Fundado en 1910
Enrique García-Máiquez

Anatomía de un instante

¿De qué sirve encestar bolitas en una papelera con el alcalde Mamdani si, en cuanto sale del encuadre, nadie le ovaciona las bolas triples?

Hoy escribo sobre un segundo. Uno solo, pero lo dice todo. Si no lo vio, vuelva al vídeo; y si vuelve y no lo ve, discútamelo, faltaría más. Pero lo verá.

Fue en Harvard (cuyo lema es «Veritas», nada más y nada menos) durante el coloquio de Pedro Sánchez en la Kennedy School. Rebobinemos la famosa escena de las dos preguntas comprometidas de los aplicados estudiantes: una, sobre los casos de corrupción que afectan a su Gobierno, su partido y su entorno; otra, acerca del rarísimo mando a distancia que Marruecos parece tener sobre él, Pegasus mediante. Pedro las escucha impertérrito, pétreo. A ratos, hasta asiente, con inclinaciones de cabeza ya leves, ya vigorosas, a las enumeraciones implacables que le propinan. Se diría que va diciendo: «Sí, vale; sí, vale; sí, vale…». En la respuesta ya dirá, predecible Pedro, lo de siempre, que, entre culpas ajenas y méritos propios, equivale a: «Sí, vale, ¿y qué?».

Sin embargo, hay una rendija. Es cuando el público aplaude las preguntas. Ahí, en su anatomía petrificada, asoma un rictus rapidísimo: una sonrisa eginética y un súbito entrecerrar de ojos.

Lo verdaderamente sintomático no es que se le vea la irritación. Es lógico que estuviese contrariado. Hombre muy aficionado, por lo visto, a los largos masajes, está acostumbrado a los de los medios españoles. Fue a Harvard a parasitar el prestigio de la señera universidad, en plan gran estadista internacional de gira, y salió volteado.

Lo llamativo es el momento exacto en que asoma la patita. No con las preguntas incómodas ni tampoco durante sus inverosímiles respuestas, sino en el aplauso a los que preguntaron. Hete aquí, en un instante, retratado el personaje. No le interesa lo que digan ni, mucho menos, lo que él diga. No persigue lo plausible, sino lo aplaudido. Más que las palabras, le importan las palmas. De la opinión pública le preocupa el público, no la opinión, y todavía menos los argumentos. Lo que pesa es el aplauso, que no admite las volutas del relato.

Por eso, en el instante en que los presentes aplaudieron las preguntas perspicaces, pareció que le pasaba ante los ojos su delicada posición política y forense. Fue un relámpago, pero fulminante. Atisbó que el prestigio internacional no será la fermosa cobertura de su trayectoria gubernamental cuando ésta termine. ¿Qué pasará cuando no pueda controlar ni las preguntas libérrimas ni los aplausos espontáneos? Dejó de imaginarse como un estadista emérito que da conferencias aclamadas por el mundo. ¿De qué sirve encestar bolitas en una papelera con el alcalde Mamdani si, en cuanto sale del encuadre, nadie le ovaciona las bolas triples?

Estará deseando compensarse con un buen masaje en RTVE o en la SER. Pero lo de Harvard –«Veritas»– no hay masaje que lo borre. Y él, por un segundo, lo vio como lo vemos y vimos que lo vio.

comentarios

Más de Enrique García-Máiquez

  • Los nietos de Overton

  • Élite para todos

  • Reconstrucción

  • Dos más dos

  • Para una cosa que os pido…

  • Últimas opiniones

    tracking

    Compartir

    Herramientas