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Enrique García-Máiquez

Abuelito, dime tú

Agitó la amenaza de elecciones si no salía su decreto, pero eso no era para alegrarnos la vida sino para amedrentar a Puigdemont. Ahora que Puigdemont no se ha despeinado, ¿de qué le sirve el matasuegras?

Las próximas elecciones sí que van a ser la fiesta de la democracia. La gente está deseando votar. Y botar a Sánchez. Tanto, que hay quien ha decidido que el fiasco de los decretos Maricarmen va a ser la ocasión de que Sánchez disuelva las Cortes. Lo soñamos todos, lo dicen muchos y hasta lo piensan algunos. ¡Qué peligro tiene el pensamiento desiderativo!

El argumento que te esgrimen (nunca mejor dicho) es que ha quedado claro que Sánchez no tiene apoyos. Pas de touche. ¡Sí, eso lo sabemos desde que en toda la legislatura no ha sido capaz siquiera de presentar unos presupuestos! Y no por eso ha ido a las urnas.

Vuelven a la carga. Un segundo argumento: la erupción mediática de Maricarmen ha creado un clima social favorable a Sánchez. Ha desplazado la corrupción socialista y la ocupación de Ceuta del foco. Afirman: «Ya no se producirá una ocasión como esta». Esto podría valerle a alguien que se conformase con perder el poder con dignidad, porque ahora a Sánchez ni con el viento a favor le salen las cuentas. Pero a Pedro la dignidad le importa poco —su biografía lo demuestra—; y lo que no sea el poder, nada. Sería muy sorprendente que fuese a unas elecciones en busca de una derrota digna. «Non valable», cantaría el árbitro: toca, pero fuera de blanco.

Los más soñadores todavía intentan otro tiro de florete. Hay un clamor a favor de las elecciones, al que se han sumado a dúo Felipe González y Mariano Rajoy. Y ese es, precisamente, un argumento para sostener que no las convocará. Vamos a ver: que Vox y el PP quieran que las convoque debe darle a Sánchez una ligera indicación de lo que le conviene; que se lo pida Felipe, la confirmación. Pero, sobre todo, que «amplios sectores del PSOE» quieran esa convocatoria hará que Sánchez la esquive. ¿Cuándo ha hecho este hombre algo por el bien del PSOE? Atiendan al razonamiento y pónganse —perdón— en la cabeza petrina. Muchos alcaldes socialistas sueñan con unas elecciones generales el 29 de noviembre de este año porque así, en mayo del 27, cuando sean las municipales, ya nadie se acordará de Sánchez. ¿Quién puede pensar que este es un motivo para que Pedro Sánchez, Manual de resistencia andante, apriete el botón?

Mi apuesta, a mi pesar, es que no lo hará. Me encantaría perderla, pero eso mismo es una prueba de que no la voy a perder, ay. Que se haya retirado a «reflexionar» el fin de semana trae a nuestra memoria aquellos cinco días famosos de abril de 2024 de los que volvió contándonos más cuentos, llenos de ruido y furia, que no significaban nada… más que su intención de perpetuarse en el poder.

Agitó la amenaza de elecciones si no salía su decreto, pero eso no era para alegrarnos la vida sino para amedrentar a Puigdemont. Ahora que Puigdemont no se ha despeinado, ¿de qué le sirve el matasuegras? La amenaza se guardará, ridícula, en un armario para la próxima.

Todas sus esperanzas, «abuelito, dime tú», están depositadas en la ley de nietos. Eso se vio por cómo se puso de nervioso el sanchismo —mucho más que con el decreto interrupto y con la invasión de Ceuta sumados— cuando el Tribunal Supremo le suspendió la jugada. Sin el dopaje en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) no se va a atrever a convocar. Y como están maniobrando para resucitarla, van a esperar a los nietos. Sin CERA no hay vela electoral que arda.

¿Y si convoca? Me alegraré triplemente. Por los amigos desiderativos, para empezar. Por las elecciones en sí mismas, naturalmente. Y porque, si el razonamiento anterior es bueno, la convocatoria significaría que Sánchez pierde facultades. Estaría envidando a chica (a perder poco) y no a grande (a petrificarse en el poder). Ya se sabe: jugador de chica, perdedor de mus. Y habría confundido una acampada en Madrid y algo de ruido en las redes con un cambio de opinión nacional. Iría a unas elecciones confundido, vaya. Pero ya digo: mi apuesta, ay, es que no convocará. La fiesta de la democracia se está haciendo esperar.

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