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Cuando los historiadores futuros dibujen el perfil de Sánchez se quedarán con dos momentos capitales, que expusieron de modo aparatoso su desarreglada personalidad. Son la fuga de Paiporta, cuando huyó con cobardía dejando solos a los Reyes, y su reacción ante la invasión y la tragedia humanitaria de Ceuta, donde se lavó las manos y se escondió en su piscina mientras el desafío se le escapaba de control a su Gobierno de paquetes.

Tras declarar en su visita relámpago a la ciudad que lo ocurrido suponía una «violación de nuestra integridad territorial», Sánchez se volvió raudo a su tumbona de Lanzarote y hasta se permitió la frivolidad a lo Nerón de ponerse a tocar la lira sobre el telón de fondo de la angustia vecinal, la humillación a España y más de un centenar de muertos (la moderna lira fue el escarnio de su play-list veraniega en TikTok). Con tan frívolo y desalmado comportamiento volvió a acreditar que ni siente ni padece, salvo en lo que atañe a su hipertrofiado ombligo.

Para su reaparición ante los medios tras un mes de escapismo ha elegido una amable entrevista en la SER, donde se presentó con su trabajado bronceado maretiano y ataviado como un clon de su panegirista Javier Ruiz. Vimos a un dirigente al que todo le resbala, hasta tal extremo de que conviene preguntarse por su estabilidad psicológica. «He trabajado y he descansado. Es mi derecho». Y punto. Con una chulería cortante despejó las lógicas críticas por su inaudita dejación de funciones ante la invasión de una ciudad española.

El enemigo que hizo posible el ataque a Ceuta, el Rey de Marruecos, que le vació el móvil en 2021 y cuyo Gobierno pide ya con energía la «liberación» de las plazas españolas, ha sido, según Sánchez, un excelente colaborador. La culpa de la invasión la tiene el Supremo, con su sentencia, y Putin, Netanyahu y las oscuras fuerzas reaccionarias, que la aprovecharon para provocar la oleada (el detalle de su amigo Mohamed abriendo las puertas de par en par no lo cuenta).

Insultando sin complejos la inteligencia del público, que ha visto como nuestro descontrol fronterizo daba la vuelta al mundo, Sánchez destacó que «hoy España es vista como un ejemplo en el plano internacional». En efecto, el perfecto ejemplo de lo que no se debe hacer.

Las diferencias entre Margarita y Marlaska, a bofetadas en algo tan serio, no existen según Sánchez. El Rey viajará a Ceuta… algún día, y con el autócrata cuidándose de dejar muy claro en la radio que el monarca está a sus órdenes: solo irá cuando él se lo permita. El ninguneo a Felipe VI es tal que el presidente ni siquiera se molesta en saber cuántos años lleva en el cargo el actual jefe del Estado (Sánchez dijo dos veces que veinte, y son doce).

Zapatero es inocente, por supuesto. Al igual que la directora de la Guardia Civil. Begoña y David son unos fuera de serie profesionales, «deshumanizados» cruelmente por la derecha reaccionaria y sus pseudomedios. La condena a David es injusta, y casi vino a justificar el dedazo con el que lo enchufó en Badajoz, alegando que en el mundo de la cultura la cosa está muy achuchada. Así se lamentaba un quejumbroso Sánchez… solo dos frases antes de lanzarse con tono macarra a la yugular de Ayuso por el ático.

Pero lo más grave de la entrevista fue su abierta confesión de que su palabra vale cero y su rotunda negativa a aceptar la rotación en el poder.

Refiriéndose a su amnistía al golpismo separatista, Sánchez reconoció que simplemente «cambié de idea». Es decir, aquí ya no existen los principios, ni la ley, ni siquiera en lo que atañe a la defensa de la integridad territorial de la nación. Todo queda al albur del humor del día del autócrata. Las leyes se vuelven de goma, pues pueden ser moldeadas según la «opinión» arbitraria del líder supremo.

Acto seguido, pasó a mostrar sin careta alguna su entraña de dictador. Expuso que, como principio general, él estaría a favor de la alternancia en el poder, pero que en este momento no es posible en España, por lo que anunció que luchará «con uñas y dientes» para seguir (expresión que, viniendo de un marrullero con su trayectoria, invita a temer lo peor).

Sánchez ha retocado el argumentario con el que justifica su anhelo de gobernar a perpetuidad. Ya no es solo su cantinela de siempre del miedo a Vox. Ahora explica que el PP se ha vuelto igual de peligroso, así que en modo alguno puede permitirse una alternancia que conlleva el riesgo de que llegue a mandar tan temible partido.

La entrevista de baño y masaje de Aimar Bretos ha hecho un servicio involuntario, al mostrar en toda su crudeza a un personaje que levita sobre sus fábulas y mentiras, que gasta una mala leche que intimida (su risita cuando llamaba «queridos compañeros» a los críticos del PSOE daba miedo) y que tiene una declarada vocación de dictador, pues ya rechaza de plano la alternancia en el poder.

Con menos conciencia que un ficus y más ego que un pavo real, Sánchez se ha convertido en un peligro público. Las próximas elecciones resultarán capitales para no perder nuestro ya achacoso sistema de derechos y libertades y para preservar la debilitada unidad de España.