Fundado en 1910

La mayoría de los nacidos en la segunda mitad del siglo XX estamos marcados por los Beatles, que hicieron cierto el topicazo de «con ellos cambió el mundo». Han pasado 56 años desde su disolución y siguen ahí (no paso diez días sin escuchar alguna de sus canciones, que operan como una suerte de tónico estimulante). Ahora volverán a dar que hablar con la edición remasterizada y con todos sus descartes de ‘Rubber Soul’, su disco de 1965, publicado cuando McCartney despeinaba solo 25 años (y el que suscribe, uno).

Los expertos concuerdan en que el mejor álbum de los Beatles es ‘Revolver’, de 1966. Puede ser, pues con él dan un paso de gigante en indagación vanguardista (‘Tomorrow never knows’, de Lennon) y en profundidad (‘Eleanor Rigby’, de McCartney). Pero mi favorito es precisamente ‘Rubber Soul’, pues aquí ya son sofisticados e irónicos, pero todavía sin el cinismo que trajo el telón de desencanto que cerró los sesenta.

Alexis Rodríguez, un compañero del periódico de mi quinta, se sabe de memoria la letra de casi todas las canciones de los Beatles (y no exagero, he hecho el test). No es el único admirador entregado; continúan siendo legión. ¿Por qué nos siguen gustando tanto los Beatles?

La razón principal de que hayan perdurado es su calidad como compositores -con un gancho casi mágico y siempre ávidos de innovar- y también como intérpretes, en especial las voces. Sus mejores canciones se han convertido en clásicos. Pero hay algo más. La historia de los Beatles representa un cuento feliz y ejemplar. Pasaron de la sima, de unos hogares en apuros en el Norte esquinado de Liverpool, a convertirse en ídolos universales antes de cumplir los treinta. ¡Y todo a puro pulso! Fue el asombroso triunfo de cinco chavales marginales, los músicos John, Paul, George y Ringo, y el apoderado que los apoyó, Brian, el dueño de una tienda de discos de Liverpool estigmatizado por su condición de judío y homosexual.

Los cuatro beatles nacieron en medio del episodio más truculento de la historia, la II Guerra Mundial, y con malas cartas domésticas. No los matricularon en ilustres conservatorios, ni estudiaron poesía clásica en Oxford, ni aprendieron modales posh con una nanny. Pura clase trabajadora, lo cual en la clasista Inglaterra te marca la vida todavía hoy.

Alf, el padre de Lennon, era un marinero tarambana de la mercante, que estaba embarcado cuando nació John y que pronto se distanció de su mujer, Julia, camarera ocasional, también con pájaros en la cabeza y notorias ganas de verbena (hasta el extremo de que los servicios sociales le retiraron la custodia de John). Paul y su amigo John compartieron el mismo trauma, que asoma en algunas de sus mejores canciones: ambos perdieron a sus madres al final de la adolescencia. La de Lennon murió atropellada y un cáncer se llevó a la de Paul, una comadrona de fe católica que bautizó a sus dos hijos.

George era el cuarto hijo de un conductor de autobús. En su infancia ni siquiera disponían de baño en casa (solucionaban con una caseta en el patio trasero). Ringo, hijo de dos pasteleros locos por el baile que se divorciaron en su infancia, fue un niño casi siempre enfermo. De hecho arregló su vida cuando ingresado por una larga tuberculosis le dieron una batería de juguete para que se entretuviese.

Juntos, los cuatro operaron como hermanos de armas. Se querían, se protegían y aprendían codo a codo. Tras pasar unos días de farra con ellos, Bob Dylan los resumió como «un monstruo de cuatro cabezas». Los imberbes Beatles hicieron su mili musical tocando sin descanso en los clubes duros del barrio prostibulario de Hamburgo. Pelearon en los altivos estudios londinenses de la EMI por colocar sus propias composiciones. No se dejaron comer por el establishment y mantuvieron su humor frescachón, sus acentos norteños, su mímica burlesca de los de arriba.

Gozando de un éxito jamás visto, se mantuvieron leales a la ética del trabajo duro. Asumían los maratones de conciertos y la exigencia extenuante de nuevas canciones con el mismo estoicismo que habían observado durante su infancia en los obreros de los astilleros y lonjas de su ciudad.

Sabían que mantener raíces hondas en lo particular constituye una pasarela para convertirte en universal. Pero nunca se resignaron a ser unos palurdos ensimismados en lo local. Poseían una innata curiosidad intelectual -sobre todo Paul- y un apetito voraz por crear cosas nuevas. Los vaguetes Stones siguen haciendo más o menos la misma canción cincuenta años después. Los Beatles mutaban de un disco a otro. Metieron el sitar, las voces dobladas y las orquestas sinfónicas en el pop. Mejoraron sus letras siguiendo la senda profunda de Dylan. Encarnaron con glamour la estética de los Swinging Sixties y siempre gastaron un estilazo. Por último, tuvieron la inteligencia de saber que ya habían dicho todo lo que tenían que decir. Cerraron la tienda tras solo ocho años, y no hay mejor cimiento para construir un mito que una retirada a tiempo.

Llámenme obsoleto, carcamal, pero veo esas colas monumentales para ver a Bud Bunny, o a Shakira, y me da la risa. Nosotros ya nos moriremos siendo de los Beatles, qué le vamos a hacer…