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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Resbalón por ir de tapadillo y hacer una chapuza

Ayuso lo tenía tan fácil como haber planteado claramente al público que Madrid, como tantas comunidades, necesita una residencia oficial para su presidente

La izquierda considera el Aticogate de Ayuso infinitamente más grave que la invasión de Ceuta, la condena del hermano del presidente, el juicio por corrupción de su mujer, la imputación de la directora de la Guardia Civil, la condena de Ortiz, los 24 años de trena de Ábalos y la venta a plazos de España al separatismo. Así que hay que establecer un baremo: el resbalón del Aticogate, por el que el Gobierno y el PSOE piden la dimisión inmediata de Ayuso, resulta un chascarrillo comparado con el lodazal de Sánchez.

Pero aun así, es verdad que el Gobierno de Madrid se ha columpiado, por haber llevado a cabo a hurtadillas y de manera chapucera la compra del ático-oficina de seis millones, que carecía de licencia para ese uso. También por las endebles explicaciones que ha ofrecido y por la pueril vía de escape inventada sobre la marcha al día siguiente de que lo destapase la prensa sanchista, eso de «ahora vamos a venderlo para donarlo a la recuperación tras los incendios».

Resultaba bastante penoso ver ayer a una política tan elocuente como Ayuso despejando las preguntas sobre el ático con una salida tan pobre como que esas cosas «las lleva Planifica Madrid» y «yo no tengo ni idea, no es mi competencia». Por supuesto sí es de su competencia que se gasten seis millones del erario público madrileño en un piso que iba a estar destinado de manera preferente para que ella lo utilizase como oficina.

El caso del Aticogate viene también acompañado del habitual doble rasero de la izquierda. En España hay docenas de políticos viviendo en residencias oficiales, algunos como rajás. El viejo Fraga se hizo construir en el cambio de siglo una residencia de diseño moderno en Santiago, con 25.000 metros cuadrados de solar y hermosas vistas a la catedral, que costó 1.200 millones de pesetas de entonces y que tras su marcha ha recibido escaso uso. El presidente vasco de turno vive desde 1980 a todo trapo en el Palacio de Ajuria Enea, en la mejor área residencial de Vitoria, con 400 metros cuadrados de la última planta palaciega como residencia privada para él y su familia. Por supuesto nadie se escandaliza.

También existe una residencia oficial en el Barrio Gótico de Barcelona de 5.000 metros cuadrados, la Casa de los Canónigos, a disposición del presidente catalán. En Extremadura puede disfrutar de la Casa del Río de Mérida. El presidente canario, aunque no las usa, tiene a su disposición una residencia pública en Tenerife y otra en Las Palmas… Y hay más ejemplos.

Tampoco se escucha jamás una queja de la izquierda ante el hecho de que la mitad de los 22 ministros del inflado Gobierno de Sánchez viven en residencias del Estado, algunas suntuosas, como la que todavía disfruta la comunista-pop Yolanda cerca del Viso y que pronto echará tanto de menos (va a ser muy duro pagarse el alquiler de un piso tan amplio que pueda albergar toda la pasarela de moda acumulada en estos felices años).

Ante las obras de remodelación en la Casa de Correos, Ayuso debió haber planteado públicamente que había llegado la hora de que el presidente de la Comunidad de Madrid, sea quien sea, cuente con una residencia, donde además podría trabajar y recibir si procede, como sucede en Galicia o el País Vasco.

Pero en vez de plantear abiertamente la situación, el Gobierno de la Comunidad de Madrid compró el ático de tapadillo. Cuando la prensa sanchista lo destapó, temblor de piernas y explicaciones fútiles, pues esta vez el resbalón fue tan evidente que ni la magia de los argumentarios de MAR ha podido deshacer el entuerto.

El sábado, en una cena con amigos, la mitad de los comensales, votantes de derechas, sostenían que el ático le va a costar la mayoría absoluta a Ayuso. Me quedé casi en minoría absoluta. Yo lo dudo. Primero, porque sus rivales son dos perdedores, Óscar López y Mónica García, el primero con el encanto de un semáforo en rojo y la segunda, desacreditada y enrolada en un partido en liquidación por derribo. Y segundo, porque las elecciones serán en mayo del año que viene, y en los tiempos de la aceleración digital y la consiguiente amnesia eso es un mundo.

De cualquier modo haría bien Ayuso en aprender del error y repetirse aquel memento mori que un esclavo susurraba en Roma a los generales victoriosos. El primer daño del poder es que aleja a los políticos de la realidad y de sus prosaicas –e imprescindibles– obligaciones.