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No se puede ser muy tajante al respecto de la verdadera relación entre Felipe VI y Pedro Sánchez: ninguno habla del otro y, si lo hace el presidente, es en términos institucionales y vacíos, salvo que se refiera a su padre y predecesor, en cuyo caso ha perorado con tanta dureza hacia él como laxitud y complicidad con su propio entorno, sumergido en sumarios, informes y condenas infinitamente más graves.

Ser exégeta de la Casa Real obedece más al interés en que de verdad su comportamiento encaje en las necesidades del país que en los hechos constatables, aunque a menudo coincidan o nos guste pensar así. Pero serlo de la Moncloa obedece, ya casi en exclusiva, al sectarismo negacionista, al interés económico o a una combinación de ambas, tan ciega como incompatible con los valores democráticos: nadie que de verdad lo sea puede defender a un presidente que no gana en las urnas, no tiene Presupuestos en toda una legislatura, carece de mayoría parlamentaria y solo fue capaz de articularla para su investidura, en un acto que tiene más de intercambio mafioso que de acuerdo institucional.

Lo que sí puede analizarse para extraer conclusiones razonables son los hechos desnudos, sin adornos ni interpretaciones maximalistas. Y éstos empiezan a ser evidentes: a Sánchez le incomoda que el Rey quiera hacer gestos que a él no le salen o no puede permitirse por el rechazo popular que provoca; le ha utilizado, sin embargo, para validar atracos morales como su propia investidura deudora de peajes inconstitucionales o la fraudulenta ley de amnistía; le ha minimizado en momentos de tragedia nacional con homenajes a puerta cerrada tras constatar que a campo abierto a él le abuchean y al monarca le vitorean y le mantiene bajo sutil amenaza por la evidencia de que él solo puede ser presidente si acepta los chantajes del separatismo, todos incompatibles con lo que representa la Monarquía y el sistema institucional que encabeza.

Dicho en otras palabras, el Rey es el último comodín del mismo negligente que no ha dudado en utilizar todos los anteriores para sobrevivir, deformando por la vía de los hechos consumados la arquitectura constitucional española, los consensos sagrados en torno a ella y el espíritu de convivencia alumbrado en 1978, con muchas imperfecciones que hoy pagamos, pero que han garantizado medio siglo de estabilidad.

En ese contexto, es más difícil saber qué piensa, qué hace exactamente, qué le preocupa y hasta dónde está dispuesto a llegar el Rey, a quien seguramente le ocupa antes de nada una misión: garantizar la continuidad de la Corona en aguas tan agitadas, algo que parece conseguido con la consagración formal de Leonor como heredera y los altos niveles de respaldo registrados en todas las encuestas.

Pero, con Sánchez al lado, eso no parece del todo suficiente: alguien que destroza las costuras del Estado de Derecho afecta inevitablemente a quien lo encabeza oficialmente, obligándole a participar involuntariamente en esa tarea de derribo o, en sentido contrario, a bordear el conflicto al distanciarse de una deriva que no puede compartir pero contra la que no puede pelear a tumba abierta.

Medirse con florete a un navajero acompañado por otros como él de la misma pandilla de quinquis nunca es sencillo. Pero no hacerlo, cuando se está contra la pared, es aún peor: se corre el riesgo, visible con la crisis de Ceuta, de que la calle meta en el mismo saco Marivent y La Mareta y se perciba al Rey como otro veraneante más cuya única preocupación es que el perezoso de Lanzarote le perdone la vida.

Y a esa máxima parece responder Felipe VI al recibir en su residencia oficial al presidente de Ceuta y al permitir que éste anuncie una próxima visita del monarca a las dos ciudades autónomas amenazadas por Marruecos, con la complicidad por acción u omisión del delegado de Rabat, Waterloo o Pekín en Madrid.

Debiera ser suficiente, pero con un político tan siniestro e inmoral como Sánchez es probable que no lo sea y que, como ya pasa con el resto de instituciones y los propios ciudadanos, al Rey le toque algún día elegir, desgraciadamente, su lugar en las falsas trincheras excavadas por un irresponsable que es a la democracia lo que un terrorista suicida al diálogo: el cinturón explosivo del marido de Begoña no admite dudas y solo se puede ser cómplice o artificiero. Ojalá me equivoque.