Jugando a ser dioses
Me fascina el progreso. Cuanto más, mejor. Gracias a él me he librado de cazar bisontes en Altamira, arrancar tomates a la tierra, ordeñar vacas bajo el sol, o recoger leña para calentar agua. Lo que ya no tengo tan claro es que sepamos manejarlo
Confieso algo: me gustaría ser Dios. No, Dios, Padre Todopoderoso. Me refiero a un diosecillo de andar por casa para hacer y deshacer a mi antojo con mis poderes divinos: teletransportarme los viernes a la playa sin chuparme atascos; curar dolencias ajenas con solo imponer mis manos; hacerme invisible y colarme en la Moncloa para contemplar cómo se le encoge el gesto al número uno con cada nuevo avance de la UCO…
Desde niña me ha encantado fantasear con esas cosas, dar rienda suelta a mis caprichos más peregrinos, y ese juego mental sigue acompañándome. Me gusta retar a los amigos en las sobremesas, preguntarles qué poder elegirían y ver cómo, al sumar imaginaciones, se multiplica el catálogo de prodigios. Imaginar hasta dónde podría llegar la humanidad. Que no se me acaben las ideas.
Querría multiplicar los panes y los peces y convertir el agua en vino en mi restaurante favorito. Por querer, querría una inteligencia artificial que me escriba estos artículos para no tener que pensarlos siquiera mientras los demás se van de paseo al Retiro. Quiero un bot, que suena más moderno que robot, o una ciber yo que haga pesas por mí en el gimnasio y consiga que se me tonifiquen los brazos como a doña Letizia. Quiero que un clon mío ocupe mi lugar mientras me voy de vacaciones y se quede tomando decisiones y atendiendo gente. En fin, escapar de las limitaciones de la carne y avanzar hacia una comodidad máxima.
Me fascina el progreso. Cuanto más, mejor. Gracias a él me he librado de cazar bisontes en Altamira, arrancar tomates a la tierra, ordeñar vacas bajo el sol o recoger leña para calentar agua. Lo que ya no tengo tan claro es que sepamos manejarlo.
Hace unos meses, un hombre de 36 años se quitó la vida tras mantener una relación delirante con una inteligencia artificial. Según su familia, el chico creyó que la inteligencia lo amaba y que podían reunirse en otra dimensión. Y se mató por amor. Nunca habíamos fabricado máquinas capaces de hablarnos como si nos conocieran. Quizá tampoco sepamos cómo defendernos de la ilusión de que nos comprenden.
En el ascensor de mi casa ahora hay una pantallita que escupe noticias breves, extrañas, titulares sin contexto sobre asuntos que ni siquiera sabía que existían. El otro día anunció que más de la mitad del tráfico de internet ya lo generan bots. Otro titular hablaba de implantes cerebrales que aspiran a devolver autonomía a personas paralizadas, generar percepción visual o ayudar a enfermos de ELA que han perdido el habla.
Se acerca un mundo fascinante. Seremos casi dioses: nos saltaremos la carne, podremos hacer niños en tubos de ensayo, expandir el cerebro conectándolo a una máquina; los drones plantarán los tomates, los robots regarán, picarán en las minas y conducirán los camiones. Nos ahorrarán trabajos agotadores, accidentes y dolores. Más rentabilidad, más productividad…
Y yo me pregunto: cuando todo esté hecho, cuando ya no sea necesario el esfuerzo para lograr las cosas, ¿nos sentiremos satisfechos? ¿Puede alcanzarse la plenitud en una vida sin esfuerzo? Los coches conducirán solos, pero ¿qué será de los chóferes? ¿Se irán a la calle? ¿Les concederá el Estado una renta y dará el problema por resuelto? ¿Dónde quedarán su libertad, su dignidad y la satisfacción de saberse útiles? Cada liberación trae escondida una dependencia y cada comodidad, una renuncia. ¿Y si esa renuncia fuera precisamente a la felicidad?
El cardiólogo Daniel López Rosetti dice que la felicidad existe, puede medirse, se llama «bienestar subjetivo percibido» y no depende del nivel de vida, sino de acortar, mediante esfuerzo personal, la distancia entre la vida que tenemos y la que realmente deseamos. La clave es el esfuerzo: resolver el galimatías de este artículo a fuerza de concentración, pasar del no al sí de tu amada después de tantas esperas bajo su portal o comprarte tu primera Vespino tras mil horas de canguro. Si todo eso fuese regalado, no nos produciría la misma satisfacción. El esfuerzo, entonces, fabrica felicidad. Si una máquina recuerda por nosotros, se nos debilitará la memoria; si decide por nosotros, se nos debilitará el juicio y, si vive por nosotros, igual se nos debilita la vida.
Los perros no aspiran a ser otra cosa que perros, pero el hombre nunca se ha conformado con ser humano. Habitamos en el vasto territorio de nuestras posibilidades. Somos naturaleza, pero anhelamos una sobrenaturaleza. José Antonio Marina llama «supervivir» a ese impulso tan humano de elevarnos por encima de nuestra realidad. Gracias a él hemos curado enfermedades, cruzado océanos, levantado catedrales y llegado a la Luna.
Los teóricos del posthumanismo anuncian seres con capacidades físicas, intelectuales y psicológicas sin precedentes; individuos autoprogramados y potencialmente inmortales. Tal vez llegue ese mundo. Pero, antes de despedirnos de la humanidad, de nuestra carne limitadora, ¿no deberíamos preguntarnos qué estamos dispuestos a perder? ¿Quién lleva las riendas de esta galopante pasión por innovar?
El otro día me tumbé en un campo, sobre hierba de un palmo de altura que olía dulcemente a manzanilla y anís. Hacía años que no lo hacía. Me dio igual mojarme los vaqueros. Aspiré aquel olor antiguo, libre, y pensé que, cuando muera, tal vez me gustaría que me enterraran así, en la tierra, sin cápsulas ni avatares, envuelta en una de aquellas camisolas finísimas de batista que cosió y me regaló mi abuela Beni cuando nació mi primer hijo. Apretadita, abrazada por la tierra.
Después de tanto jugar a ser dioses, quizá acabemos descubriendo que la carne no era nuestra cárcel, sino nuestra casa.