El difícil papel del Rey Felipe
Una vez más, el conflicto de Ceuta y la atroz labor de Sánchez ponen al Jefe del Estado en un brete
El Rey no lo tiene sencillo, y menos con un presidente sin principios como Pedro Sánchez, investido e intervenido a su vez por todos los partidos que detestan la Corona y la perciben como el último muro de contención en sus planes separatistas. Felipe VI sabe, sin duda, que el títere socialista, tan autoritario contra la democracia como sumiso con los enemigos de España, sacará el comodín republicano si su necesidad de supervivencia política y judicial lo reclaman.
No hará falta imponer un cambio de Régimen, inviable si se respetan los procedimientos establecidos por la Constitución, para que el mero coqueteo con esa posibilidad ocupe el escenario público si la desesperación de Sánchez le lleva a encabezar esa distopía, adornada y camuflada en su letanía sobre una nueva España federal, confederal o lo que le dicte el nacionalismo, que solo le apoyará en el futuro si da pasos en esa dirección: ya tienen indultos y amnistía, condonación de deuda y modelo de financiación propio, la Hacienda exclusiva y el control de sus «fronteras» no son una utopía y queda el paso final, que exigirán y Sánchez asumirá si le va en ello la vida.
Por ello, cualquier paso en falso del Jefe del Estado acelerará el proceso y, por la misma razón, no se le puede exigir que se la juegue en cada envite lamentable que el caudillo de Ferraz le lance a España y, en consecuencia, al Rey que la simboliza. Es verdad que ha existido y existe la posibilidad de que Felipe VI rechace o se resista a determinadas decisiones que no encajan del todo en el orden constitucional. Y es legítimo preguntarse que, si el argumento de obediencia constitucional le obliga a tragarse algunos sapos, el mismo mandato le faculta para oponerse.
Por ejemplo, a encargar la investidura a alguien que no ha ganado las elecciones y solo puede lograrla pactando en el extranjero acuerdos inconstitucionales con prófugos de la Justicia. Por ejemplo, rechazando desde sus atribuciones internacionales el volantazo diplomático del Gobierno en el Sáhara, entregado a Marruecos sin ninguna explicación, ningún apoyo parlamentario y ninguna contrapartida conocida, como sería el respeto a la españolidad de Ceuta y Melilla, hoy más amenazadas que nunca por Mohamed VI, muy subido por el respaldo de Estados Unidos, Francia o Israel.
Por ejemplo, a suscribir sin más el abandono del eje atlántico en favor de Pekín y las consecuencias que ello tiene para la posición internacional de España, hoy considerada un socio poco fiable, cuando no un rival, por las potencias a las que tanto les costó aceptarnos en el club.
Y por ejemplo, desde luego que al asalto marroquí a las ciudades autónomas españolas en África, cuyo papel en la Nación desde hace cuatro siglos es innegociable: son españolas antes de que existiera incluso Marruecos, que las siente como España a Gibraltar aunque la comparación es la misma que entre un huevo y una castaña.
En todos esos lances es verosímil que el Rey tenga un discurso propio y que además sienta la necesidad de darlo a conocer, a sabiendas del riesgo de que la sociedad española deje de verle como el fiel de la balanza y le perciba como un «mandao» del presidente más detestado de la historia: una cosa es el respeto al reparto de tareas previsto en la Carta Magna, con un Rey que reina pero no gobierna; y otra permanecer en silencio cuando se subasta la esencia que explica a su propia institución.
No se le puede pedir que se pegue con un presidente frívolo, soberbio e incompetente que, además, es sospechoso de ser objeto de chantajes por la inteligencia marroquí y de alinearse internacionalmente con los intereses bastardos de su sosias Zapatero; pero tampoco que se trague ad aeternum el desguace moral, político y legal de España sin ofrecer una inteligente respuesta. Que no avale el conflicto deseado por la extrema izquierda y alimente un choque civil indeseado, desde luego, pero emita el sutil mensaje de que, pese a todo, alguien queda ahí al fondo si todo se tuerce definitivamente.
No es sencillo, claro, y toda la paciencia hacia Felipe VI está justificada. Pero para eso es el Rey, y saber encontrar el camino correcto sin romper ningún plato es tarea suya.