Algo sabe Mohamed VI
Inexplicable que Sánchez ensalce a Marruecos cuando ha facilitado la invasión de Ceuta, una ciudad de 84.000 habitantes, con 49.000 jóvenes marroquíes
Una enorme masa de jóvenes marroquíes, 49.000 según las cifras oficiales, se saltaron los controles fronterizos de Ceuta en medio de la pasividad de los guardias alauitas, de brazos cruzados por una evidente orden superior, pues allí no se mueve una hoja sin el plácet del sultán.
Mohamed VI lo ha dejado todo bien claro al hacer coincidir el asalto con la Fiesta del Trono. Ha sido un ensayo de invasión en toda regla de una ciudad tan española como Logroño o Tarragona, que ya era nuestra dos siglos antes de que existiese algo parecido al Marruecos actual. El alarde marroquí, con técnicas propias de la llamada «guerra híbrida», burla además una frontera de la UE, a todas luces pésimamente protegida por el Gobierno español.
Ceuta, con solo 18,5 kilómetros cuadrados y 84.000 habitantes, recibió en solo diez horas a 49.000 inmigrantes del otro lado de la frontera. Para ubicarnos: es como si en Madrid capital apareciesen de manera súbita y a la brava 1,9 millones de marroquíes. Una mutación rápida y aparatosa del paisaje urbano ceutí y una llamativa demostración de fuerza del rey de Marruecos, que copia la vieja táctica de su padre, Hasan II, en la Marcha Verde contra España de noviembre de 1975, cuando utilizó como ariete humano en el Sahara Español a 350.000 civiles. El vividor Mohamed VI ha organizado un test en Ceuta con la misma miserable estrategia, aprovechando que se ve fuerte con su alianza con Estados Unidos, cada vez más sólida.
¿Y cómo ha respondido Sánchez ante una invasión que ha provocado escándalo internacional en Occidente y nos deja a la altura del betún? En su visita a la plaza española, donde por supuesto ha sido abucheado, saludó a Marruecos como «un país vecino y aliado» y ensalzó «su cooperación constante, fluida y muy razonable». Poco cabe añadir.
El guion de la Moncloa para echar balones fuera ya está escrito: Marruecos colabora razonablemente, pero aquí se ha producido un efecto llamada provocado por la sentencia del Supremo que prohíbe devolver a los que llegan a nado, aprovechada por las mafias para azuzar un efecto llamada. Una excusa barata, pues no existe mayor efecto llamada que la regularización de más de un millón de inmigrantes irregulares aprobada atropelladamente por Moncloa.
Sánchez comenzó mal con Marruecos. La regla diplomática no escrita establecía que todo nuevo presidente español cursaba en Rabat su primera visita a una capital extranjera. Pero al presidente de las primeras veces le pareció mucho más cool posar en el Elíseo con otro pavo real, Macron. Aquello desagradó al muy susceptible egotista Mohamed VI.
El siguiente error llegó en la primavera de 2021, con tres años ya de experiencia en el poder. El Gobierno, que por entonces era pro saharaui, como toda la izquierda española, acogió en secreto al jefe del Polisario, Gali, para prodigarle cuidados médicos. Dado que nos gobiernan Mortadelo y Filemón, los marroquíes se enteraron enseguida. Enfado de alto voltaje del altivo Mohamed y respuesta doble e inmediata: un asalto masivo en Ceuta y el vaciado con un programa espía israelí de los móviles de Sánchez y su ministra de Defensa. Andando el tiempo, el Parlamento Europeo investigó el caso y concluyó que el jaqueo había sido obra de los servicios secretos marroquíes.
Tras la invasión en la playa del Tarajal de 2021 y la penetración en el corazón del móvil presidencial, Sánchez vira por completo ante Marruecos. De una cierta displicencia pasa a una adulación que frisa con la sumisión. Primero entrega en bandeja a los marroquíes la cabeza de la ministra de Exteriores, la perfectamente incompetente Laya. Pero el gesto no basta. A continuación, en marzo de 2022, sin aviso alguno y fumándose al Parlamento y a Felipe VI, rompe la tradicional política de Estado española sobre el Sahara. De la noche a la mañana, pasa a adoptar a pies juntillas las tesis de Rabat y es Marruecos incluso quien comunica el giro.
A partir de ahí se inicia una relación de lisonja permanente, incluso cuando el sátrapa alauita nos chulea, como al incumplir su promesa de reabrir las fronteras comerciales de Ceuta y Melilla; o como cuando sus soldados mataron con una crueldad aterradora a dos docenas de inmigrantes africanos junto a la valla, salvajismo contra el que Marlaska y Sánchez no arquearon ni una ceja (de hecho, el ministro del Interior hizo lo que hace siempre: mentir).
Mientras tanto, la droga corre alegre desde Marruecos a España, en una boyante industria del narco contra la que nuestro Gobierno no dota a las fuerzas de seguridad como es debido.
Sánchez ha visitado a Mohamed arrobado. En 2023 llegó a tomarse unas extrañas vacaciones de agosto por Marruecos con su familia, en una época en que la canícula derrite al país. Sánchez ha convertido el Mundial de Fútbol de España y Portugal en buena medida en el Mundial de Marruecos, negándose a defender que la final se dispute en Madrid.
Para agravar la situación, Marruecos ha ido ganándose a Estados Unidos, que le concede cada vez más apoyo militar, mientras que Sánchez y su petulante canciller optan por la sagaz diplomacia de encabronar a Trump y aliarse con Hamás, Irán y China, debilitando así nuestro flanco Sur.
Ahora Mohamed VI celebra sus 27 años en el trono con un lamentable y sensacional alarde de fuerza en una de las dos plazas españolas, utilizando de manera infecta para su propaganda a chavales marroquíes hartos de las pocas oportunidades que tienen bajo su satrapía. Como siempre, la acción pilla en paños menores al Gobierno, que no había preparado planes para una contingencia así, cuando era evidente que podría repetirse, toda vez que ya había ocurrido. Además, se acumulaban los indicios. En la tarde del pasado domingo, El Debate ya publicó que el CETI de Ceuta estaba absolutamente desbordado. El miércoles, el presidente ceutí, Vivas, advirtió al Gobierno sobre que los centros de acogida no podían más y que se temía que el desafío creciese. El jueves, Vivas exigió la declaración de «emergencia nacional», desoída por el Gobierno, y el despliegue del Ejército. Si una «violación de la integridad territorial de España», término empleado ayer por Sánchez, no supone una «emergencia nacional», ¿entonces qué lo es?
Mientras la amenaza estaba ahí, el divo se encontraba ocupado preparando la maleta rumbo a la hamaca de La Mareta, tras haberse concedido una nueva matrícula de honor en su autobalance de fin de curso y tras haberse quitado los incendios de encima con una hueca apelación a «un pacto de Estado contra la emergencia climática».
El asalto sucede diez días después de la sorprendente visita de Sánchez a Argelia, donde ensalzó con efusión a un país que es el más fiero enemigo de Marruecos. Pero tampoco hacen falta agravios: Mohamed VI utiliza Ceuta y Melilla como sus fetiches nacionalistas y como señuelos para distraer de sus muchas miserias internas. Además, Marruecos ve tan débil a Sánchez que no descartan que pueda acabar admitiendo algún tipo de negociación sobre la soberanía de las plazas. La prensa marroquí ya habla de ello.
Marruecos está envalentonado y desafiante y España, sin un plan, más allá de apelar a la colaboración... de los que han abierto las puertas de Ceuta de par en par.
Ay, ¿qué encontraría Mohamed en aquel móvil?