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El ojo inquietoGonzalo Figar

¿Veranear en el norte o en el sur?

El plan del sur es más estático, repetitivo, pero muy cómodo. Te suele anclar a un sitio con todo a mano —la playa, el club, el deporte, la piscina— y no hace falta moverse de ahí en todo el día. En el norte, el plan es más móvil. Se hacen más excursiones a pueblecitos, a la montaña, a playas por descubrir

El matrimonio te da muchas cosas: un hogar, una familia, alguien con quien compartir la vida. Lo que nadie te cuenta es que también te obliga a negociar dónde pasas el verano.

Yo soy de familia asturiana y llevo veraneando allí desde que tengo uso de razón. Mi mujer, en El Puerto de Santa María. Y así, desde que nos casamos, el verano se nos parte en dos, en estrictas mitades porque ninguno le regala al otro ni medio día: una parte en el sur, con su familia; otra en el norte, con la mía. Dos estilos de veraneo que no se parecen en nada.

El gran argumento del sur es el tiempo. Sol, calor, playa garantizada. Se agradece, sobre todo cuando llegas con meses de trabajo encima y sólo tienes unos días para descansar. Pero no es oro todo lo que reluce. En El Puerto te puede caer una semana de levante, de esas rachas de calor en las que abres la puerta del coche y te pega en la cara tal bofetada de aire sahariano que te quedas 'atontao'. Ahí, con el viento doblándote la nariz a cuarenta y tantos grados, darías lo que fuera por un chirimiri del norte.

Es verdad que en el norte puede llover. Con niños pequeños, varios días seguidos encerrados en casa se hacen cuesta arriba, pero hay que saber disfrutar de eso también: las botas de agua, el chubasquero, el paseo por un valle verde que parece de otro planeta. Y a los niños, de paso, no les viene mal sufrir un poco y espabilar.

Y cuando por fin llegas al norte después de semanas de calor en el sur, está ese placer secreto de meterte en la cama y tener que taparte con la manta porque hace fresquito… Pequeño milagro de agosto.

El verano en el sur se define por la vida social constante. Ir a la playa no es llegar y tirarte al agua; es un acto social en toda regla: tardas 25 minutos en llegar al mar porque paras a saludar a todo hijo de vecino, ya que todos vamos al mismo metro cuadrado de playa, aunque mida kilómetros. Luego vienen las constantes cenas, comidas, copas, planes a todas horas. Y esto se multiplica cuando veraneas con una familia política que suma varios cientos de almas con vocación permanente de estar juntas y en piña. Los Guerrero o van en masa o no van.

En el norte la vida social también existe, pero tiene otro pulso: más de plan familiar, de comilona larga, de sobremesa con los primos. Con una excepción, eso sí, que es tan de tralla como cualquier plan sureño: las fiestas de los pueblos. Ese «prao», esa verbena, esas atracciones de feria, esas barras improvisadas. Quien no haya estado nunca en unas fiestas de pueblo del norte, tiene que ir.

El plan del sur es más estático, repetitivo, pero muy cómodo. Te suele anclar a un sitio con todo a mano —la playa, el club, el deporte, la piscina— y no hace falta moverse de ahí en todo el día. En el norte, el plan es más móvil. Se hacen más excursiones a pueblecitos, a la montaña, a playas por descubrir. Te mueves más, pero también te exige más trabajo organizar los días.

Con los niños las diferencias son igual de claras. En El Puerto van al Buzo y a la carpita, tienen plan todos los días, lo pasan en grande, y los padres recuperan unas horas de vida propia que en agosto valen su peso en oro. En el norte, sobre todo si llueve, el plan con los niños hay que currárselo más. Tiene su encanto, pues es más tiempo de calidad con tus hijos, pero también exige un sacrificio mayor justo cuando el cuerpo pide relajación.

Y luego está la comida. Aquí no me muevo ni a tiros: el norte gana. Desde Galicia hasta el País Vasco, pasando por Asturias, se come mejor que en el sur. Lo sabe todo el mundo. Hasta los del sur, aunque no lo digan en voz alta.

El debate sidra asturiana contra fino jerezano, en cambio, sigue abierto. Soy fanático de la sidra, pero reconozco que el fino, bien frío, entra por botellas en verano. Lo que no admite discusión es lo de la Cruzcampo: debería estar prohibida. Y en lata, directamente, debería considerarse un acto terrorista.

Mi corazón siempre va a tirar hacia Asturias, pero hay que reconocer que en el sur no se está nada mal. Y la combinación de ambas funciona, la verdad. El sur tiene su momento: cuando llegas destrozado de meses de trabajo, ese ritmo frenético, ese calor, esa vida social que no para, te descomprime sin darte tiempo a pensar. Y luego, cuando ya has sobrevivido al levante, a la Cruzcampo y a tanto plan, llega el norte y te devuelve a ti mismo. La calma. Los paisajes. La excursión a un sitio idílico. En el sur te desfogas y en el norte te recargas.

En fin, que este debate norte vs. sur nunca va a tener respuesta. ¿Qué es mejor? Ahora es cuando saltan los que veranean en Baleares y nos dicen a todos, norteños y sureños, que no tenemos ni idea.