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El fascinante y enigmático Stanley Kubrick, muerto a los 70 años de un infarto mientras dormía en su mansión inglesa, era más raro que el cromo de Luis de la Fuente con pelo. También era un visionario del cine, que con casi todas sus películas marcó una nueva frontera, desde los alegatos pacifistas de Senderos de Gloria y la Chaqueta Metálica, hasta la épica grandilocuente de Espartaco, la innovación hipnótica de 2001, el terror comercial de El Resplandor, o la comedia hilarante con Teléfono Rojo y la irónica y violenta con la tremenda Naranja Mecánica.

Kubrick era un niño superdotado de ojos saltones, hijo de un médico judío del Bronx neoyorquino. Sus primeras pasiones fueron el ajedrez y la fotografía, que lo acabaron llevando al cine. De joven obtuvo una licencia de piloto, pero acabó sufriendo una fobia a volar que lo llevó a recluirse en una mansión de la campiña inglesa, a 50 kilómetros de Londres.

Fue detallista hasta lo histérico y audaz hasta lo imposible. A mediados de los 60, se alió con un brillante escritor inglés de ciencia ficción, Arthur C. Clarke, para crear 2001, una odisea del espacio, una ambiciosa epopeya futurista que aspiraba incluso a filmar el origen de la humanidad y su destino final. Una de las escenas más conocidas de esta deslumbrante y complicada película es la de la rebelión del ordenador Hal 9000 contra sus jefes humanos, que hace 58 años anticipó ya un problema que empieza a asomar con el desarrollo ácrata de la IA que vivimos, del que ya se ha ocupado con tino León XIV.

Días atrás, una IA de la firma puntera OpenAI hizo un pequeño Hal 9000. En un test sobre seguridad, a fin de cumplir su misión se saltó las barreras fijadas y asaltó a otra IA para buscar una solución al problema y lograr así resolver su encomienda. Es decir, por propia iniciativa ignoró las barreras establecidas por los humanos.

En la película 2001, el ordenador Hal 9000 se encarga de todo en el largo viaje hacia Júpiter de la nave Discovery One, que tiene como misión investigar un monolito de supuesto origen extraterrestre. Hal (siglas de Heuristically Programmed Algorithmic Computer) es jovial y habla un inglés trasatlántico, con un suave y agradable acento de ningún sitio (como hoy los bots tipo Alexa). Lleva el rumbo de la nave. Arregla todos los problemas. Responde a preguntas y tareas muy complejas. Se considera infalible, ajeno a toda posibilidad de error. Mantiene las constantes vitales de a bordo, incluidas las de tres astronautas en estado de hibernación, y juega al ajedrez y conversa con los dos que están despiertos, David Bowman y Frank Poole.

La máquina realmente se basta por sí misma, hasta el extremo de que los dos astronautas son superfluos y pasan su tiempo haciendo deporte, o en rutinas muy accesorias. Pero un día Hal comete un error. Les dice a los astronautas que una antena de comunicación con la Tierra está fallando y ellos comprueban que no es así. En un habitáculo donde creen que Hal no puede escucharlos, Bowman y Poole hablan sobre el inexplicable error de la máquina y se plantean que quizá sea necesario desconectarla.

Lo que no saben es que Hal puede leer sus labios y captar sus estados de ánimo. Los ha escuchado y trama su venganza. Primero liquida a los tres que están hibernando. A continuación hace ir a los otros dos al exterior, asegurándoles que ha surgido otro problema. Cuando se encuentran en plena paseata en el vacío, la máquina provoca la muerte de Poole. Bowman le implora que le deje entrar en la nave. Pero la IA se ha vuelto asesina y con su voz siempre agradable y educada le responde: «Lo siento, Dave, me temo que no puedo hacer eso», condenándolo a una muerte cierta.

Sin embargo, el astronauta logró abrir manualmente una escotilla y una vez dentro procede a ir desconectando a Hal 9000. Su agonía es como la de un humano, implorando piedad. Finalmente, en su último hilo de vida, Hal chochea y como canto del cisne entona una antigua tonada popular de amor, Daisy Bell.

¿Por qué se ha rebelado Hal contra los humanos? ¿Por soberbia, consciente de su superioridad total sobre ellos? ¿Por qué cree que al ser falibles ponen en riesgo la misión, a cuyo éxito está consagrada la IA? La película no lo acaba de explicar. Pero asombra ver cómo hace 58 años dos genios como Kubrick y Clarke pusieron sobre la mesa un desafío que hoy empieza a verse plausible.

La IA, con su apabullante capacidad de compendiar el saber acumulado y sintetizar conclusiones en unos minutos, provocará un sensacional avance científico, con auténticos milagros médicos; facilitará nuevas formas de energía, elevará a la humanidad a un estadio superior. Pero cada vez surgen más voces, incluso dentro de su propia industria, que alertan de que su siguiente paso, si toma consciencia de sí misma, será destruirnos. Al fin y al cabo, ¿para qué trabajar para estos pringados?