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En realidad, tampoco deja de tenerla. El pueblo es una idea, algo abstracto. Lo concreto son los ciudadanos que lo componen. En ese sentido, no hay propiamente una voluntad popular, ni acertada ni desacertada. Mucho menos, verdadera o falsa. El artículo 1.2 de la Constitución establece que «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado». No digo que no exista el pueblo español, pero no acierto a ver que sea otra cosa que la totalidad de los ciudadanos españoles. En cualquier caso, no creo que posea como tal las clásicas potencias del alma. A eso me refiero al negar que tenga razón y también a que no la tenga. Simplemente, no es un ser racional dotado de inteligencia y voluntad. Por lo mismo, tampoco creo que sea libre. Por eso, no puede acertar ni equivocarse.

Esto se puede comprobar en las elecciones. En muchos análisis poselectorales, se interpreta y comenta lo que ha decidido el pueblo, atribuyéndole deseos e intenciones. Por ejemplo, se considera que ha querido que gane un partido, pero sin mayoría absoluta; o castigar a otro; o que el de más allá se convierta en extraparlamentario. Yo pienso más bien que el resultado electoral no refleja ninguna voluntad general, sino que es el resultado de centenares de miles de decisiones individuales. Un ejemplo particular. No creo que ningún votante, por ejemplo, del PNV deseara en las últimas elecciones que se formara un gobierno de coalición del PSOE y Sumar. Esto fue el resultado de las decisiones de los dos partidos después de las elecciones. Argumentando como se hace con frecuencia, no sería un error afirmar que el pueblo no quiso la victoria del PSOE, entre otros motivos porque no se produjo. Ignoro si el pueblo español prefería este gobierno a otro posible. En rigor, no creo que prefiriera nada.

Por otra parte, no se trata de acierto o error, sino de un acto de voluntad, de una decisión. Y una decisión no es ni verdadera ni falsa. El sufragio universal nada tiene que ver con la verdad de ningún tipo, ni científica ni filosófica ni religiosa. En estos ámbitos la opinión mayoritaria suele estar equivocada.

Las decisiones mayoritarias sí tienen que ver con la justicia, aunque no se identifiquen necesariamente con ella. Una decisión mayoritaria puede ser injusta y cabe la posibilidad de una «tiranía de la mayoría». Las mayorías están sometidas a la justicia y al bien común. No es correcto afirmar que la mayoría nunca se equivoca, que siempre tiene razón.

Las decisiones de los ciudadanos también se ven condicionadas por la ignorancia, la falta de información, la manipulación y la propaganda. Se ignora muchas veces la opinión de los mejores. No se reconoce ninguna ejemplaridad y se elige más por motivos ideológicos que por la búsqueda de lo mejor. Tampoco hay que infravalorar la influencia de los expertos ignorantes. Es frecuente que los debates estén defectuosamente planteados. Es natural que sobre la tragedia de Ceuta se discuta si el Gobierno tenía o no información sobre la posibilidad de la invasión. Parece casi seguro que la tenía. Pero no termina ahí la cuestión. Aunque no la hubiera tenido, no elimina eso su doble responsabilidad: por la ineficacia de sus sistemas de seguridad y por su incompetencia después. Malo es que no hubiera alerta, pero peor es la incapacidad para resolver o, al menos, reducir la tragedia. Hay que prevenir, pero si falla la prevención es necesario curar.

El valor de la democracia no reside en su capacidad para elegir a los gobernantes más prudentes ni para tomar las mejores decisiones desde el punto de vista moral y técnico. Reside en la protección de los derechos y libertades, en la crítica y control de los gobernantes y en su sustitución pacífica. No parece poco. El pueblo, no, pero muchos ciudadanos continuarán votando al PSOE. Otros muchos pensaremos que este Gobierno es una calamidad. Pero ni una cosa ni otra son argumentos válidos contra la democracia.