¿Cuántas pensiones van a pagar estos que entraron?
No es justo que un país que está construyendo un estadio para rivalizar con el Bernabéu en el Mundial 2030 empuje a chavales con el móvil de la mano a que crucen la frontera de otra nación
Duele ver la playa repleta de sandalias y flotadores de plástico. Como duele la cifra de muertos, corta pero imprecisa, entre los miles que cruzaron ayer la infravigilada frontera que separa Ceuta de Marruecos en una avalancha migratoria sin precedentes.
Surgen muchas preguntas. Las primeras, las más evidentes, fruto de mi ignorancia: ¿Por qué no hay apenas nadie para vigilar aquello? ¿Por qué parece tan fácil cruzar la frontera? ¿De verdad lo es si han conseguido pasar tantos? ¿Es igual de sencillo en otros países? ¿Puedo ir mañana a Francia o Suiza y entrar a pie gritando «viva España, viva Pedro Sánchez», como hacían algunos de esos chavales?
Las segundas son algo más hondas, aunque quizá no tanto. ¿Cuántos han entrado? ¿Cuánta población tiene Ceuta? Los que han entrado, ¿equivaldrán al 10 % de toda la población de la ciudad autónoma? ¿Quizás al 20 %? ¿Dónde se van a meter, si hace días que están desbordados?
Y las terceras son las que casi ningún político responde: ¿Cuánto le cuesta al ceutí, al madrileño, al valenciano mantener esta gigantesca ONG? ¿Cuántas pensiones van a pagar los que ayer entraron? Porque esa es una conversación difícil que tenemos que mantener como país. ¿De verdad nos alcanza para sostener esto? En un país como el nuestro, donde una de cada cuatro personas está en riesgo de pobreza, ¿es buena idea fingir que no pasa nada con este efecto llamada? Lo cómodo sería decir que we are the world, we are the children, pero la realidad es que, si nos ponemos serios y arrinconamos el populismo, a los que entraron ayer quizá no les alcance ni para pagar sus propias pensiones, como para pagar las de Zapatero o Artur Mas.
A eso hay que sumarle las muertes, que se las podemos atribuir a quien propicia la desesperación y el hambre de esta gente y a quien lo monetiza después (o no), animando a cruzar una frontera que, a pesar de lo visto, tiene una dificultad y un peligro. No es justo que muera una docena de personas en una playa a 30 metros de tu país y te encojas de hombros. No es justo que un país que está construyendo un estadio para rivalizar con el Bernabéu en el Mundial 2030 empuje a chavales con el móvil de la mano a que crucen la frontera de otra nación como si tal cosa.