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Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

Cuando te llaman por la noche desde Interior, o desde el CNI, te levantas

Hablamos de muchas cosas y yo, que debía de seguir embriagado por el aire de secretismo que acababa de respirar, le pregunté por el personal subalterno que trabajaba en el ministerio y entraba y salía de los despachos. «Uy, tranquilo, creo que se preocupan de escoger a los menos espabilados, para que no entiendan nada si oyen algo»

Por motivos que no vienen al caso, hace casi tres décadas pasé un rato largo a solas con un ministro del Interior en su despacho del Paseo de la Castellana. Yo era un pipiolo que no alcanzaba la treintena, y supongo que esa bisoñez incrementaba mi capacidad de asombro. Recuerdo aquella tarde de finales de otoño en Madrid como mi primer contacto práctico, casi diría físico, con el ejercicio de la política desde las instancias más altas del poder. Para ser sincero, nunca he vuelto a vivir nada parecido. Supongo que hay anécdotas que se pueden contar porque ocurrieron hace 29 años.

A lo largo de hora y media de reunión con Jaime Mayor Oreja, el ministro interrumpió nuestra conversación en varias ocasiones para atender llamadas del rey Juan Carlos I (supongo que eran tiempos en los que el Jefe del Estado podía llamar a un miembro del Ejecutivo sin que el presidente del Gobierno sufriera un ataque de cuernos), de Javier Solana (a la sazón secretario general de la OTAN) y, creo recordar, también de Madeleine Albright (por entonces secretaria de Estado de los Estados Unidos siendo presidente Bill Clinton). Yo alucinaba. «¿Te importa que le atienda?», me preguntaba él antes de retirarse. Yo era un chaval, pero entendía que el ministro no me estaba pidiendo permiso. En cualquier caso, aquella fórmula de cortesía en boca de una persona de educación exquisita como Jaime Mayor Oreja me hizo sentir como otro adulto en aquel despacho.

Cuando llegábamos al final de nuestra conversación, Jaime Mayor me preguntó si conocía a Jaume Matas. Le dije que no. Yo llevaba dos años viviendo en Mallorca y Matas llevaba poco más de uno como presidente de Baleares, tras haber sustituido de una manera un tanto convulsa al dimitido Cristófol Soler. Entonces, el ministro llamó a su secretaria y le pidió que le comunicara con Jaume Matas. Hablaron brevemente y después colgó el teléfono. Faltaban unos minutos para las nueve de la noche.

Recuerdo con tanta exactitud la hora porque, meses más tarde, Matas me contó en persona las circunstancias exactas en las que recibió esa llamada. Estaba en el Centro Cultural Sa Nostra, en la calle Concepción de Palma, presidiendo un acto. Cuando le avisaron de que tenía una llamada del ministro del Interior, se pegó un susto de muerte. «Si te llama a esas horas el ministro de Agricultura, normalmente puede esperar. Si te llama el de Interior, te preparas para lo peor», me vino a explicar Matas. Sólo habían transcurrido dos veranos desde el intento de magnicidio contra el rey Juan Carlos por parte de ETA, y tres meses desde el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Salvando las distancias, recordé la anécdota hace unos días, cuando el Gobierno de España desclasificó una serie de documentos sobre la invasión de Ceuta y, gracias a ellos, conocimos que un responsable del CNI hizo una llamada a las 21:34 de la noche al jefe de gabinete del delegado del Gobierno en Ceuta. Le alertaba de lo que estaba sucediendo, y podía suceder, en la frontera con Marruecos. El delegado del Gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez, trata ahora de excusar su inacción diciendo que su subordinado no le informó de esa llamada. Que un miembro de los servicios de Inteligencia te tenga al teléfono por la noche durante once minutos para hablar de un asunto que afecta a la seguridad nacional y no se lo traslades a tu jefe, es como si a mí me invitara a cenar con Charlize Theron y no se lo contara ni a mi mejor amigo. Una hipótesis inverosímil. Tan inverosímil que la vergüenza ha obligado a dimitir al jefe de gabinete.

Aquella tarde de otoño de 1997 aprendí más cosas en el Ministerio del Interior. Durante las esperas, era difícil no fantasear con todo lo que habrían visto y oído aquellas cuatro paredes. Sabrían de operaciones secretas, infiltrados en organizaciones terroristas, reuniones con el MI5, la CIA, el Mossad… Mi cabeza desplegó todo el catálogo de libros y películas de espías que recordaba. Al principio, había entrado una ordenanza para traer unos vasos y una botella de agua. Lo había observado con recelo, como sospechando todo lo que habría podido escuchar aquel hombre.

Al salir del ministerio, me fui a picar algo a la cafetería Riofrío, en la plaza Colón, con la jefa del secretariado del ministro, a la que conocía desde hacía años porque ambos somos de Vitoria. Hablamos de muchas cosas y yo, que debía seguir embriagado por el aire de secretismo que acababa de respirar, le pregunté por el personal subalterno que trabajaba en el ministerio y entraba y salía de los despachos. «Uy, tranquilo, creo que se preocupan de escoger a los menos espabilados, para que no entiendan nada si oyen algo».

Estos días, escuchando las explicaciones del delegado del Gobierno en Ceuta (un señor que espera las alertas del CNI en sobres lacrados) y recordando algunas declaraciones recientes del delegado del Gobierno en Baleares, Alfonso Rodríguez, (cuando seguía negando la existencia de una ruta migratoria argelina hacia Baleares) me he preguntado si Grande-Marlaska, en esta legislatura, no habrá extendido ese criterio de elección más allá de los bedeles de su Ministerio.