza visual sensacional. Además, logra algo dificilísimo: hace comprensible la enrevesada historia de la Iliada y la Odisea aún jugando con saltos en el tiempo. Pero las concesiones palomiteras le emborronan la obra, como la pelea de cierre en el palacio de Ítaca, tan pasada de rosca que parece el Kill Bill de Tarantino; o la relamida escena final, que quiere ser muy evocadora y en mi opinión roza el kitsch. Otro tanto sucede con los pasajes de Ulises con la diosa que encarna Charlize Theron, un anuncio de colonia.

Por el contrario, por sensibilidad y como católico, me parece bien el mensaje que quiere dejar contra los horrores de la guerra y sus perennes secuelas. Aunque no creo que los héroes griegos de aquellos tiempos turbulentos y remotos se mostrasen tan meditabundos al respecto como el Ulises-Matt Damon de Nolan.

Pero incluso no siendo la obra maestra que nos venden, me admira la Odisea de Nolan por su formidable ambición. Se ha propuesto nada menos que revivir a Homero y las fábulas fundacionales de Occidente con una cinta de tres horas que costó 250 millones de dólares. Aspira a captar con un clásico el interés de una sociedad con déficit de atención, que no soporta un vídeo de más de minuto y medio y que casi tiene a gala la incultura.

El relativo fracaso de Nolan supone, por lo tanto, una victoria. Entre mamporro y mamporro se pronuncian además dos citas para enmarcar: «De la guerra nunca se vuelve» y «No busquéis dioses en los hombres». Han pasado 29 siglos desde que se compusieron los cantos de la Iliada y la Odisea, probablemente por varios autores apodados finalmente Homero. Pero las miserias y grandezas del ser humano siguen siendo exactamente las mismas; el bicho no cambia. Amor, familia, fe, odio, venganza, lujuria, codicia, traición, guerra… y la esperanza en que al final siempre brillará la luz. Lo cual es cierto, porque pasada la etapa de oro de la Grecia clásica, llegó al mundo en lo más humilde de Belén de Judea, en un cobertizo, el mensaje de salvación que todo lo cambia.

(PD: Aunque para Odisea, la de España en el Mundial. Qué alegría, y qué buen ejemplo para todos de unión y cooperación).