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Enrique García-Máiquez

España, ducha escocesa

¿Contradicción? No, puro españolismo. Ver con claridad los defectos nacionales es una característica de nuestra identidad. Por eso los nacionalistas son españoles exacerbados

Repasando los artículos que he escrito en el mes de julio, me llevo una sorpresa: España ha sido mi único tema. En el mes de Santiago y cierra, España no puede resultar más a propósito. Es uno de los grandes amores de mi vida y es natural que de la abundancia del corazón hable la pluma. Lo curioso no es el tema, sino el tono o, mejor dicho, los tonos. Conviven, apretados en el mismo mes, los artículos exaltados y los abatidos. Hay una ducha escocesa —agua muy fría, agua muy caliente— de hispanidad.

Por un lado, la victoria en el Mundial, conquistada con una manera de jugar y hasta con un modo de ser que nos ha recordado la humildad audaz de los viejos hidalgos, orgullosos de sus almas. El trabajo de Luis de la Fuente no ha sido sólo táctico, ni siquiera estratégico, sino, en última instancia, metafísico. Hice un viaje a Ultramar que fue un plus ultra de mi españolía. Por el otro lado, ay, los incendios, la política rastrera, el hundimiento del Estado, la verja de Gibraltar y la valla de Ceuta…

¿Contradicción? No, puro españolismo. Ver con claridad los defectos nacionales es una característica de nuestra identidad. Por eso los nacionalistas son españoles exacerbados. Lo describió a la perfección Joaquín Bartrina: «Oyendo hablar a un hombre, fácil es / acertar dónde vio la luz del sol: / si os alaba a Inglaterra, será inglés; / si os habla mal de Prusia, es un francés; / y si habla mal de España, es español». Si tanta españolía se exacerba, acaba uno en Puigdemont; pero en su justa dosis, ese veneno es medicinal y nos salva del nacionalismo rampante. Un efecto secundario de nuestra máxima manía de minusvalorarnos es que ha permitido que florezca la especie de los hispanistas, esos extranjeros tan simpáticos que nos explican lo maravillosa que es nuestra cultura. Cuando tantísima capacidad crítica se concentra en dolor de España, da el más fino patriotismo.

Uno de los grandes poemas de Miguel d’Ors, «El tema de España», retrató el movimiento de nuestro corazón —sístole, diástole— con precisión de matemático, álgebra y fuego. Empieza dispuesto a cortar con España, pero al recordar sus maravillas —Las Meninas, un olor sevillano, nuestros paisajes, «palabras de Cervantes, Machado, Garcilaso»— se avergüenza «de haberle sido infiel a tanta España». Lo malo es que a continuación recuerda todo lo que no le gusta de España y enrojece como el Etna y quisiera cortar con este sainete. Entonces llega el giro de muñeca magistral y escribe: «(regrese, por favor, al primer verso)».

¿Estamos condenados a vivir en este círculo de pertenecer a la vez y sin solución de continuidad a la mejor nación del mundo y a este viejo país ineficiente de todos los demonios? El poema y la experiencia (de este verano, sin ir más lejos) parecen decirnos que sí, que lo sienten mucho, pero que no hay remedio.

Y, sin embargo, al repasar mis últimos artículos, he descubierto el resquicio de la esperanza. Lo mejor de España es su esencia, lo peor su circunstancia. Ya lo diagnosticó el Cantar de Mio Cid: ¡Qué buena patria si tuviese buen señor! Lo ideal sería el buen vasallo y el buen señor, pero, puestos a elegir, muchísimo mejor una élite que no da la talla y un pueblo que sí. En la selección de fútbol y en las celebraciones, alegres y limpias, se ha visto la aleación de la que estamos hechos. La cultura de España es extraordinaria; lo penoso es la demagogia que le echan encima. La España que trabaja funciona; la subvencionada atasca el país. Somos un pueblo de buena ley con muchas leyes malas.

Para templar mi Covadonga de optimismo inconquistable, recuerdo que Ortega y Gasset dijo: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». O sea, que hay que poner manos a la obra. Con todo, lo mejor es lo más nuestro, y eso tiene que hacernos fuertes y alegres contra viento y marea. De la ducha escocesa podemos salir relimpios y tonificados.