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La dolorosa imagen que proyecta España devastada por el fuego no puede ser solventada con una apelación frívola a la «emergencia climática» ni, desde luego, remediada con una propuesta evanescente de impulsar un «pacto de Estado».

Ambos mantras del Gobierno reflejan en el fondo un sentimiento de culpa que, por enésima vez, se pretende tapar echándole la culpa a un enemigo verosímil, el calentamiento global, y socializando la respuesta, para huir de la responsabilidad previa propia.

Que es formidable. Para empezar, Pedro Sánchez carece de Presupuestos Generales del Estado con los que actuar en tiempo real sobre un contexto cambiante, con distintas necesidades y prioridades: gobernar, por llamarlo de alguna manera, con las cuentas de 2023, improvisando sobre la marcha modificaciones y apaños, es incompatible con la eficacia, la anticipación y la inversión.

Para continuar, es imposible paliar los grandes incendios si, antes, se ha actuado contra el medio rural en todos los órdenes: perseguir la ganadería, despreciar la agricultura y olvidar a los pueblos solo sirve para apartar del bosque a quienes antes lo mantenían de manera rutinaria.

Y, finalmente, legislar desde el dogma, con criterios ideológicos sobre el ecosistema que anteponen las creencias a la ciencia, cierra el desastroso círculo que convierte a España en una inmensa hoguera.

El cambio climático existe, claro, y merece una reflexión serena y científica que aquí se sustituye por una especie de nueva religión que impone, bajo amenaza de herejía, un marco castrante y suicida a partes iguales y, eso sí, genera un gran negocio para unos cuantos.

Pero lo que de verdad arrasa España es la acumulación de masa forestal abandonada, la desaparición del ganado, la inviabilidad de las explotaciones agrarias, el destierro en los pueblos por la falta de futuro y el infierno normativo, fiscal, laboral y legal que acosa a todas las actividades genuinas del campo.

Todo esto se veía venir porque, simplemente, ocurre cada año. Y es indignante que la coartada sea la «emergencia climática», ya alegada con el apagón general, la Dana o hasta la tragedia de Adamuz. Ya no cuela. El precio a tanta soberbia, tanta ideología y tanta incompetencia es inasumible.