Salida de emergencia
Sin defensa nacional ni seguridad para los ciudadanos, no hay Estado, ni de derecho ni no de derecho. Acaso el presidente pueda acordarse de Quevedo. «Miré los muros de la patria mía»
La palabra «cambio» por sí sola es neutra. A menos que uno sea un progresista frenético que afirme que todo cambio produce siempre algo mejor. El cambio puede ser para mejorar, para empeorar o simplemente algo indiferente. En cambio, la palabra «emergencia» apunta a un riesgo, amenaza o peligro. El presidente del Gobierno, en algunos casos, prefiere hablar de emergencia y no de cambio. Así, por ejemplo, ya no habla de cambio climático, sino de emergencia climática. Casi nada es inocente en política y nada en la política de Sánchez. Al hablar de emergencia climática, elude toda responsabilidad personal, toda incompetencia e imprevisión. Es un aciago destino (en realidad, más bien el fruto de la voracidad imperialista de la derecha) que se cierne sobre nosotros bajo la forma de catástrofe. Y los bosques se incendian no por la acción o la inacción de los poderes públicos, no porque no se cuide la agricultura y la ganadería, no porque no haya bomberos suficientes, no porque haya pirómanos criminales. Es solo una emergencia climática. Un aumento de temperaturas puede agravar las consecuencias de los incendios, pero no parece que constituya su causa principal. Desde tiempo inmemorial hay incendios. Lo que ha cambiado son los efectos devastadores. Una vez que Pedro Sánchez elude toda responsabilidad, reclama la necesidad de alcanzar un pacto político. Cuando Sánchez reclama un pacto político, incluida la derecha, es que sabe que no sabe la solución. Si lo supiera, lo haría y se colgaría la medalla antiincendios. Y luego están las autonomías como coartada. El mismo fuego cambia de naturaleza si traspasa los límites entre Madrid y Ávila. En el primer caso, es consecuencia de la incompetencia de la presidenta de la comunidad. En el segundo, obra de la naturaleza, en suma, una especie de fuego amigo.
Las invasiones marroquíes de Ceuta y Melilla son solo otra emergencia: la emergencia migratoria. Algo inevitable e imprevisible, nunca producto de la imprevisión y de la incompetencia. Ignoro si el sultán sabe cosas de Sánchez que hacen que lo tenga en sus manos. Por lo visto en España, no sería raro. Entre otros factores, cuando un gobierno no respeta a su propia nación, y tampoco se respeta a sí mismo, no puede pretender que sea respetado por los demás países. España tiene un gobierno débil, apoyado por comunistas y separatistas. Eso sí que es una emergencia, en este caso política. Si la invasión es una emergencia, habrá que alcanzar un pacto nacional contra ella, contra la emergencia migratoria. La emergencia termina por convertirse en una socialización de la incompetencia. Sin defensa nacional ni seguridad para los ciudadanos, no hay Estado, ni de derecho ni no de derecho. Acaso el presidente pueda acordarse de Quevedo. «Miré los muros de la patria mía».
Tal vez habría que promover un tercer pacto nacional contra la tercera emergencia: la emergencia gubernamental. Naturalmente, en este caso no podría contarse con el Ejecutivo. Factores de esta emergencia política no faltan: incompetencia, traición a la nación, corrupción, apropiación de las instituciones, ruptura de la concordia y división radical entre los españoles, abuso de poder, demolición por entregas del Estado de derecho, imposición de un proyecto partidista de ingeniería social que atenta contra las libertades de millones de españoles. Se puede decretar el estado de emergencia o no hacerlo, pero de hecho vivimos en un estado de emergencia nacional del que hay que salir cuanto antes. Terminar las legislaturas no es ninguna obligación política. El PSOE ha convocado elecciones anticipadas en varias ocasiones. La situación no puede esperar. España se está quedando poco a poco sin Estado. Al Gobierno hay que exigirle que abra la puerta de la salida de emergencia y salga cuanto antes. Esta es la mayor emergencia.