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en primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

Augusto Ferrer-Dalmau

El cuadro lo tiene todo: honor, gloria, miseria, guerra y ese punto de misticismo que te obliga a detenerte unos segundos delante de él y guardar un respetuoso silencio. Entiendo perfectamente que sea su favorito. En cierto modo, ese cuadro es él mismo

El pasado miércoles fue un gran día para mí. Pasé un buen rato con una de esas personas a las que siempre he querido conocer. Un artista puro, innato, de los que escasean entre tanta tontería disfrazada de conceptualismo (caca sobre lienzo).

El Debate (Asistido por IA)

Se llama Augusto Ferrer-Dalmau, un madrileño nacido en Barcelona cuyo amor por la capital se nota en cada uno de sus gestos. «Madrid es la leche», nos dijo nada más llegar.

Mi socio Gonzalo Figar y yo tuvimos la suerte de entrevistarlo en nuestro podcast, Entre Gonzalos, en una de esas charlas que dan sentido a todo lo que hacemos. Porque nuestra idea nunca fue ganar nada con esto, sino hacer algo que nos divierte y, de paso, que nuestra audiencia conozca a personas realmente interesantes.

Quedamos a las 12:30 en el lugar donde grabamos los episodios, las oficinas de Grupo VB. Pero a las 11:30 me llamó mi socio para decirme que Augusto ya estaba llegando. Suele pasar con los artistas: hacen un poco lo que quieren. Así que me acicalé a toda prisa, pasé por casa a recoger la lámina de Mi bandera y crucé en moto buena parte de Madrid con un cuadro de dimensiones notables entre mis piernas. Por fortuna, la ley en este caso no impidió la consecución exitosa de la empresa.

Cuando llegué, por supuesto, estaban todos esperándome dentro. El que llegaba tarde era yo, aunque el pintor hubiese llegado pronto. Siempre pasa. Nada más entrar vi a Augusto en la recepción: vaqueros, niqui gris y la imagen exacta de lo que debe ser un pintor. La cara marcada por la experiencia y por las noches en vela, obsesionado con su última creación.

Había leído en una entrevista que es un fumador poco compasivo con sus pulmones, así que lo primero que le propuse fue salir a fumar. Noté el agradecimiento en su expresión. Mientras preparaban el estudio, subimos a la azotea los dos Gonzalos, Augusto y Jorge Espinós, CEO de Grupo VB. Nos fumamos un pitillo a caladas hondas, las que da cualquier fumador serio cuando sabe que va a ser el último en un buen rato. Hablamos un poco más de Madrid. Aunque lleva menos de una década viviendo aquí, el pintor ya se siente tan madrileño como el que más.

No pude dejar de fijarme en su calzado: unas botas tipo Chiruca, más propias del monte que de una azotea madrileña. Nos contó que en breve se iba de viaje a Sierra Leona y que las estaba «domando». La experiencia.

Una vez en el estudio, la entrevista fue todo lo que había imaginado. Cada palabra del maestro destilaba verdad, y eso, en una época en la que los eufemismos y las palabrejas se han adueñado de la información, es una maravilla.

Bautizado por Arturo Pérez-Reverte como «el pintor de batallas», no defraudó. Nos contó su vida a través de sus cuadros: del paisajismo a las grandes gestas de España. Su propósito es sencillo: «dar a conocer hechos y personas de nuestra historia que siempre han ido más allá del estricto cumplimiento del deber».

He conocido a pocas personas que se emocionen hablando de España. Y no con una emoción fanática ni impostada, sino con un orgullo auténtico. Debe de ser brutal sentir así y poder plasmarlo, como él lo hace, en óleo sobre lienzo. «Hay que ser generosos y justos con todos los que nos han precedido», dice, porque «si vivimos así es gracias a ellos. Nunca hay que olvidarlo».

Mi momento preferido llegó cuando nos habló de su cuadro favorito. No lo dudó ni un instante, y eso es mucho decir teniendo en cuenta la grandeza y la extensión de su obra.

El milagro de Empel representa el momento en que los tercios españoles, cercados por los holandeses en la isla de Bommel durante la Guerra de los Ochenta Años, logran romper el cerco tras encomendarse a la Inmaculada Concepción. El cuadro lo tiene todo: honor, gloria, miseria, guerra y ese punto de misticismo que te obliga a detenerte unos segundos delante de él y guardar un respetuoso silencio. Entiendo perfectamente que sea su favorito. En cierto modo, ese cuadro es él mismo.

La hora pasó sin que nos diéramos cuenta. Podríamos haberlo secuestrado el día entero y la noche, pero un talento así debe caminar libre y no ser retenido más de lo necesario. La entrevista saldrá la semana que viene y los animo a verla. Pero, sobre todo, si todavía no conocen la obra de Augusto Ferrer-Dalmau, háganlo. No se van a arrepentir.

Y cuando contemplen sus cuadros, mírenlos despacio. Es en los detalles donde Ferrer-Dalmau alcanza la perfección. La prisa, para los que pintan la nada sobre lienzo.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista