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Uno de cada tres españoles no puede cogerse ni una semana de vacaciones en todo el año, pero su presidente ilegítimo tiene pensado cogerse cinco, en el palacio canario de La Mareta, acompañado de su esposa y probablemente de un buen número de familiares y amigos, mientras el país que no le quiere arde por los cuatro costados y él no tiene Presupuestos Generales del Estado para atenderlo.

No es demagogia establecer esa comparativa: un presidente tiene derecho a descansar y a hacerlo con los suyos, en unas condiciones dignas, con la seguridad oportuna y un espacio seguro. Por ejemplo, en su casa, que es la Moncloa, aunque no la merezca: sumó diputados para la investidura, pero la democracia es algo más que aritmética ocasional y, si una vez lograda no puedes ejercerla, alguien decente lo entendería y dejaría paso. No es el caso de Sánchez, incapaz de aprobar Presupuestos en toda una legislatura y, sin embargo, convencido de que tiene derecho a seguir por lo civil o lo criminal.

El contraste lúdico entre Sánchez y los españoles es una metáfora del abismo entre lo que dice y lo que pasa en España: él habla como si fuéramos un milagro económico, perora del crecimiento artificial, incinera la convivencia además de los montes, habla de justicia social y llena el aire, en general, de palabras grandilocuentes y tan vacías como la nevera de un Erasmus.

La realidad es que la gente normal no se puede ir de vacaciones, que llega a duras penas a final de mes, que su poder adquisitivo es el de 2010 con precios de 2026, que paga más impuestos que nunca en la historia, que somos punteros en pobreza infantil y paro y que la macroeconomía disimula por las arduas tareas de maquillaje obsceno que perpetra un Gobierno convencido de que un buen relato puede engañar a cualquiera que se olvide de lo que ve con sus propios ojos.

El prolongado asueto de Sánchez lanza el mensaje soberbio de que no le importan los quebrantos de nadie y que, como el pobre está perseguido por una conjura de oscuras fuerzas, se merece descansar, coger fuerzas y volver a la batalla con el cuerpo repleto de las energías que transmiten el sol y los mejores crustáceos de la costa.

Pero también es la prueba del universo en el que habitan tipos como él, que son legión en el PSOE: si pisaran la calle, si conocieran los barrios, si tuvieran contacto con la gente, no se atreverían a esos despliegues de chulería, sentirían un poco de vergüenza ajena y limitarían el derroche en sí mismos.

La Mareta es un mausoleo de la dignidad sanchista y una especie de fortaleza costeada por los cansados riñones de un pueblo perplejo que no encuentra antídoto contra un mal pionero, el del primer político de la historia reciente de España convencido de que puede y debe gobernar contra los españoles, contra las instituciones, contra el sentido común e incluso, aunque no lo sabe, contra sí mismo.

Porque la vida suele devolverte lo que has hecho, y la factura a Sánchez va a ser tan inmensa como los estragos provocados por un inmoral con ínfulas que esconde, en realidad, a un pobre hombre temeroso, un impostor que al mirarse al espejo ve su verdadera imagen, llora, se indigna y amenaza, pero sabe que su futuro está escrito y su próximo palacio, en vez de verjas, quizá tenga rejas.