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VertebralMariona Gumpert

Ojo por ojo

Recuerdo cuando se hablaba de la ley del Talión como sinónimo de falta de humanidad. Ojo por ojo y el mundo acabará ciego. Es triste contemplar lo sucedido y descubrir que necesitamos acabar ciegos para no terminar todos muertos

Ya casi terminado julio, a mis hijos de doce y nueve años se les antojan cortas sus vacaciones. A mí, las que me parecen exiguas son las de sus padres, pero no por ello dejo de coincidir con ellos: ni por todo el oro del mundo volvería a ser niña, con tal de evitar volver al colegio. Ese sitio donde recibes órdenes de todo el mundo, tienes que pasar sentado ocho horas al día y convivir con gente que no te gusta. Muy parecido a la vida adulta de muchos, sí, ¿y a quién le agrada eso? A mí no.

Con todo, no es lo peor de ser niño. O de ser adolescente. Es de necios negar que el mundo infantil y juvenil es muy similar a la jungla. El colegio, lejos de ser un zoo de convivencia civilizada, concentra a muchos animales juntos y los obliga rápido a buscar manada para hacer frente a la ley del más fuerte. La tentación inevitable de muchos padres es hablar a sus hijos de la ley de la defensa propia: no insultes, no denigres, no hagas daño, pero si te insultan, denigran o te hacen daño, te defiendes. Claro, explica tú que sólo lo justo para que cese el acoso y, después, que el niño lo entienda y, después, que sepa aplicarlo con sabiduría en el fragor de la batalla.

Acoso y matonismo ha habido siempre. La novedad ahora es que hay nuevas formas de dañar a otros. Ya hay angelitos que, con fotos de sus compañeros e inteligencia artificial mediante, generan desnudos falsos que más tarde hacen circular. Como este hay miles de ejemplos de cómo arruinarle a alguien la vida, fuera y dentro de internet. Ahora bien, lo que la mayoría de estos niños y adolescentes ignora es que en el mundo cibernético pueden pasar, en un abrir y cerrar de ojos, de depredadores a víctimas. Si el colegio es una jungla, Internet es la guerra de los mundos.

Hace un mes recordé en Twitter una anécdota de cuando estudiaba doctorado. Había quedado a comer con una alemana y, en el último momento, se nos unió un italiano. Comenté que sólo nos faltaba un japonés, provocando la risa del mediterráneo y una regañina femenina: «Maguiona, esas cosas no se disen». Tuiteé esta bobada sin ningún ánimo en concreto, como quien piensa en voz alta. A las horas, no sé cómo, se había viralizado y tenía a alemanes, japoneses e italianos comentando el asunto en su idioma y contribuyendo a la causa con sus aportaciones:

—¿Qué le dice un alemán a un japonés?

—A la siguiente, mejor sin los italianos.

Resultó muy divertido y, como ya he dicho, en ningún momento pensé que fuera a tener mayor repercusión que un par de «me gusta» de seguidores a los que conozco desde hace años. Lo mismo les sucede a quienes practican el ciberacoso. Ignoran que sus iniquidades pueden viralizarse y volverse contra ellos. Es justo lo que ha sucedido con las niñas de Huelva que se grabaron mientras humillaban y golpeaban a otra. Con el agravante de que, en su caso, la persecución posterior la han protagonizado adultos convencidos de que hacían justicia.

Comprendo que ver imágenes de este tipo despierta lo más visceral que llevamos dentro. No sé cómo reaccionaría yo si fuera uno de mis niños el acosado. Pero, gracias a Dios, no era mi hijo. Y no lo viví en directo. A los adultos nos llegó el asunto a través de redes sociales y de los medios de comunicación. ¿Tan complicado resulta, en ese contexto, no reaccionar en automático? ¿Pensar que no es proporcional viralizar el vídeo y las caras de las matonas ante el público infinito, desaforado de internet?

Recuerdo cuando se hablaba de la ley del Talión como sinónimo de falta de humanidad. Ojo por ojo y el mundo acabará ciego. Es triste contemplar lo sucedido y descubrir que necesitamos acabar ciegos para no terminar todos muertos.