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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Morant o cómo banalizar el mal

Solo desde una indigencia intelectual oceánica o una enfermedad de sectarismo extremo se puede comparar al psicópata que mató a seis millones de judíos y provocó la Segunda Guerra mundial con dos líderes democráticos

Diana Morant es la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades. Lo juro. Cuando fue nombrada en julio de 2021 escribió en sus redes sociales: «Sé de dónde vengo. Mi madre es hija de criados. A ella la sacaron del colegio, no tuvo oportunidades. Las dos nietas de aquellos criados somos ingenieras, y ministra». Pero lo de ministra solo existe sobre el papel: El Debate acaba de publicar que lleva 25 días sin un acto en su agenda oficial, a pesar de que cobra 84.650 euros anuales. A lo sumo, se la identifica como la candidata elegida por Pedro Sánchez para hundir las opciones de los socialistas valencianos. De hecho, la ministra -ingeniera de Telecomunicaciones- se pasa las semanas y los meses en aquella Comunidad. Eso sí, ministra innovadora sí que es. Sus argumentos para atacar al PP se cuentan por difamaciones: lo último ha sido comparar a Feijóo con Hitler, en un ejercicio repugnante de banalizar el mal.

Solo desde una indigencia intelectual oceánica o una enfermedad de sectarismo extremo se puede comparar al psicópata que mató a seis millones de judíos y provocó la Segunda Guerra mundial con dos líderes democráticos. Pero es que esta señora es especialista en defender al jefe con los más pintorescos argumentos, en dura rivalidad con Patxi López. Normalmente, recibe los mensajes con dos semanas de retraso así que sus explicaciones son desternillantes. Ha llegado a culpar del caos ferroviario a Rajoy, que hace ocho años que se fue del poder y gobernó menos tiempo que el Ejecutivo al que pertenece. O a insistir en que «Leire Diez era una Antoñita la Fantástica que ni ella se creía su propia historia». Pero mucho más vomitivo fue confirmar que no ayudó a Valencia, tras la dana, porque no quiso: no respondió a propósito a las llamadas del vicepresidente regional, Gan Pampols, encargado de la reconstrucción, porque -según ella- «no iba a participar en la estrategia de maquillaje del señor Mazón». Ni siquiera la utilización desquiciante de los socialistas de la atroz riada le ha dado ninguna baza a Morant. De hecho, es la menos conocida de todo el Ejecutivo y su falta de notoriedad adelanta la debacle de votos.

La secretaria general de los socialistas valencianos tiene sobre sus hombros una mochila pesada: tuvo de número dos como candidato a las generales en julio de 2023 a José Luis Ábalos, al que el presidente había echado del Gobierno cuando ella entró, pero compensado después dándole un escaño en el Congreso, que le protegería con aforamiento ante la sala segunda del Supremo en caso de que fuera procesado, como así fue. Aunque el exministro trató de montar una candidatura crítica contra el anterior presidente socialista, Ximo Puig, finalmente formó tícket con Morant. Por ello, la ministra trata de distanciarse cada vez que puede del jefe de Koldo. No obstante, y aunque lo intente, no ha podido quitarse la losa de corrupción que pesa sobre su partido y también la falta de apoyos internos en el PSPV. Solo su marchamo de candidata de Sánchez la mantiene al frente de la candidatura a las elecciones autonómicas del próximo año, a pesar de su caótica gestión en el CNIO español, el centro de referencia en la investigación contra el cáncer, salpicado con acusaciones de corrupción entre sus dirigentes.

Aunque es una defensora de la educación pública, cursó EGB en un centro concertado y religioso en su Gandía natal. Eso sí, bachillerato y COU lo estudió en un Instituto público y de ahí pasó a la Universidad Politécnica de Valencia, donde se graduó en Telecomunicaciones, tras nueve años en la carrera. Como buena parte de los actuales políticos, la valenciana solo trabajó tres años en la empresa privada, concretamente en una compañía de domótica, hasta que en 2011 fue elegida concejal de Gandía y cuatro años después, alcaldesa. Es muy fallera por eso sabe que la traca final le llegará en mayo del año próximo, aunque posiblemente deje el Ministerio después del verano. Nadie lo va a notar. Pero, hasta entonces, que deje de blanquear a los asesinos, poniéndolos en el mismo plano de la gente decente. Es verdad que es marca del sanchismo: el método Otegi ha hecho fortuna.